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El Mundo
Esther Mucientes · 2026-06-16 · via Televisión

Hay creadores que buscan historias en los grandes titulares y luego está Diego San José. Mientras buena parte de la ficción contemporánea parece empeñada en perseguir policías, asesinos en serie, narcotraficantes o políticos corruptos, él decidió convertir a una inspectora de Hacienda en protagonista de una de las series más singulares de los últimos años. Y lo más sorprendente no es que lo hiciera. Lo verdaderamente extraño es que funcionara.

Cuando Celeste llegó a Movistar Plus, la premisa parecía un desafío a cualquier manual televisivo: una inspectora tributaria obsesionada con demostrar que una estrella de la música residía realmente en España para obligarla a tributar aquí. Sobre el papel sonaba a expediente administrativo y a realidad -aunque todo fue un cúmulo de coincidencias-. En pantalla acabó convirtiéndose en un thriller emocional atravesado por la soledad, la obsesión y una mirada tan irónica como incómoda sobre la relación de los españoles con los impuestos.

Ahora, mientras los focos iluminan de nuevo los despachos de la Agencia Tributaria y los pasillos de Guzmán el Bueno, la serie regresa con una decisión todavía más inesperada: mirar hacia atrás.

La primera temporada terminaba con una sensación de cierre poco habitual en la televisión. No parecía existir ningún cabo pendiente. Ninguna puerta abierta. Ninguna trama esperando una continuación. Lo lógico habría sido dejar descansar a Sara Santano. O, en el mejor de los casos, inventar una nueva investigación situada después de los acontecimientos ya conocidos.

Pero Diego San José nunca ha parecido demasiado interesado en lo lógico. Ahí radica su talento; ahí están Yakarta, Vota a Juan y la propia Celeste.

"La condición era que solo siguiéramos adelante si aparecía una idea que tuviera la misma fuerza y supusiera el mismo reto creativo"

Diego San José, creador y guionista

"Por primera vez en mi vida hubo un proceso desde la calma", explica el guionista. "La primera temporada había funcionado muy bien, pero la condición era que solo siguiéramos adelante si aparecía una idea que tuviera la misma fuerza y supusiera el mismo reto creativo".

La idea apareció donde nadie estaba mirando.

No después.

Antes.

La segunda temporada se convierte así en una precuela. Un viaje al origen de Sara Santano. Una inmersión en la vida de una mujer que el espectador ya conoce, pero cuyos mecanismos internos permanecían ocultos.

"Si hemos conocido a una mujer que está lidiando con la soledad y con una viudedad reciente, había algo muy atractivo en entender dónde nació todo eso", explica San José. "Yo lo comparaba con las historias de origen de los superhéroes. Esta sería la historia de El origen de una inspectora de Hacienda".

La ocurrencia podría parecer un simple giro narrativo, pero quienes han leído los guiones insisten en que hay algo más.

"Cuando lees esta temporada es alucinante cómo ha conseguido hilvanarlo todo", cuenta la directora Elena Trappé. "Realmente parece que lo tuviera pensado desde el principio".

Trappé recuerda que las bromas sobre una posible continuación comenzaron incluso antes de que terminara la primera temporada. Durante el rodaje ya fantaseaban con nuevas posibilidades para Sara Santano. Lo que nadie imaginaba era que el camino elegido consistiría en desmontar el personaje para volver a construirlo desde los cimientos.

"Estoy convencida de que la cabeza de Diego nunca deja de funcionar", dice entre risas la directora. "Y también estoy convencida de que en algún rincón de su cerebro ya existe una posible tercera temporada".

La afirmación encaja perfectamente con la imagen que proyecta San José. La de un observador obsesivo de las pequeñas rarezas nacionales. Un autor que parece encontrar historias precisamente allí donde nadie considera que pueda haberlas.

Él lo explica de una manera mucho más sencilla: "España es un frigorífico que nunca se termina". La frase resume buena parte de su carrera.

Porque Celeste no es realmente una serie sobre Hacienda. Del mismo modo que Vota Juan nunca fue únicamente una serie sobre política. Lo que le interesa es utilizar instituciones reconocibles para explicar comportamientos colectivos. Examinar las costuras de un país a través de sus obsesiones, sus contradicciones y sus zonas más incómodas.

Y pocas contradicciones resultan tan españolas como la relación simultánea de amor y odio que mantenemos con los impuestos.

