




















«Se nos conoce como asesinos. Ese es nuestro legado en la historia sueca». Cuando habla, Niklas Natt och Dag tiende a jugar con sus anillos. Lleva dos, uno más resultón que otro, ambos con el mismo grado de idiosincrasia.
Uno es de oro, grandote. En él, el sello familiar. El escudo de los Natt och Dag -equivalente, en español, a apellidarse Noche y Día-. Apunta maneras. El segundo, una calavera, más grande incluso que el dorado.
«Ah, pero este no tiene nada que ver conmigo o con mi familia», ríe. «Es más bien porque soy un poco friki». Tampoco sorprendería que estuviese relacionado con su pasado familiar. Sorprende, más bien, que no lo esté. Al fin y al cabo, el suyo es un linaje intenso, viejo como la Historia misma y repleto de vacíos en un tapiz que él mismo se ha dispuesto a volver a tejer.
«La maldición de los Stensson no deja de ser una novela histórica y al mismo tiempo ficcionada. La base es real, el contexto histórico de la trama es verídico y las familias existieron. Yo me he dedicado a hacer lo que mejor se me da. Rellenar, imaginar, suponer. Elucubrar». La maldición de los Stensson (Salamandra) es el título del relato más reciente del superventas sueco, aclamado por su famosísima -y sangrientísima- Trilogía de Estocolmo, el fenómeno literario que revolucionó el thriller histórico.
Esta vez deja de lado la novela negra a la que está acostumbrado y se dispone a resucitar la Suecia medieval de la Unión de Kalmar, en pleno siglo XV. Lo hace con un episodio como eje. Una anécdota que, aunque no propia, se ha convertido en algo que acarrea consigo como parte de su propio yo: el asesinato del líder revolucionario Engelbrekt Engelbrektsson a manos de Måns Stensson, antepasado directo del autor. Conviene señalar que en la Suecia medieval los apellidos no eran fijos, sino patronímicos: Stensson significaba simplemente «hijo de Sten» y cambiaba en cada generación. Sin embargo, Måns Stensson pertenecía al antiguo linaje noble Natt och Dag, el mismo que toma como apodo Niklas, cuyo nombre familiar no se consolidaría como apellido hereditario hasta siglos después. «Mi apellido es... distinto. Vamos a ver, ¿quién se llama Noche y Día? No mucha gente, te lo puedo asegurar. Inevitablemente me hacen preguntas cada vez que digo cómo me llamo. E, inevitablemente, llegan a la misma conclusión: 'Ah, vosotros matasteis a Engelbrektsson'».
Niklas Natt och Dag desciende de una de las familias más antiguas -y antes adineradas- de Suecia. Es noble. O de sangre noble, si es que eso realmente significa algo. En pleno casco antiguo de Estocolmo, su ciudad natal, el autor deambula por las estrechísimas calles. Va señalando esto y aquello, ofreciendo pequeñas dosis de conocimiento histórico.
Camina rumbo a la Casa de los Nobles, edificio construido entre 1641 y 1674 y centro político de la aristocracia sueca de la época. Las paredes de la sala de los escudos están cubiertas casi al milímetro por miles de piezas de hojalata, cada una pintada con un escudo distinto. «Solo en esta sala hay 2.335 familias representadas. La mayoría están extintas», explica. La suya destaca no solo por sobrevivir, sino por ser protagonista de un acontecimiento clave y notorio en la historia de la Suecia medieval.
De entre los cientos de relatos, leyendas y episodios destacados del pasado del país escandinavo, Natt och Dag lleva al lector, como se ha dicho, a uno de su propia historia familiar ocurrido en tiempos de la Unión de Kalmar. Así se conoce al Estado dinástico nórdico que nació a partir de la fusión de tres monarquías distintas -Dinamarca, Suecia y Noruega- bajo el gobierno de Margarita I de Dinamarca, coronada reina de Noruega y Dinamarca en 1387 y, más tarde, de Suecia en 1397. La de Margarita fue una fortuna poco común. «Al indagar en el medievo sueco asumí que, como en la gran mayoría de episodios de la historia, estaríamos hablando de un patriarcado en toda regla. Asumí que las mujeres vivían oprimidas», cuenta el autor. Y sigue: «Resultó no ser el caso, por lo menos en la nobleza. Si eras una mujer que se casaba con otra familia, mantenías tu propio nombre y seguías siendo parte de tu familia, nunca de la de tu marido». Tenían, dice, independencia, dote, riqueza y seguridad.
