
























Cuenta Jos� Sacrist�n (Chinch�n, 1937) que aqu�, al Teatro Pav�n de Madrid, ven�a su madre a escuchar copla en la posguerra y se arranca a recitar a La Ni�a de los Peines: �Con un suspiro le pago aquel que por m� suspire / Con un suspiro le pago./ Yo miro a quien bien me mire�. Y Mar�a Galiana escucha (Sevilla, 1935), reci�n aterrizada de la Semana Santa de su ciudad, c�mo sigue el inesperado recital flamenco del actor que un d�a quiso ser Antonio Molina en el mismo escenario que miraba su madre y que �l nunca ha pisado en su carrera: �Yo no acaricio ni halago / Y al que de m� se retire�.
Es la primera vez que ambos coinciden, m�s all� de un �fimero viaje en tren de Barcelona a Madrid y un escueto saludo. No se conocen, nunca han compartido proyecto, apenas han visto sus vidas cruzarse. Y, sin embargo, cuando se abre la puerta del taxi y la actriz aparece a las puertas del teatro, Sacrist�n dispensa un cari�oso saludo a Galiana y la conversaci�n ya fluye. Hay bromas durante la sesi�n de fotos dentro del Pav�n. Ella, sentada. �l, en pie. Con las luces del patio de butacas refulgiendo, apuntando a quienes han desgastado las tablas de otros tantos escenarios como este. Casi 70 a�os de profesi�n para el actor. Ya m�s de 40 para la actriz. Y sumando.
Este encuentro no es casual: aqu� est�n los dos grandes veteranos en activo de la actuaci�n. Quien hizo re�r a la Espa�a franquista mientras empezaba a construir la carrera que todo actor quisiera alg�n d�a tener y quien dedic� su vida a la ense�anza hasta que la televisi�n la convirti� en la abuela de Espa�a que se niega a ser. Jos� Sacrist�n, 88 a�os, y Mar�a Galiana, casi 91. La voz m�s profunda de este pa�s y el punk en el cuerpo de una se�ora. Ambos est�n de estreno en la capital, despu�s de girar por varias ciudades espa�olas:�l es director, dramaturgo y protagonista de El hijo de la c�mica, el recuerdo a su amigo Fernando Fern�n G�mez, que acaba de llegar al Teatro Bellas Artes;ella es actriz principal de Yo solo quiero irme a Francia, que ahora acoge el propio Teatro Pav�n.
Solo hay una condici�n previa para este encuentro: que los dos actores conversen. Sobre la vocaci�n infantil, sobre la familia, sobre la interpretaci�n, sobre la vida, sobre el pasado, sobre la muerte, sobre el mundo, sobre el presente... Sobre lo que decidan. Y ellos, aplicados, arrancan sin necesidad de lanzarles el pie. Ah� van.
Para saber m�s
-Yo imitaba a Antonio Molina, me s� todo el repertorio. Le descubr� en un programa de Radio Espa�a. Ay, qu� tiempos aquellos que yo ten�a falsete-, dice Sacrist�n.
--�sa era una �poca en la que era muy habitual que todos nos supi�ramos las coplas. No ten�amos otra cosa m�s que una radio peque��sima, ni siquiera buena, y recuerdo que mi t�a soltera hacia las faenas de la casa cantando siempre-, completa Galiana.
-Claro, yo me s� todo el repertorio de Juana Reina, de Concha Piquer, de Marif� de Triana... Tuve suerte de conocerla, pero de quien fui amigo es de Enrique Morente y Pepe Menese-, vuelve el actor.
-Una de las primeras cosas que yo hice en teatro fue con el Centro Andaluz de Teatro una Yerma que dirigi� Miguel Narros con m�sica de Enrique. La cantaba la ni�a, Estrella, con 16 a�os-, sigue la actriz.
-Nosotros hicimos en el [Teatro] Espa�ol una lectura de Yerma con la participaci�n de Enrique y de Estrella-, concluye �l.
Y es esta cadena profesional la que marca el camino.
