




















Hay rostros que no necesitan una infografía debajo para que el espectador sepa quiénes son, dónde están y, sobre todo, por qué lo que van a decir importa. Anna Bosch es una de esas marcas registradas del periodismo. Una de las pocas supervivientes de una especie en peligro de extinción: la del corresponsal de raza, de los que pisaban el barro antes de que la información internacional se convirtiera en un refrito de vídeos de TikTok y agencias internacionales.
Torrespaña ha perdido otra de sus joyas de la corona. La periodista se ha jubilado y lo ha anunciado por sorpresa en sus redes sociales. Una salida que, aunque lógica en lo personal, no deja de ser un mazazo sorpresa para la radiotelevisión pública, que asiste al goteo incesante de sus mejores mentes analíticas hacia el merecido descanso de los guerreros.
Fiel a su estilo -ese que nunca ha sabido lo que significa la palabra "filtro" ni la sumisión al funcionariado catódico-, Bosch no se ha ido en silencio. A través de sus redes sociales, la histórica corresponsal en Moscú, Londres o Washington ha abierto un melón que escuece, y de qué manera, en la España actual: el sistema de pensiones y el abismo generacional.
"La actualidad internacional es tan intensa y mayormente deprimente, frustrante, que en vísperas de mi jubilación me debato entre dos impulsos: seguir compartiendo información interesante o desconectar por completo, un nihilista que el fin del mundo me pille bailando", escribió hace menos de 24 horas.
Esta mañana era el Archivo de RTVE el que confirmaba esa jubilación con un vídeo histórico: "Esta mañana nuestra compañera Anna Bosch se ha despedido del plató de Café de Idees de TVE... y prepara ya su jubilación. En nuestras pantallas, y nuestros archivos, desde finales de los 80, en 1990 la vimos así, En buena hora. Su trabajo a buen recaudo". Un mensaje al que la propia Bosch aseguraba que le habían dejado "sin habla".
La marcha de Anna Bosch de la primera línea es una declaración de principios. En un entorno mediático cada vez más obsesionado con la inmediatez y las jornadas maratonianas, la periodista ha decidido aplicar la mayor de las corduras: comprar tiempo.
Para una reportera que rozando los 50 se vio incomprensiblemente apartada a los cuarteles de invierno de Torrespaña por los vaivenes políticos y los cambios de dirección de RTVE -un clásico en la pública-, la jubilación no es una rendición. Es una victoria. Es elegir en qué gastar las neuronas sin el yugo del reloj de fichar.
Para entender el vacío que deja Bosch, hay que mirar su hoja de servicios, que es, en el fondo, la historia del periodismo de este país en las últimas cuatro décadas. Empezó en el micrófono de la radio, picando piedra en Antena 3 Radio, Cadena 13 y la Cadena SER en Barcelona. Eran los años 80 y 90, cuando la información se buscaba en la calle y no en los hilos de X (antiguo Twitter).
Su mirada internacional no fue un capricho tardío. A principios de los noventa, cuando la televisión paneuropea era poco más que una utopía, Bosch formó parte del equipo fundacional que puso en marcha Euronews en Francia. Allí entendió que Europa no era solo un puñado de despachos en Bruselas, una obsesión europeísta que años después la llevaría a ganar el Premio Ernest Udina a la trayectoria europeísta en 2020 y a coescribir el aplaudido ensayo Europa soy yo junto a Pablo R. Suanzes, periodista de este periódico.
Pero si por algo el espectador del Telediario e Informe Semanal la siente como parte de su familia es por sus crónicas desde los epicentros del poder mundial. Bosch ha completado un trébol de corresponsalías que muy pocos en la historia de RTVE pueden lucir: Moscú, Washington y Londres.
Llegó a una Rusia en pleno desmoronamiento moral y económico. Le tocó narrar los caóticos estertores del mandato de Boris Yeltsin, la trágica gestión del hundimiento del submarino Kursk, los sangrientos atentados en Moscú y el estallido de la segunda guerra de Chechenia. Fue testigo excepcional del ascenso de un absoluto desconocido que iba a cambiar las reglas del tablero mundial, una experiencia que condensó recientemente en su libro El año que llegó Putin.
Cruzó el Atlántico para asomarse a la Casa Blanca durante el convulso segundo mandato de George W. Bush. Vivió desde la primera línea de la factoría de Washington el histórico giro de guion que supuso la ascensión y victoria electoral de Barack Obama.
Su última gran plaza fija fue Londres, cubriendo desde el difícil proceso de paz en Irlanda del Norte hasta los vaivenes de Downing Street, una labor global que le valió el prestigioso Premio de Periodismo Salvador de Madariaga en 2013.
Incluso en sus últimos coletazos como "corresponsal senior", RTVE tuvo que recurrir a ella para desenredar los momentos más complejos de la historia reciente: la victoria de Donald Trump, las elecciones de Joe Biden en 2020, el vigésimo aniversario del 11-S o los históricos funerales de Mijaíl Gorbachov y la reina Isabel II en 2022.
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