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Cultura

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Leila Slimani en el Museo del Prado: "Hoy la identidad na...
Andrés Seoan · 2026-04-30 · via Cultura

Hay una hora en el Museo del Prado en la que todo parece en suspenso. Antes de que entren los visitantes, cuando la luz todav�a no ha terminado de asentarse sobre los cuadros y el silencio no es una ausencia de ruido sino una forma de presencia. Es en ese intervalo donde la escritora francomarroqu� Leila Slimani (Rabat, 1981) ha decidido instalarse, al menos durante unas semanas, en una suerte de retirada voluntaria de la escritura. "Mi objetivo es no obsesionarme con escribir", dice con una media sonrisa que suena m�s a disciplina que a renuncia. "Quiero entrar sola al museo, hablar con los conservadores, escuchar, mirar. Ya escribir� despu�s. Porque en un libro uno no est� disponible para el presente, y aqu� lo que intento es exactamente eso, estar predente", ha asegurado en un encuentro con periodistas en las entra�as de la pinacoteca.

Su visita forma parte del programa Escribir el Prado, que en los �ltimos a�os ha invitado a convivir con su colecci�n a escritores como los Nobel J.M. Coetzee y Olga Tokarczuk, John Banville o Mathias �nard. "Soy muy consciente de estar viviendo algo excepcional", insiste la autora. "Vivir en Madrid en primavera, entrar cada ma�ana en un museo vac�o, acompa�ada por alguien que ama profundamente su trabajo... Por ahora me conformo con vivir. Tomo notas, s�, pero s� que las ideas llegan despu�s, d�as o semanas m�s tarde, cuando relees, cuando recuerdas. Hay que ser paciente y estar atenta".

Para saber m�s

Esa atenci�n, en su caso, tiene que ver con una forma muy concreta de mirar. Slimani lleva a�os explorando en su literatura -desde Canci�n dulce, ganadora del Premio Goncourt, hasta su reci�n terminada trilog�a El pa�s de los otros- el cuerpo y el deseo femeninos, el peso del patriarcado y la libertad, las grietas de la identidad, y la mirada condescendiente de Occidente sobre el mundo descolonizado. No sorprende que su primera deriva en el museo haya sido hacia el Siglo de Oro espa�ol.

"Me interesan esos pintores porque representan un primer imperialismo, una primera globalizaci�n, un momento en el que Europa sale a descubrir y a conquistar otros mundos", explica. Y enseguida matiza que su mirada ha cambiado en los �ltimos a�os, desde que se instal� en Lisboa, donde vive desde hace un lustro. "Desde all� veo toda esta historia de otra manera. Tengo una conciencia m�s clara de esa historia ib�rica, de ese momento en el que Espa�a y Portugal se lanzan al mundo".

Pero lo que de verdad le importa no es tanto el relato de la expansi�n como sus consecuencias visibles, o invisibles. "Me fijo mucho en los cuerpos, en c�mo aparecen representados por primera vez cuerpos ind�genas, negros, paganos. Y tambi�n en c�mo se representan los moros y los moriscos, que fueron expulsados. Tambi�n busco su ausencia, c�mo desaparecen de una historia a la que, sin embargo, han contribuido".

"Mirar un cuadro, igual que leer un libro, exige algo de nosotros, principalmente esfuerzo para completar las ausencias"

Slimani habla sin levantar la voz, enhebrando con sutileza ideas, como la conexi�n entre pintura y literatura. "Mirar un cuadro", sugiere, "no consiste s�lo en reconocer lo que est� pintado, sino que hay que aprender a mirar lo que no se ve, la ausencia. Igual que en los libros, en los que hay que fijarse en lo que no se dice. Y eso es algo que exige inter�s y, principalmente, esfuerzo". Ese esfuerzo, en su discurso, es casi una �tica, una forma de resistencia frente a la simplificaci�n contempor�nea. Tambi�n frente a cierta lectura identitaria del arte que, a su juicio, corre el riesgo de empobrecerlo.