P. Tienen 90 y 88 a�os, siguen en activo con el teatro, �qu� les supone en este momento subirse a un escenario?
J.S. Yo s� que tengo unos a�os, pero no me siento viejo. Hasta ah� pod�amos llegar. Solo lo noto cuando bajo las escaleras. Seguir haciendo teatro es estar vivos. En mi caso tengo la suerte de que la vida y el trabajo han ido de la mano. Las pel�culas, el teatro y la televisi�n era lo que quer�a el ni�o de Aranjuez que so�aba con ser Tyrone Power. He ido consiguiendo el prop�sito de ganarme la vida con esto de contar historias y seguir a esta edad. Sobre todo, tengo la suerte o el privilegio de no depender de que suene el tel�fono, de tener la fidelidad de unas personas que me permiten hacer lo que quiero. Celebro eso cada d�a.
M.G. Yo tampoco me siento vieja, pero a veces tengo alg�n lapsus y se me olvidan los nombres de la gente. Para m� el teatro es estar viva tambi�n. Yo no tengo tu experiencia porque no me he dedicado a esto. Yo fui actriz cuando estaba en la universidad y ya. Lo dej� por la docencia, con la que he disfrutado much�simo, es mi vocaci�n absolutamente, pero me ha gustado much�simo el teatro y mira por d�nde llevo 25 a�os. Parece mentira que me jubil� como docente en el 2000. Tengo la sensaci�n de no haber dejado de trabajar nunca en lo que me gusta. Disfruto tanto que estoy con esta funci�n y tengo en mente la pr�xima.
J.S. Qu� curioso lo de la docencia, porque yo soy un in�til. Lo he intentado y me convencieron una vez, pero nunca m�s. Creo que el alumnado al que somet� a una experiencia siniestra no me va a perdonar en la vida. No he tenido ninguna capacidad ni paciencia y me inventaba una ortopedia moral para decir que tengo tanto que aprender que no puedo ense�ar. F�jate qu� gilipollez.
"Me importa mucho de d�nde y de qui�n vengo, pero no tengo esa cosa regresiva de andar mirando para atr�s, porque te das contra las farolas y al h�gado no le sienta nada bien"
Jos� Sacrist�n
P. Los dos textos abordan la cuesti�n de la memoria, personal o colectiva, la mirada al pasado. �Les interesa analizar ese pasado?
M.G. Yo personalmente no tengo la m�s m�nima nostalgia, soy muy del presente. Me leo el peri�dico, me enfado... No me gusta comentar la jugada, rumiar lo que he hecho. Yo vivo el presente, nada m�s.
J.S. Yo formo parte de un grupo al que Luis Garc�a Montero describi� como optimistas melanc�licos. Me importa mucho de d�nde y de qui�n vengo, eso me facilita la vida. Pero no tengo esa cosa regresiva de andar mirando para atr�s porque te das contra las farolas y al h�gado no le sienta nada bien. S� hay un punto de impulso que me lo da el cr�o que fui. De hecho, la raz�n fundamental para estar aqu� es lo que este oficio tiene de juego, m�s all� del compromiso o de la trascendencia. Lo elemental del juego del cr�o. La melancol�a me viene de esa sensaci�n de p�rdida, de esa necesidad permanente de seguir y de saber que te vas a morir rodeado de hijos de puta, de ladrones y de Donald Trump. Pero ah� est� el optimismo de salir cada d�a a librar la batalla con la mayor dignidad y la mayor alegr�a.
M.G. Me interesa eso del juego porque yo soy totalmente feliz desde que me jubil�, todo lo que he hecho me ha sido absolutamente satisfactorio. No tengo ninguna sensaci�n de angustia y quiz�s es porque me gusta jugar. A medida que hago funciones lo paso mejor y creo que eso es algo que no le pasa a todo el mundo en esta profesi�n. Hay gente que se aburre y mecaniza el trabajo.
J.S. No me hables, Mar�a. Aqu� debo decir una cosa. Yo debut� como meritorio en el Infanta Isabel en el 60 con mi amigo Alfredo Landa. Dos funciones diarias, siete d�as a la semana, y siempre pensamos que si todo a lo que pod�amos aspirar era a ser el primer actor menuda mierda de oficio hab�amos elegido, qui�n co�o quer�a eso. Pues hay mucha gente que hoy todav�a idealiza eso.
