


























Walter Cronkite, periodista de la CBS, fue el hombre en quien m�s confiaban los americanos de su �poca. Pas� a la Historia por ser el primero en informar del asesinato de Kennedy. Falleci� en 2009 y el entonces presidente Barack Obama pronunci� un discurso de homenaje en el Lincoln Center de Nueva York. Empez� as�: "Incluso en los inicios de su carrera, Walter Cronkite resisti� la tentaci�n de ser el primero en contar una historia para poder contarla bien. Quer�a ser el primero, pero entendi� la importancia de hacerlo bien. Durante uno de sus primeros trabajos en Kansas City, el director del programa de Walter le urgi� para que saliera en antena para informar de un tremendo incendio en el ayuntamiento, que ya se habr�a cobrado algunas vidas. Cuando Walter iba a coger el tel�fono, su jefe le pregunt�: '�Qu� est�s haciendo? �Sal a antena!'. Walter le contest� que estaba llamando a los bomberos para confirmar la historia. 'No necesitas confirmarla -le grit� el director-, �mi mujer est� vi�ndolo todo!'". No hace falta decir que hizo la llamada, y aunque el mismo director sali� en antena para dar cuenta de la gran tragedia, Walter descubri� que finalmente todo hab�a sido un peque�o fuego que ni siquiera hab�a dejado heridos. �l perdi� su trabajo, pero consigui� la historia correcta.
Sol Gallego-D�az, fallecida el martes 5 de mayo en Madrid, fue la periodista en quien m�s confi�bamos el resto de los periodistas y miles de lectores de sus cr�nicas como redactora, corresponsal, defensora del lector, analista pol�tica y directora de peri�dico. No se salt� ning�n escal�n de los necesarios para llegar a la cima profesional. Empez� por el principio, y fue ascendiendo pelda�o a pelda�o. Como Cronkite, ella fue la referencia moral y profesional de generaciones de periodistas. La raz�n por la que muchas mujeres quisimos ser periodistas, cuando ser periodista no era una profesi�n para mujeres. Sol vivi� y muri� con la misma curiosidad, la de explorar el mundo, enterarse de las cosas y contarlas de forma sencilla. Sin otra pretensi�n que ejercer el periodismo con honestidad y renuncia a otras ambiciones, honores o despachos m�s grandes.
Para saber m�s
Hay periodistas que quieren tumbar gobiernos, otros que bailan sobre la bola del mundo, los hay que quieren ser famosos, que buscan la influencia pol�tica, o que se levantan y se acuestan creyendo que Espa�a y el globo dependen de lo que ellos escriben. Ahora, cuando Sol se va y los de entonces hemos perdido el hilo que cos�a nuestro mundo, abundan los periodistas que buscan seguidores en las redes, impactos, tensi�n, guerra cultural, batalla eterna de un bando contra el otro.
Ella, estupefacta como todos ante la desaparici�n de nuestras certezas, s�lo quer�a ser periodista. Y lo fue hasta el final. No ten�a perfil en redes sociales, ni participaba en tertulias televisivas. Vivi� y muri� en el mismo diario. Toda la vida. Quer�a a su peri�dico como a ella misma. Disfrut� de la gloria de publicar en exclusiva el borrador de la Constituci�n y padeci� las miserias de las luchas de poder en El Pa�s, un medio de comunicaci�n hegem�nico que Haro Tecglen, una de sus vacas sagradas, defini� como el "intelectual org�nico" de la izquierda espa�ola.
Lo m�s extraordinario de Sol era que, trabajando en el peri�dico que presum�a de su soberbio poder e influencia hasta en la columna de breves, siempre practic� la modestia. Hasta el punto de que rechaz� la direcci�n de El Pa�s, cuando cualquier compa�ero hombre hubiera matado por ese puesto.
Sol era una mujer periodista, no una persona de poder org�nico. Lo ejerci�, s�, pero ya casi en la edad de jubilaci�n. Muchos a�os despu�s de decirle que no a Juan Luis Cebri�n cuando le ofreci� la direcci�n -hab�a que tener narices para hacerlo-, asumi� el mando de una redacci�n en crisis de autoestima porque era la �nica persona con autoridad moral y personal para enderezar una situaci�n conflictiva.
El coste personal que pag� por aceptar ese puesto cuando lo que le ped�a el cuerpo era ya un papel sosegado de larga mirada fue muy grande. Sol Gallego era una periodista de redacci�n. Todos los que lo somos sabemos lo que quiere decir eso. Ella cre�a en la inteligencia colectiva, sab�a que del contraste de pareceres y de criterios sal�a la mejor versi�n y hab�a experimentado que la sabidur�a de una redacci�n hablando consigo en voz alta siempre era mayor que la de una sola persona.
Sol Gallego nos deja cuando su forma de ejercer el periodismo, tan sencilla como llamar a los bomberos para confirmar la noticia, agoniza sin remedio por un fallo multiorg�nico. En sus entrevistas como maestra de periodistas, en los discursos de los muchos premios que por fortuna y con justicia le concedieron y en las simples conversaciones con sus colegas, Sol Gallego nunca se rindi� a la hora de defender el periodismo rom�ntico de su juventud y de la nuestra. El periodismo en el que -con todas sus erratas y e imperfecciones- las palabras rigor, hechos contrastados, precisi�n, credibilidad, honestidad, pluralidad, ecuanimidad, contenci�n, civilidad, esp�ritu cr�tico, sentido com�n y fuentes informativas eran las que dirig�an a Sol y las que quer�amos que nos dirigieran a todos.
Sol no era un �ngel, tampoco los dem�s. Pero aspir�bamos a ejercer la profesi�n conforme a normas y reglas que dieran sentido y prop�sito a nuestra consagraci�n al periodismo. D�a y noche, diarios, domingos y festivos.
Sol fue una mujer casi sola en un mundo de hombres. Apoyada, valorada y querida por todos sus amigos del peri�dico y de otros medios. Contaba que un jefe la llam� para ofrecerle el puesto de corresponsal y le pregunt� si estaba en sus planes tener hijos. Con total naturalidad, el jefe pensaba que as� le hac�a un favor. Nunca abandon� la templanza ni perdi� su fe en la profesi�n. Logr� el respeto de todos. Hasta de las personas m�s alejadas del �mbito de la izquierda en el que desarroll� su labor. Sin duda su mirada de la realidad de Espa�a siempre estuvo condicionada por aquella escena parlamentaria en la que los comunistas Rafael Alberti y Pasionaria bajaban la escalera del hemiciclo en las primeras Cortes democr�ticas de 1977. Ser cronista de la gran historia ha dejado huella en la generaci�n de Sol Gallego.
Cuando se acercaba el final, ella sac� fuerzas de flaqueza para pedirnos a todos que crey�ramos en la existencia de la verdad period�stica y en la b�squeda de los hechos contrastados. Y la escuchamos atentamente, pensando que ojal� todos pudi�ramos compartir esa fe suya, cerrando los ojos ante lo que vemos y tap�ndonos los o�dos ante lo que escuchamos.
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