"Yo no quiero entrar en un museo pensando que es un museo de blancos o que no me pertenece", defiende gesticulando. "Me considero ante todo un ser humano, y me interesan las mismas preguntas que atraviesan a todos: qu� es el amor, por qu� somos violentos, por qu� destruimos, por qu� somos capaces tambi�n de crear belleza. Todos los que han pensado eso antes que yo forman parte de mi familia humana". Es ah� donde introduce la idea de universalidad, una palabra que no siempre se pronuncia sin cautelas, pero que ella reivindica sin ambig�edad. "El Prado es un museo universal. Da igual de d�nde vengas, todo lo que hay aqu� acaba habl�ndote. Cuando miro un Tintoretto s� que mi cuerpo no est� ah�, pero siento que me pertenece, que forma parte de m�. Esa belleza es un patrimonio com�n".

Slimani durante el encuentro con los periodistas.

Slimani durante el encuentro con los periodistas.Maria Aguilella Pardo / EFE

Esa defensa del arte como espacio com�n convive con una mirada mucho m�s cr�tica hacia ciertas derivas contempor�neas, como ya critic� en su ensayo El perfume de las flores de noche. Slimani no esquiva la comparaci�n, incluso a riesgo de sonar tajante. "No es lo mismo inflar un bal�n, congelarlo y decir que es una obra de arte que pasar a�os pintando un Vel�zquez. No existe la misma relaci�n con el trabajo, con el tiempo, con el esfuerzo". No se trata, aclara, de negar el arte contempor�neo, sino de cuestionar una cierta banalizaci�n. "El arte exige algo de nosotros, igual que la literatura. Leer no es f�cil y mirar tampoco deber�a serlo".

Ese v�nculo entre arte y complejidad atraviesa buena parte de su intervenci�n. Y conecta directamente con su lectura del presente. "Vivimos un momento terrible con el auge de la ultraderecha un poco en todas partes, pero lo que m�s me preocupa es la ausencia de verdad. Ya no distinguimos entre lo verdadero y lo falso, entre la complejidad y la simplificaci�n", lamenta. En ese terreno, dice, es donde operan con mayor eficacia los discursos populistas.

"Aunque finja lo contrario, Europa no puede vivir sin inmigraci�n. Todos lo saben y, sin embargo, se construye un discurso basado en el miedo al otro"

"Es muy f�cil manipular la identidad nacional mediante el miedo. De hecho, es ese miedo con lo que se construye hoy la identidad nacional de Occidente", resume. "No culpo a la gente que tiene miedo, porque es un sentimiento muy primario que yo misma he sufrido, ero precisamente por eso es tan f�cil decirle a alguien que lo van a reemplazar y que su mundo va a desaparecer". La cr�tica de la escritora no se queda en el plano ret�rico, m�s bien apunta a una contradicci�n estructural. "Aunque finja lo contrario, Europa no puede vivir sin inmigraci�n. Todos los pol�ticos lo saben y, sin embargo, se construye un discurso basado en el miedo al otro".

"El f�tbol actual muestra la historia del siglo XX mejor que cualquier discurso: migraci�n, colonizaci�n, identidades mezcladas..."

Slimani habla desde una experiencia personal que no necesita subrayar. "Yo crec� entre Marruecos y Occidente. Hablo franc�s, ingl�s, entiendo el espa�ol, he le�do a Cervantes, a Dickens... Pero cuando he viajado por Europa muchas veces no he encontrado a alguien que conozca la cultura �rabe, que haya le�do nuestros libros. Hay una gran asimetr�a", denuncia. Una constataci�n que no formula con resentimiento, pero s� con una cierta urgencia. "Esa falta de curiosidad es peligrosa, porque alimenta el racismo y la violencia. El Sur global est� cada vez m�s frustrado con este dominio tan condescendiente de Occidente, que va desde lo econ�mico a los cultural".

