
























Probablemente la mejor forma de explicar el recién estrenado podcast Mi padre hablaba cada cuatro años, de Hernán Casciari, es el poema de Borges, que el propio Casciari utiliza para entender qué hay detrás de esta ficción sonora: "De estas calles que ahondan el poniente, / una habrá (no sé cuál) que he recorrido / ya por última vez, indiferente/ y sin adivinarlo, sometido". Porque "nunca sabemos si es la última vez que saludamos a alguien". Ese sometimiento, "ese límite que tenemos de no saber cuándo es nuestra última vez, ni cuándo es la última vez que le damos la mano a un amigo ni que abrazamos a nuestro padre".
Hay silencios que pesan toda una vida. Silencios de cemento, de esos que se heredan de padres a hijos y que se meten en el comedor de casa como un mueble pesado que nadie se atreve a mover. En los años 70 y 80, los hombres no lloraban, no abrazaban y, desde luego, no mostraban debilidad. Mostrar afecto era algo "femenino", una amenaza a una masculinidad rígida y mal entendida. En esas casas nos criamos muchos. En esas casas, el amor no se decía; se intuía en la penumbra o se buscaba, desesperadamente, a través de cualquier rendija.
Para el escritor argentino Hernán Casciari, esa rendija se abría exactamente cada cuatro años.
Onda Cero Podcast acaba de estrenar Mi padre hablaba cada cuatro años, una auténtica joya de ficción biográfica que convierte los Mundiales de fútbol en la excusa más hermosa -y dolorosa- para hablar de lo que verdaderamente importa: el tiempo, la memoria y las conversaciones que se nos quedaron atascadas en la garganta. A través de seis episodios, que van desde la inocencia de Alemania 74 hasta la despedida involuntaria de Estados Unidos 94, Casciari nos abre el corazón y los recuerdos para enseñarnos una paradoja universal: la de un padre, Roberto Casciari, con el que era imposible conectar a través de la cotidianidad, pero que se transformaba por completo cuando rodaba el balón en una Copa del Mundo.
"Con mi padre nunca hubo demostraciones de afecto, porque era tímido; no se podía hablar de política, porque era conservador; ni tampoco se podía hablar de libros, porque jamás leyó ninguno. Sin embargo, cada cuatro años había un Mundial de fútbol, y entonces, él siempre tenía temas de conversación", nos cuenta Casciari al otro lado de la pantalla y del charco Atlántico.
Casciario lo admite: a muchos el fútbol nos importa un bledo. O, mejor dicho, descubrió que le importaba un bledo el día en que se apagó la voz de la persona con la que lo compartía. El reconocido autor argentino lo confiesa con una honestidad que estruja: se dio cuenta de que no le interesaba el destino del Racing -su club de fútbol- a la semana de morir su padre, cuando entendió que ya no tenía a quién llamar al terminar el partido. En ese instante, la venda se cayó: "Descubrí que no me interesaba en absoluto el destino de ese equipo de fútbol si yo no tenía con quien conversar sobre eso. Y fue una sorpresa enorme para mí. Una gran sorpresa".
Porque el fútbol, cuando es verdadero, no es un deporte; es un conector entre personas más que un entretenimiento en sí mismo. Era el único territorio permitido donde un hombre analfabeto emocionalmente podía romper el mandato que le habían enseñado sus propios padres. "Jamás hubo un abrazo que no tuviera que ver con eso, nunca", relata Hernán con una lucidez descarnada. "Y cuando lo había era por esa razón y únicamente por esa razón: por ganar o por perder. Tampoco hubo lágrimas que no fueran por el fútbol. Ningún tipo de emoción porque a él le parecía que el varón no tenía que tener emociones ni demostraciones de afecto, ni llantos, pero en el fútbol sí... En el fútbol era como que estaba permitido todo".

El escritor y autor argentino, Hernán Casciari.BERNARDO DÍAZ
No era, desde luego, una relación idílica. Estaba plagada de las aristas propias de una época gris y severa. Había una enorme discriminación y "gordofobia" por parte de un padre que siempre había sido un gran deportista y que veía con muy malos ojos el cuerpo de su hijo. "Él no me dejaba comer cuando me llevaba al estadio. Eran horas de viaje: desayuno en casa y después horas de viaje. Yo no podía ni almorzar ni cenar porque habíamos ido a ver fútbol, no a comer". Todo lo que se saliera de lo hegemónico o lo atlético quedaba bajo sospecha.