Durante la primera temporada, Sara Santano perseguía a una estrella musical. En esta ocasión el objetivo pertenece a una categoría todavía más delicada: los futbolistas.

"Si tenemos que buscar el antagonista absoluto de un inspector de Hacienda, en España ese antagonista es un futbolista", sostiene San José. "El fútbol nos lleva a un nivel de pasión y de bajos instintos que no compite con ninguna otra cosa".

La observación parece exagerada hasta que el propio guionista recuerda una escena real que terminó convirtiéndose en combustible creativo para la serie.

Sucedió durante el juicio a Leo Messi por fraude fiscal.

A las puertas de los juzgados se congregaron aficionados dispuestos a apoyar al futbolista. Entre ellos había estudiantes de un instituto cercano. Cuando un periodista preguntó a uno de aquellos chavales qué le parecía que su ídolo pudiera haber defraudado millones de euros, la respuesta fue inmediata: "A mí mientras meta goles".

San José no ha olvidado aquella frase. Porque, en realidad, no hablaba de Messi. Hablaba de España.

"Creo que a los futbolistas les hemos perdonado todo lo que hacen mal de lunes a viernes si el domingo meten goles", reflexiona. "Eso cuenta mucho de nosotros como sociedad".

La nueva temporada nace precisamente de esa tensión. Del choque entre la institución menos popular del país y una de las figuras más idolatradas de nuestro imaginario colectivo.

Un conflicto que, bajo la apariencia de thriller tributario, vuelve a funcionar como una radiografía cultural.

También por eso resulta tan importante comprender quién era Sara Santano antes de convertirse en la mujer que conocimos. Porque detrás de la inspectora inflexible existe una historia personal que apenas habíamos intuido.

Una de las claves de la nueva temporada aparece resumida en una frase que Carmen Machi escuchó durante el proceso creativo y que terminó convirtiéndose en una especie de brújula para entender al personaje: "Sara Santano es una mujer íntegra capaz de pervertir sus propios valores para cumplirlos".

La definición fascina a San José porque encierra una contradicción muy humana. Sara cree profundamente en aquello que hace. Tanto que está dispuesta a cruzar líneas que otros considerarían cuestionables. No por ambición. No por beneficio personal. Sino porque está convencida de que tiene razón.

Es una clase de integridad tan extrema que acaba rozando la obsesión. Y es precisamente ahí donde Carmen Machi encuentra la complejidad del personaje.

La actriz vuelve a asumir el peso absoluto de la serie. Algo especialmente visible en una ficción que nunca ha sido coral. Todo gira alrededor de Sara Santano. Sus silencios. Sus enfados. Sus contradicciones. Sus heridas.

"Cualquier interacción con Carmen tiene que estar muy bien. Da igual que sea un camarero que le dice buenos días o un personaje que comparte media temporada con ella"

Elena Trappé, directora

Elena Trappé lo tiene claro: "Cualquier interacción con Carmen tiene que estar muy bien. Da igual que sea un camarero que le dice buenos días o un personaje que comparte media temporada con ella. Todo tiene que funcionar".

La directora habla de Celeste como una serie construida desde los actores. Y, especialmente, desde Carmen Machi.

La relación entre ambas llega ya consolidada después de una primera temporada en la que tuvieron que construir juntas la voz, los gestos y el universo emocional de la inspectora.

Ahora gran parte de ese trabajo ya está hecho. Lo que permanece intacto es la admiración.

"Recuerdo ver el primer pase de la serie y descubrir cosas en los ojos de Carmen que ni siquiera había visto durante el montaje", cuenta Trappé. "Pensaba: por favor, todo lo que esta persona es capaz de transmitir simplemente mirando al infinito".

Hay algo revelador en esa observación. Porque explica por qué Celeste funciona incluso cuando aparentemente no ocurre nada. Porque los silencios de Sara Santano suelen contener más información que muchos diálogos. Porque Machi consigue que un gesto mínimo tenga consecuencias dramáticas. Porque detrás de la aparente frialdad del personaje siempre existe una emoción intentando abrirse paso.

La construcción visual de esa emoción vuelve a recaer sobre Elena Trappé, una directora que reconoce haber afrontado esta segunda temporada desde un lugar distinto. "El tono ya estaba construido", explica. "En la primera temporada el reto era encontrar ese equilibrio entre la comedia, el drama y el thriller. Ahora hemos podido trabajar desde una cierta tranquilidad".