M.G. Eso era espantoso, era un horror, era esclavitud.
J.S. Yo he hecho diez funciones a la semana. Ahora trabajo de martes a domingo. Esa es para m� la medida del �xito: hacer una funci�n y no tener que correr. Cuando he hecho funciones de cuatro horas siento que he fracasado. Y lo digo claramente: el cine vino a salvarnos de esa esclavitud. Te trataban mucho mejor.

P. Hemos pasado por la memoria individual, vayamos a la colectiva. �Qu� importancia tiene conservarla y protegerla?
J.S. Es de una importancia capital, vital, sobre todo desde que han aparecido unos individuos y unos medios que son capaces de manipular y tergiversar nuestra historia. Eso nos obliga a defender nuestra memoria al nivel de militancia.
M.G. Estoy totalmente de acuerdo. No se sabe lo que no se recuerda y hay gente que utiliza la memoria tergivers�ndola para convencer a los que no lo han vivido de bulos como la copa de un pino.
J.S. Aunque esto no venga a cuento, me atrevo a decir que cuando se escriba la historia del mundo actual no va a decir nada bueno de ninguno de nosotros. Es esperp�ntico, es dif�cil encontrar inocentes en esta desfachatez de mundo. Claro que hay niveles de responsabilidad, unos son m�s responsables que otros. Pero no s� c�mo millones de americanos y americanas han decidido que este sujeto sea el que les gobierne. Y mientras tanto, Europa muda, mirando para otro lado. D�nde pu�etas estamos.
M.G. Yo ahora mismo estoy indignada con que un individuo diga que va a acabar con una civilizaci�n y no pase nada. Un t�o que no sabe ni qu� era el imperio persa, ni Ciro el Grande, ni su pu�etera madre. Y que toda Europa no haya dicho nada...
J.S. Es escalofriante el silencio c�mplice. Ya lo dec�a Albert Camus, la necedad es homicida. Va a ser muy dif�cil elevar el tono de dignidad moral para la humanidad en estos tiempos. Muy, muy dif�cil.
P. �Qu� papel debe jugar la cultura en ese mundo actual?
J.S. El papel de siempre. Y perd�n por la pedanter�a de volver a citar a Camus, hay quien hace la historia y hay quien la padece. Nosotros somos quienes la padecemos. Buenas medallas nos vamos a poner viendo el mundo. Se hace lo que se puede, pero se est� comprobando que no es suficiente. A�n as� vamos a insistir y a seguir aunque solo sea porque tenemos que pagar el recibo de la luz.
M.G. La mayor�a de estas barbaridades que estamos viviendo tienen la base en una incultura total. Estamos en manos del dinero, t�o. Y ante eso la cultura da igual. Los grandes depositarios de las riquezas materiales da igual que sean cultos. De hecho, es m�s al contrario, son unos aut�nticos adoquines.
J.S. No hace tanto tiempo de aquel 'viva la muerte' de don Miguel de Unamuno con el que se enfrent� a gente que ahora dice que no se estaba tan mal en aquella �poca. Creo que tanto a Mar�a como a m� nos gustar�a dejar testimonio de esto. Lo que pasa es que ahora hay toda una serie de avances tecnol�gicos manejados por unas formas de poder que no incluyen la cultura en sus articulados.
"Da igual que los grandes depositarios de las riquezas materiales sean cultos. De hecho, son unos aut�nticos adoquines"
Mar�a Galiana
P. �Por qu� perseveran en mantenerse activos en la cultura, en un momento que no lo necesitar�an, siendo esta la situaci�n?
J.S. Lo ha dicho Mar�a, porque esta es nuestra vida.
M.G. No hay m�s remedio que seguir; viendo lo que veo no voy a doblegarme ya para colmo.
J.S. Volvemos al optimismo melanc�lico, la alegr�a de decir 'os jod�is'. No me voy a acojonar ni me voy a poner triste por lo que nos rodea. Voy a hacer mi trabajo y voy a vivir mi vida.
M.G. El teatro ahora mismo es mi profesi�n y mi vida. Aunque yo la he adquirido tarde. A m� no me baja nadie de aqu� porque no me da la gana, la libertad de hacer lo que te gusta es fundamental.