Frente a esa asimetr�a, insiste en la evidencia de los v�nculos. "Cuando paseas por Espa�a o por Portugal ves el mundo �rabe en la arquitectura, en la lengua, en la comida. Quer�is reconocerlo o no, sois un poco �rabes. Somos primos". La frase, lanzada con humor, tiene algo de provocaci�n suave, pero tambi�n de invitaci�n. "Por eso me gustar�a que el Mundial de 2030, que vamos a compartir [se celebra entre Espa�a, Portugal y Marruecos], sea una oportunidad para que los j�venes se conozcan, se interesen, se den cuenta de que tienen una historia en com�n".

Leila Slimani ayer en el Prado.

Leila Slimani ayer en el Prado.�NGEL NAVARRETE

El f�tbol, del que Slimani se confiesa apasionada -su padre incluso presidi� la federaci�n marroqu�-, aparece entonces no como an�cdota, sino como una herramienta de lectura del presente. "Es un espacio de igualdad total, once jugadores contra once, las mismas reglas, el mismo campo. Da igual que seas una gran potencia o un pa�s peque�o, todo puede pasar". Pero lo que m�s le interesa est� en los cuerpos. "Si miras a los jugadores, ves toda la historia del siglo XX: migraci�n, colonizaci�n, identidades mezcladas. Muchos tienen doble nacionalidad, han vivido en varios pa�ses. Eso cuenta una historia mucho m�s real que cualquier discurso".

La imagen le sirve tambi�n para hablar de Marruecos, un pa�s que atraviesa su obra y al que ha dedicado, en los �ltimos a�os, una ambiciosa trilog�a familiar. "La juventud marroqu� ha cambiado radicalmente. Cuando yo ten�a 15 o 18 a�os, nunca habr�a ido a una manifestaci�n, porque nos educaron para callarnos", recuerda mientras insiste en la radical diferencia con la generaci�n actual "Ellos no tienen miedo, se expresan, est�n conectados, quieren participar en la vida pol�tica, exigen educaci�n, sanidad, justicia".

Ese cambio, a�ade, se percibe incluso en lo cotidiano. "Antes el espacio p�blico no era nuestro. No ibas a un parque a sentarte, no hac�as un picnic.... Ahora hay campos de f�tbol, espacios iluminados por la noche, lugares donde los j�venes pueden estar. Parece algo peque�o, pero cambia la relaci�n con el Estado, con lo p�blico. Y, sobre todo, dice, con el propio pa�s. "Hoy hay un orgullo por ser marroqu�, algo muy dif�cil de sentir en los 80, y eso es nuevo".

"La juventud marroqu� ha cambiado radicalmente. Donde nosotros call�bamos ellos exigen educaci�n, sanidad, justicia"

Sin embargo, no todo en su mirada es optimismo. Hacia el final del encuentro la escritora habla de Francisco de Goya, el pintor predilecto de su amigo Salman Rushdie, y lo hace en t�rminos de decepci�n. "Me interesa c�mo a lo largo de su vida pasa del entusiasmo por la Ilustraci�n a la oscuridad absoluta. C�mo pasa de los cuadros luminosos de sus inicios a las Pinturas negras", explica. Esa transici�n le sirve como espejo del presente, a�ade, y recuerda entonces una escena familiar. Su padre, en 1989, viendo caer el Muro de Berl�n y convencido de que el mundo se abrir�a, de que desaparecer�an las fronteras. "�l pensaba, quiz� de forma ingenua, que todo ser�a posible, que incluso Marruecos podr�a entrar en Europa, que habr�a un puente entre T�nger y Algeciras".

Treinta a�os despu�s, dice, la realidad es otra. "Hay tres veces m�s muros que entonces, por eso hay que defender las lenguas, la literatura, la mezcla, porque las lenguas atraviesan las fronteras. Por mucho que Trump levante un muro con M�xico, en Estados Unidos se hablar� cada vez m�s espa�ol", pone como ejemplo.

Como broche, Slimani vuelve al f�tbol: "Si Marruecos gana el Mundial escribir� una novela de quinientas p�ginas sobre el tema", dice entre risas. La broma funciona como cierre, pero tambi�n como declaraci�n, porque en esa mezcla de juego, historia y relato hay algo que resume bien su manera de escribir y de mirar: entender que el mundo no se explica desde una sola perspectiva, sino desde el cruce de muchas.