Margarita, hija del rey Valdemar IV Atterdag de Dinamarca, fue casada a los diez años con Haakon VI, rey de Noruega y correy de Suecia. De esa unión nació Olaf, futuro sucesor de su abuelo Valdemar. La responsabilidad llamó pronto a la puerta: con apenas seis años, el pequeño Olaf sucedía a su abuelo en el trono danés. Debido a su edad, fue su madre quien ejerció la regencia. Poco después, Margarita quedó viuda y el reino de Noruega pasó también al joven Olaf. El resultado: dos reinos bajo la regencia de Margarita. Cuando Olaf murió en 1387, Margarita fue elegida soberana de ambos territorios. A esas dos coronas se sumó más tarde Suecia.
Sin descendencia directa, la reina decidió nombrar heredero a su controvertido sobrino nieto Eric de Pomerania, quien fue coronado rey de la Unión de Kalmar en 1397. Durante su reinado, las tensiones internas fueron en aumento debido a una combinación de políticas impopulares y una gestión percibida como distante y autoritaria. Su empeño en reforzar el control central, especialmente desde Dinamarca, generó malestar en Suecia, donde la nobleza y las comunidades locales veían amenazadas sus tradicionales cuotas de poder. A ello se sumaron cargas fiscales crecientes, destinadas en parte a sostener conflictos bélicos y a consolidar el dominio del monarca, lo que afectó especialmente a las regiones más pobres y rurales.
En este contexto, los llamados montañeses -campesinos y mineros del interior sueco- comenzaron a organizarse ante lo que consideraban abusos administrativos y económicos. En ese escenario se desenvuelve la familia que protagoniza la novela: los Stensson. Descendientes de un antiguo linaje y, sobre todo, con ansias implacables de recuperar su esplendor.
"La gente siempre encuentra distintas formas de alzar la voz y de rebelarse, incluso frente a los gobiernos más represivos"
«Me propuse no reescribir la historia, pero tampoco presentar una teoría seria de lo que realmente sucedió», dice el autor. «A medida que iba escribiendo, estas personas se volvieron idénticas a lo que yo imaginaba que eran. Y de repente... sentí que tenía razón, que todo lo que escribí fue lo que realmente pasó. Pero, realmente, nunca lo sabremos», asegura.
La tiranía de Eric de Pomerania y sus posteriores consecuencias se formulan con una claridad aplastante en la novela. «Ningún reino puede sostenerse así. Tarde o temprano, alguien se levanta», escribe Natt och Dag en su relato. «Lo único que he aprendido sobre la historia con este libro es que tiene tendencia a repetirse, constantemente», dice. ¿En qué sentido? El autor hace una comparativa clara y directa. «Mira Irán.
No hace falta esforzarse mucho para ver que el patrón está presente constantemente», dice. «Tal cual pasa en mi novela, creo que la gente siempre encuentra diferentes maneras de alzar la voz, incluso frente a los gobiernos más represivos. Pero lo encuentro extraño... Cuando ves al hombre común en Rusia o Irán, uno pensaría que nadie está de acuerdo con la situación en la que se encuentran. ¿Cómo es posible que quieran vivir así? Si todos se pusieran de acuerdo para derrocar al gobierno, posiblemente se podría hacer. Y, sin embargo, la élite encuentra una manera de hacerse con el control y de mantenerse firme». Natt och Dag se enfrenta al papel con nombres como lienzo en blanco, un contexto inamovible y algún que otro suceso específico como guía.
Aun con toda su tiranía, el superventas traslada al papel la figura de Eric de Pomerania como la de un «pobre personaje trágico». Fue un rey que tuvo que vivir a la sombra de la reina Margarita. «Es así de simple: ella era competente, él no. Ella era inteligente, él... no tanto». Su sueño, dice, acabo siendo el de «ser recordado como alguien mucho más trascendente que Margarita. Pero lo que sucede es todo lo contrario. Todo lo que hace se va al traste, básicamente. Es, de hecho, una persona que estaba algo perseguida por la mala suerte. Es hasta cómico, no se le conocía por su grandeza, se le conocía, más bien por estar algo gafado. Por ejemplo, cada vez que subía a un barco había una tormenta, un accidente o un naufragio. Da un poco de lástima», ríe.
Engelbrekt y el levantamiento.
La falta de diálogo efectivo con los montañeses y la dureza cada vez mayor de las medidas reales terminaron por alimentar un clima de descontento que desembocó en la rebelión, evidenciando las fracturas profundas dentro del experimento político de la Unión y el debilitamiento de la autoridad de Eric. Ahí es cuando entra en escena Engelbrekt Engelbrektsson, figura tan conocida como venerada en Suecia, donde cuenta con multitud de estatuas y monumentos: un noble de la región de Dalarna -en el centro del país- que lideró a campesinos, mineros y, eventualmente, a gran parte de la nobleza sueca en la lucha contra el monarca despótico.
