De Lanzarote a la Amazonia, el artista suizo analiza en sus fotografías experimentales la circulación global de las palmeras y sus efectos ecológicos, culturales y económicos

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Una de las series más recientes de Yann Gross (1981) sólo aparecía cuando el visitante fotografiaba con flash las imágenes blancas expuestas, como si hubiera que agredirlas para que emergieran. Se titulaba Phoenix (2024) y su elemento central era una palmera de Lanzarote que tenía una forma muy peculiar, crecía en paralelo al suelo, y alguien viralizó en redes sociales como fondo de selfie. El flujo de visitantes que siguió para retratarse allí acabó degradando el entorno, cansando a los vecinos y, finalmente, destruyendo a la propia palmera, que un día apareció abatida. «Al visibilizar mis fotos con el flash de su cámara, el espectador se daba cuenta de que hacer una imagen tiene consecuencias», señala el artista suizo en perfecto español, pero con un algo de acento francés.
En la fotografía de Gross se entrecruzan la experimentación formal, el reportaje tradicional y la antropología cultural. Ha imaginado una ciudad estadounidense en los Alpes suizos en la serie Horizonville (2010), compartido pista de skate con jóvenes en Uganda y manipulado plantas amazónicas para el proceso de revelado con el que retratar la propia selva. Esta mirada abierta al mundo le ha enseñado que la hibridación cultural y el expansionismo económico de las sociedades tienen consecuencias. Aquella palmera de Lanzarote no sería el único ejemplo de un sistema que parece acelerar hacia el abismo.
La Casa Encendida de Madrid presenta su exposición Drift, que puede traducirse como deriva. Una muestra en la que vemos cómo la invención en el siglo XIX de una caja de cristal para transportar especímenes vegetales alrededor del mundo para su explotación comercial transformó paisajes enteros, pero también modificó culturalmente sus sociedades. En la selva amazónica, la introducción de la palma que produce aceite barato y de baja calidad expulsó de sus tierras a tribus endémicas de Brasil y Perú. En Suiza, palmeras chinas que se introdujeron como exotismo se han hecho fuertes, convirtiéndose en especies invasoras. En California, las palmeras tan identificables de las películas y representativas de la ciudad de Los Ángeles, que fueron llevadas allí por misioneros españoles desde México, tienen sus días contados debido a la polución que generan...
Gross ha reunido estos casos de estudio en la serie Greetings. En todos ellos, además de tomar imágenes de los paisajes o las personas que ven su vida afectada de una u otra forma por estas plantas desplazadas, el artista desarrolla procesos de revelado experimentales que incorporan aspectos del problema. Para retratar la especie de palmera Fortune que crece a lo loco en Suiza, cerca del Lago Maggiore, usa la fotografía multiespectral. Un método propio de la agricultura y la detección forestal de plantas enfermas que da como resultado imágenes de colores oníricos y bellísimos.
En la serie Washington (2024), dedicada a las palmeras californianas, Gross trabaja con residuos de hidrocarburos recogidos en la ciudad de Los Ángeles, que resultan del encuentro entre las partículas biológicas liberadas por las palmeras sometidas a altas temperaturas y la contaminación atmosférica. Así, las imágenes icónicas de la ciudad, con sus espigadas palmeras que representan un sueño aspiracional, ahora aparecen sucias, como si se visibilizara la propia polución que habitualmente pasa desapercibida a la mirada.
«Para cada historia tengo que encontrar la forma adecuada aprovechando el medio fotográfico, que es muy amplio», explica Gross, que desarrolló técnicas de revelado para su serie Aya usando pigmentos fotosensibles extraídos de plantas amazónicas en colaboración con la artista Arguiñe Escandón. Una fórmula explotada por el inventor Hercule Florence en el siglo XIX, pero conocida también por los indígenas, conscientes de las cualidades visuales de las plantas. Aya, que en quechua significa espíritu o fantasma, comparte raíz con ayahuasca, la planta sagrada empleada en rituales chamánicos. Para Gross, participar en esos procesos supuso aprender a «abandonar las certezas y trabajar de una manera más intuitiva, menos controlada».
«Mi base siempre es documental, nunca estoy hablando de mi mundo interior», continúa el artista. «Hago muchas investigaciones previas que son casi periodísticas o antropológicas y las convierto en un trabajo visual artístico». En otro paso en la construcción de su lenguaje plástico, Gross presenta en Madrid varios vídeos en los que conocemos la experiencia de los habitantes de la selva amazónica. Aparecen proyectados sobre el molde tridimensional de sus rostros, realizado por el suizo. Un efecto hiperrealista que hace más contundente su mensaje y nos recuerda que las decisiones que tomamos en un punto del planeta tienen consecuencias al otro lado del mundo.

