J.S. Es verdad que para que ocurra tienen que venir unos cuantos y pagar su butaca. Pero hasta ahora lo estamos consiguiendo.
P. �Han pensado en el final?
J.S. Si no pens�ramos en el final a estas alturas, ser�amos unos idiotas, joder. Se sabe que esto se acaba ya. Ahora estar obsesivamente pendiente de eso, te paraliza. Yo cada d�a hago mi trabajo, vivo, oigo m�sica, veo mis pel�culas...
M.G. Tus pr�ximos planes puden ser a tres meses, a seis meses o a un a�o. No pienso en el futuro como cuando era jovencita.
J.S. Eso es lo que yo le digo a [Jes�s] Cimarro, que me tiene contratado todo el a�o 27. Que tenga cuidado, que solo hay que ver mi carn� de identidad e igual no llegamos. Es que c�mo no vas a pensar en la muerte. Nos vamos a morir, por supuesto, pero mientras podamos seguiremos jugando. Yo no voy a caer en lo pat�tico de pedir que me saquen al escenario con una silla de ruedas. No, no, no. Cuando esto no me divierta o deje de ser un juego, me quedar� en mi casa. Pero mientras pueda y haya unos cuantos dispuestos a sentarse ah� para vernos, vamos para adelante.
M.G. Hombre, puedes tener una enfermedad o perder la memoria. Quedar inhabilitado f�sica o intelectualmente, pero mientras podamos discernir, aprender un texto y andar aunque sea con bastones como yo, vamos a seguir para delante. A m� antes de la jubilaci�n me hab�a vuelto a picar el gusanillo siendo ya mayorcita, una cincuentona larga. Me ped�a excedencias sin sueldo, me pon�an un sustituto y yo pod�a permitirme el lujo de hacer funciones. Me met� en el mundillo, hac�a giras y, cuando me jubil�, me llamaron para hacer papeles peque�itos... Tuve la suerte de que me luc� en una pel�cula, me dieron un Goya, empez� a funcionar y me qued�.

P. Ambos han sido, en dos momentos muy distintos, actores tremendamente populares.
M.G. A m� eso no me interesa, no significa nada para m�.
J.S. La fama es peligrosa. Eso yo lo aprend� de Fernando Fern�n G�mez, del gran maestro. Es un peligro pat�tico. Yo pongo un ejemplo de cuando la gente me pregunta si puedo ir por la calle por la fama que tengo. Marlon Brando naci� en Omaha (Nebraska) y yo en Chinch�n. T� vas a Chinch�n, dices Marlon Brando y todo el mundo sabe qui�n es. Vas a Omaha, dices Pepe Sacrist�n y no tienen ni puta idea de qui�n soy. Que te aplaudan en M�stoles no es tener fama, no seas imb�cil y no te creas que eres nadie. Qu� fama ni qu� pu�etas, la mayor medida del �xito es la continuidad en el trabajo. Yo estoy encantado de que me den un monigote, lo recojo encantado, de verdad. Pero cuidado con eso, que es una f�brica de juguetes rotos y en cuanto te descuidas eres el tonto que se cree m�s de lo que es. Lo que importa es esa cosa concentrada del juego, la complicidad y esa religiosidad atea de la comuni�n con el espectador.
M.G. Con los premios pasa muchas veces como con los regalos, que la gente los compra sin pensar en qui�n lo va a recibir. Es que se dan premios como rosquillas. Lo que importa no es eso, es conseguir una ley de cine o una ayuda al teatro... Esto no es una competici�n.
J.S. Hay un ejemplo, Mar�a, que es el Premio Nobel de la Paz. El �ltimo se lo dieron a una se�ora que va y se lo da a Donald Trump. Estar�n los suecos d�ndose de hostias entre ellos para saber a qui�n se le ocurri�. Toma premios. Es una imagen que da verg�enza y bochorno.
M.G. �Qu� verg�enza! �Qu� cosa!