Un líder popular convertido en símbolo... y, finalmente, en víctima. En 1435, Engelbrekt reunió una asamblea en la localidad sueca de Arboga, que a menudo se considera el antecedente del primer parlamento sueco (Riksdag). Aunque no está del todo claro si participaron campesinos, este encuentro supuso un punto clave en la evolución política de Suecia. Engelbrekt fue nombrado regente del reino, pero pronto aparecieron tensiones internas dentro de la rebelión.
La nobleza, interesada en defender sus propios privilegios, acabó apoyando a Karl Knutsson, futuro Carlos VIII de Suecia -en ese momento un poderoso noble, líder militar y defensor del levantamiento contra el rey-, quien tomó el poder tras el asesinato de Engelbrekt en 1436. «Hay un misterio sobre el asesinato de Engelbrekt del que yo no era consciente: todos están de acuerdo en los detalles, sabemos cuándo y cómo ocurrió, pero cada historiador cierra el capítulo sobre este asesinato con la misma frase: 'el motivo es desconocido'», revela Natt och Dag. Este detalle lo explica frente a una estatua que se alza en la histórica plaza de Kornhamnstorg.
En ella, un ballestero tensa el arco en un monumento de bronce dedicado al propio Engelbrekt y a la revolución que lideró. «Efectivamente, lo matamos», dice el autor encogiéndose ligeramente de hombros. El asesinato se cometió en un momento políticamente perfecto, «aunque ese no fue el motivo por el que mi antepasado, Måns, lo mató», asegura. Y continúa: «En la correspondencia que estuve analizando para escribir el libro no se menciona ninguna conspiración. Así que lo más probable es que el motivo fuera personal. Y si es personal, hay historia».
La rebelión logró expulsar temporalmente a las fuerzas danesas, debilitando así el dominio de la Unión de Kalmar sobre Suecia. Aunque Dinamarca recuperaría más adelante su influencia -la fórmula política no se disolvería hasta 1523-, este levantamiento sentó las bases para la futura independencia sueca y abrió la puerta a una mayor participación de los campesinos en la política, contribuyendo al desarrollo del Riksdag como institución representativa.
La rebelión de Engelbrekt no fue, ni mucho menos, un episodio menor. Para muchos historiadores, supuso una de las primeras manifestaciones de identidad política sueca frente al dominio danés y sentó un precedente para futuros conflictos que acabarían redefiniendo el mapa político escandinavo. La historia ficcionada de Natt och Dag se desarrolla en un momento en el que las lealtades cambian con rapidez, las alianzas son frágiles y la violencia política forma parte del día a día. El levantamiento se convierte así en el catalizador de la novela. Los engranajes de traiciones y lealtades empiezan a girar en torno a la afamada campaña.
La maldición de los Stensson muestra tanto las causas del estallido como la magnitud del cambio histórico que supuso el alzamiento: un momento en que la Suecia medieval comenzó a redefinir sus equilibrios de poder así como su identidad política y cultural, dejando el terreno abonado para los nacionalismos de época moderna.
"He arrastrado este nombre toda mi vida. Las generaciones mayores se muestran molestas por nuestra aportación a la historia sueca"
La maldición familiar que persigue a los Natt och Dag entra en el relato como una capa literaria y simbólica. «Para mí, una maldición tiene poder solo si realmente crees en ella. En esa época creer en maldiciones era el pan de cada día. En la novela los Stensson la acarrean en el sentido de que, inevitablemente, llevan encima el peso del linaje, de la herencia y de las decisiones que están condicionados a tomar», explica.
Ese «peso» o «maldición», según a quién se le pregunte, sigue dominando, en ciertas formas, al propio autor: «He arrastrado este nombre toda mi vida. Es extraño. Las generaciones mayores se muestran molestas por nuestra aportación a la historia sueca». A Natt och Dag le gusta pensar en la idea del linaje como algo atado a esa maldición de la que escribe y sobre la que se permite elucubrar: «Es exactamente lo mismo. Si decido pensar que tiene algún efecto sobre mí, supongo que lo tendrá. Si, por lo contrario, decido no prestarle atención, no me afecta en absoluto».
Pese a que Niklas Natt och Dag ha elegido su propio linaje como pauta para trazar su relato y resucitar la historia de la época, no se considera especialmente ligado a su apellido ni a su historia familiar, revela. «Ahora bien, si te soy sincero, forma parte de quién soy en formas que ni siquiera comprendo. A veces imagino qué pasaría si me hiciera un análisis de sangre, lo comparara con alguna de estas personas de las que tanto he aprendido y los resultados no coincidieran; si no fuera uno de ellos. ¿Qué supondría eso para mí? ¿Cambiaría algo sobre cómo me percibo? En cierto modo, sí. No puedo mentir».
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