Para sobrevivir a ese desierto afectivo y encontrar un lenguaje compartido, el niño tuvo que hacer un trabajo titánico e invisible. Mientras su padre permanecía inmóvil en su fútbol, Hernán entendió las reglas del juego a una edad insultante: "Yo descubrí a los tres o cuatro años que era la única manera en donde él iba a abrir la puerta. Entonces tuve que aprenderme las reglas y saber de todos los deportes... No podía ver por la televisión nada que no fuera deportivo porque cualquier otra cosa, con excepción de las noticias, sobre todo la ficción, era cosa de mujeres para mi padre". Había que cuidarse mucho de no mostrar las poesías que escribía, protegiendo la intimidad de un rincón que el padre habría considerado inaceptable. "Yo me sentí muy solo cuando era pequeño con mi padre y con mi madre también, muy solo en mi verdaderas pasiones que eran literarias. No había una conversación, nunca la hubo".
El podcast avanza cronológicamente por esa geografía sentimental y familiar a lo largo de dos décadas. Pasa por Alemania 74, donde un niño descubre el fútbol; por Argentina 78, el año del primer título mundial argentino y del primer abrazo que el narrador recuerda de su padre; por la obsesión infantil de los cromos en España 82; y por México 86, donde la belleza del juego se impuso a las barreras ideológicas.
Pero es el sexto episodio, el de Estados Unidos 94, el que se convierte en una herida abierta. Fue el último Mundial que compartieron antes de que Hernán se marchara a Europa. "Yo no sabía qué iba a ser el último mundial que iba a ver con él, entonces es el más... De hecho, es el capítulo que más me costó locutar también". En el estudio, la emoción se multiplicaba al contar con la voz de su propia madre, Chichita, interpretándose a sí misma y reviviendo el dolor de la pérdida. Es un episodio que nos aboca de lleno a mirar de frente nuestro miedo más profundo: la ignorancia de nuestros propios límites. "Nunca sabemos si es la última vez que saludamos a alguien... Ese me parece que es el gran fantasma de ese último capítulo".
"Mi padre murió a los 64 años. Muy joven. Yo no estaba preparado. Siempre pensé que iba a haber más mundiales juntos"
Ese remordimiento del tiempo no vivido, de los Mundiales del 98 y 2002 que pasaron separados por miles de kilómetros y pantallas de Skype, persigue al autor porque la muerte siempre llega antes de tiempo. "Mi padre murió a los 64 años. Muy joven. Yo no estaba preparado. Siempre pensé que iba a haber más mundiales juntos".
Afortunadamente, el dolor ha dejado paso a la redención a través de sus dos hijas. Casciari ha decidido conscientemente no perpetuar el frío. "Tengo la suerte de no perpetuar eso, de darme cuenta que estaba mal, entonces ser absolutamente distinto, sobre todo en eso... De poder conversar con ellas de cosas que no me interesan a mí y a ellas sí; lo hago todas las veces que puedo porque me da espanto pensar que les pueda pasar lo mismo que a mí".
Porque la historia de Hernán no es solo suya. Es la de toda una generación.
Hoy, cuando llega un Mundial, Hernán Casciari ya no habita la oscuridad y el aislamiento que le envolvieron tras la muerte de su padre. Ahora, sentado en el sofá junto a su hija pequeña de nueve años -una fanática entusiasta que llena el álbum de cromos y le pide salir antes del colegio para ver el partido inaugural- , el fútbol ha recuperado su luz. Cuando la pequeña le pregunta qué es un fuera de juego o por qué el árbitro saca una tarjeta amarilla, Hernán experimenta un vuelco en el pecho. Son las mismas preguntas que él hacía en los 70. "Al responderle hoy siento la voz de mi padre. Siento que es mi padre el que habla. Y entonces tengo una emoción nueva, mucho más viva, mucho más familiar. Siento como que algo empieza de nuevo".
Si Roberto Casciari pudiera escuchar hoy este despliegue de amor en forma de podcast, rodeado de creadores sonoros y de su admirado Víctor Hugo Morales , se sentiría profundamente conmovido. Aunque, conociendo su timidez patológica y su incapacidad para revelar lo que llevaba dentro, es probable que se limitara a mirarlo de reojo, romper el silencio y preguntar: "¿Y ganas bien con esto de escribir cosas?".
El podcast de Casciari parte de su historia y de sus recuerdos, pero intenta que el que lo escuche no deje de buscar la rendija de las personas que quiere antes de que el árbitro pite el final. Nunca sabemos cuándo estamos jugando, sin saberlo, el último minuto de la prórroga.
"Si para todo hay término y hay tasa / y última vez y nunca más y olvido / ¿quién nos dirá de quién, en esta casa, / sin saberlo nos hemos despedido?". (Borges)
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