J.S. Y todav�a hay gente que est� aplaudiendo todo esto. F�jate, Mar�a, celebro ser viejo, qu� pereza tener que enfrentar este futuro, tener que seguir peleando. Porque esta gente se reproduce, no van a desaparecer y vosotros vais a tener que luchar a brazo partido. En fin, creo que esto no formaba parte del programa previsto.
P. No hab�a mucho programa preparado, pero creo que se nos acaba el tiempo y nos van a echar. Vamos a la �ltima. Son casi 70 a�os los suyos de profesi�n, Pepe, y 40 los de Mar�a. �Qu� les ha aportado ser actores para su vida personal?
J.S. Para m� es definitivo, no entiendo la vida sin ser actor. Hay una vocaci�n desde cr�o, yo la sent�a cuando no sab�a que los indios eran indios y no se mor�an de verdad. Siempre he querido ser Rob�n de los Bosques, D'Artagnan, Tyrone Power, Errol Flynn... He hecho pel�culas, tele y teatro, y no hubiera entendido la vida fuera de mi condici�n. Bueno, tengo una vocaci�n frustrada que es director de orquesta, pero ya no llego.
M.G. A m� me ha llenado totalmente cualquier vac�o. Cuando llevas ya mucho tiempo lidiando con el alumnado, con los cambios de ley, con los ministros que hemos tenido... llega un momento que la vocaci�n est� en crisis. Y de los padres de los alumnos, por supuesto. Esto ha venido a llenarme por completo, no echo nada de menos mi aula. Es una alegr�a tener esto todos los d�as, hacer lo que te gusta tanto y sentirte completamente llena. Adem�s, he sido siempre muy admiradora de Pepe Sacrist�n y recuerdo que en una de las primeras funciones que hice de La asamblea de las mujeres me trajeron su bata elegant�sima de Un hombre llamado Flor de Oto�o. Y me gustar�a dedicarle esa funci�n a Pepe.
J.S. Hay otro detalle que no querr�a irme sin comentar. Yo conservo los �lbumes de cromos, de astros y estrellas de la pantalla de cuando ten�a ocho o nueve a�os. De vez en cuando miro eso y los programas que daban anunciando la pel�cula del d�a siguiente. Los voy comprando de segunda mano por internet. Un d�a yo fui cromo, mis hijos cambiaban un Sacrist�n por un no s� qu�.
M.G. Eso es fant�stico. Sigue.
J.S. El d�a que fui cromo no me lo pod�a creer. Por supuesto, tengo ese �lbum y recuerdo que me pegu� con sint�tico. Vend�an un sobre a una peseta y ven�an diez cromos. Eran una cosa min�scula, como un sello de correos, pero ah� estaba.
M.G. Pepe, �t� conociste a los primeros americanos del oeste aquellos que se llamaban Bob y Maynard? Son los primeros actores que yo conoc�, podr�a tener yo cinco a�os, ser�a hacia el a�o 40.
J.S. Calla, calla. A�o 43. Mi padre sale de la c�rcel, lo destierran del pueblo y nos vamos a una habitaci�n con derecho a cocina en un piso con tres familias en General Ora�, 40. All� dorm�amos tres familias en un solo piso. En el quinto viv�a Fernando Santa Mar�a Lozano, que me prestaba libros, y se hac�a llamar Bob por Bob Steele. En el 42 de esa calle viv�a Tom�s, que se hac�a llamar Ken Maynard. Cuando se cruzaban uno dec�a: 'Hola, Ken'. Y el otro: 'Hola, Bob'. Esas eran pel�culas del Oeste de serie B, C y H.
Acabado el encuentro, a�n hay tiempo para fijar un par de citas. La primera se producir� en el camerino del Teatro Bellas Artes, el d�a que Mar�a Galiana ya tiene comprada su entrada para ver la funci�n de Jos� Sacrist�n. �l ha prometido que ese d�a llevar� el �lbum de cromos y cuando se baje el tel�n volver�n a reunirse en el camerino para revisar las estampas de Amparo Rivelles, Susana Estrada, Juan Rib�, James Caan, Steve McQueen, Teresa Rabal, Miguel Bos� y, claro, el propio Jos� Sacrist�n. La segunda ser� una cena para que esta conversaci�n no se acabe donde se est� acabando. Que es aqu� y ahora.
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