Eso no significa que el trabajo haya sido más sencillo. La llegada de nuevos personajes obligaba a reconstruir parte del universo. Nuevos actores. Nuevas relaciones. Nuevos conflictos.

Y también nuevos espacios. Uno de los más importantes era la vivienda de Sara Santano.

La casa original utilizada durante la primera temporada desapareció tras ser vendida y completamente reformada. La solución adoptada por el equipo parece una pequeña muestra del perfeccionismo que rodea la serie.

Reconstruirla.

Literalmente.

El departamento artístico tomó medidas de cada rincón antes de perder el acceso al inmueble y levantó una réplica prácticamente exacta en plató. "El espectador no va a notar la diferencia", asegura Trappé.

La obsesión por el detalle encaja con una producción que desde el principio ha vivido instalada en el territorio del riesgo.

Alejandro Flórez, productor de 100 Balas, todavía recuerda la primera vez que escuchó el proyecto. "Cuando Diego te dice que quiere hacer una serie sobre una inspectora de Hacienda piensas: menos mal que me lo está diciendo él".

La frase resume bien la confianza que despierta el creador dentro de la industria. Porque la premisa, aislada de cualquier contexto, sigue pareciendo improbable. Sin embargo, quienes trabajan con él coinciden en señalar una característica común. La capacidad para condensar una serie entera en una sola frase.

Lo hizo con Celeste: "Era como Zodiac, pero con el IRPF". Y bastó eso. Los productores entendieron inmediatamente que había algo ahí. No una historia sobre impuestos. Sino una historia sobre obsesiones. Sobre identidad. Sobre las extrañas jerarquías morales que construimos como sociedad.

Quizá por eso Celeste ha terminado conectando con públicos muy distintos. Porque utiliza un entorno aparentemente gris para hablar de asuntos profundamente humanos.

Incluso los propios inspectores de Hacienda han reaccionado con sorpresa. San José reconoce que muchos de ellos le trasladaron una queja tan divertida como reveladora después del estreno de la primera temporada. "No somos tan grises como nos has retratado". Era una observación lógica.

Cuando alguien se ve reflejado en la ficción suele esperar una fotografía exacta de sí mismo. Pero la ficción nunca trabaja así. Necesita exagerar. Condensar. Simplificar. Convertir personas reales en personajes.

Lo paradójico es que, aun así, Celeste ha conseguido algo que parecía imposible: humanizar una profesión tradicionalmente asociada a la desconfianza ciudadana. Y quizá ahí resida uno de sus mayores logros. No en explicar cómo funciona una inspección tributaria. Ni siquiera en construir un thriller eficaz. Sino en obligar al espectador a mirar dos veces donde antes nunca miraba. A detenerse en figuras que normalmente permanecen fuera del foco. A descubrir que detrás de cada institución existen personas.

Es una constante en la obra de Diego San José: buscar lo invisible. Dar protagonismo a quienes nunca ocupan el centro del relato. Convertir una esquina olvidada de la realidad española en materia dramática.

Por eso resulta difícil creer que Celeste termine aquí. Porque si algo dejan claro quienes trabajan a su lado es que la imaginación de San José sigue moviéndose mucho más rápido que el resto. Y porque, como él mismo dice, España continúa siendo un frigorífico inagotable.

Un país donde una inspectora de Hacienda puede convertirse en heroína, donde un futbolista acusado de fraude sigue recibiendo aplausos y donde la ficción todavía encuentra territorios vírgenes en los lugares más inesperados. A veces basta con saber dónde mirar.

La claqueta vuelve a sonar en el plató de Celeste. Los manguitos de Sara Shantanu están listos, las lupas fiscales apuntan al palco de honor y la maquinaria de Diego San José funciona a pleno rendimiento. Prepárense para una temporada que promete demostrar que la declaración complementaria de nuestro pasado es, a veces, la única forma de entender el fraude de nuestro presente; que la comedia nacional se escribe mejor con el ceño fruncido y una calculadora de doce dígitos; y que, en este bendito país tan propenso a perdonar los pecados a golpe de chilena y gol por la escuadra, una inspectora de Hacienda cabreada y con el reglamento en la mano es infinitamente más peligrosa que cualquier delantero centro pisando el área pequeña. Al fin y al cabo, como bien nos recuerda el propio San José, asumiendo su rol como el verdadero arquitecto en la sombra de este implacable engranaje: "Al final, yo no dejo de ser la Sara Santano de la serie".