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Eduardo J. Castelao · 2026-06-16 · via Deportes

Las cosas no son como empiezan, sino como acaban. Y hasta aquí la única obviedad que puede ayudar mínimamente a sobrellevar el fiasco, gigante, del estreno de España en este Mundial. Volvió la selección a estrellarse contra un muro, a jugar en horizontal y a no encontrar soluciones ante un equipo hundido. Volvió a tiempos aparentemente olvidados desde 2022, cuando aquella eliminación contra Marruecos supuso la culminación de un modelo agotado. Volvió España a ser una desesperación, un lamento, un quiero y no puedo ante un rival muy inferior, en este caso Cabo Verde, que se atrincheró y esperó a que pasaran los minutos mientras la gran candidata se daba cabezazos contra la pared una vez y otra, y otra, y otra más, hasta hacerse daño. [Narración y estadísticas (0-0)].

España es una de las favoritas, y lo sigue siendo, para ganar, pero este susto en el estreno ha de servirle para revisarse a sí misma. Probablemente sin histerias, pues tuvo opciones, cómo no, de llevarse el partido, pero sí con un sentido crítico que los éxitos han podido diluir por el camino. Le faltó precisión, le faltó imaginación, le faltó un plan B, ese famoso plan B que ha traído De la Fuente y que no solventó un estreno decepcionante, le faltó también mala leche... Le faltó, en fin, un poco de todo, y mal haría en esconderse detrás de que un gol lo hubiera cambiado todo. Seguramente sí lo hubiese cambiado todo, pero no hubo gol. Y son las certezas las que mandan. Sin gol, no hay (casi) nada más.

El primer partido de un torneo como este siempre es difícil. Las más de dos semanas previas de concentración se hacen largas, las expectativas, el simple hecho de hablar sobre ellas, va haciendo el efecto de una gota malaya en el interior del futbolista, que termina por tener un sentimiento contradictorio a través del cual experimenta el deseo de comenzar y el miedo a lo que sucederá. Por eso el debut tiene un significado especial, y aunque no siempre avanza lo que vendrá después (basta volver a Sudáfrica 2010) sí establece un punto de partida. Y el de este lunes no ha sido bueno.

El de España fue la incomodidad. Cabo Verde anunció en la previa que sería un equipo valiente, pero era mentira. Como no podía ser de otro modo vistas las diferencias, abismales, con España, decidió meterse atrás, arremolinarse alrededor de su portero e ir tapando vías de agua mientras le durase el oxígeno. Lo de pasar del centro del campo era ya demasiado pedir para una selección tan diminuta en el panorama internacional que poco más puede ofrecer que el entusiasmo y el sacrificio.

Ante todo esto compareció España algo nerviosa, con Gavi como la única novedad en el once. Desplazó el jugador del Barça a Alex Baena, a quien según van pasando las oportunidades se le va agotando el crédito concedido en virtud de su inmensa calidad. Más allá de nombres, España no supo enfrentarse al muro hasta el último cuarto de hora de la primera parte. Es más, se vio al equipo algo tenso, con conversaciones entre Pedri y Rodri sobre quién y cómo debía saltar a la presión, o llamadas de atención de Unai Simón para que el equipo se juntase visto que no estaban ajustando bien las marcas. El grupo tuvo que reorganizarse mínimamente en la pausa de hidratación, un esperpento silbado por el público que entendía, como todo el mundo, que no hacía falta. Dentro del estadio, cerrado, había unos agradables 20 o 22 grados que hacían innecesario este tiempo muerto institucionalizado.

Cubarsí no llega a rematar un balón en la última jugada del partido.

Cubarsí no llega a rematar un balón en la última jugada del partido.ROBERTO SCHMIDTAFP

El caso es que el paréntesis sirvió para que España espabilara un poco. A lomos de Cucurella, el hombre del partido desde mucho antes de comenzar, terminó acumulando un puñadito opciones claras de gol que no lo fueron, bien de milagro bien por culpa de Vozinha, el portero de Cabo Verde, que juega en el Chaves de la segunda división portuguesa y que terminó como MVP del partido. Ferran la estrelló en el larguero a pase del nuevo lateral izquierdo del Madrid y, en el rebote, Pedri vio cómo el guardameta le sacaba un buen disparo. Ferran, al borde del descanso, y Laporte, en un córner, estuvieron a punto de desnivelar el marcador, que era lo único que podía desliar la madeja. Fueron, estas sí, opciones muy claras. Pero no hubo gol.

Semejantes atascos tienen poca solución. El uno contra uno, del que España carece sin Lamine y Nico, el bajón físico de Cabo Verde, que al descanso ni se intuía, o acelerar el ritmo de la pelota y mover al oponente de un lado para otro. Eso fue lo que intentó España a la vuelta del descanso, pero no hubo manera. Sin el impulso del final de la primera parte, sin ocasiones, España volvió a ese balanceo insoportable de un lado para otro, al ritmo cansino de la pelota, a los pases a cero por hora, a la intrascendencia.

De la Fuente esperó hasta el tiempo muerto para mover el cotarro y hacer lo que todo el mundo estaba esperando. Si Lamine estaba para jugar, como se había dicho, no había más tiempo que perder. El futbolista más desequilibrante del equipo debía estar en el campo para desatascar aquello. Entró, y junto a él Mikel Merino, en lugar de Fabián y de Gavi. Quedaban 20 minutos para arreglar el desaguisado. ¿Y qué pasó?

Para empezar, que el público se puso a chillar todo lo que no había chillado hasta ese momento cada vez que el chico tocaba la pelota. Para seguir, que el seleccionador de Cabo Verde quitó al lateral izquierdo, con tarjeta amarilla, al que empezó a retar Lamine una y otra vez. Si España ya estaba volcada encima de su rival, la entrada del extremo terminó de hacer aquello un frontón. Un frontón tan disparatado que Rodri estaba de extremo izquierdo, Laporte de delantero centro, Ferran aparecía y desaparecía, más bien lo segundo, a cada rato... Pero ni una opción más de gol, nada que llevarse a la boca. Entró Olmo, pero tampoco cambió nada. Lamine lo intentó, pero claro, los milagros han de esperar.