




























¿Qué tienen en común un marido infiel francés, un mujeriego empedernido estaodunidense, un maltratador español y un exrockero macedonio incapaz de asumir que el mundo ya no gira a su alrededor? Mucho más de lo que parece. Eso al menos defiende la escritora macedonia Rumena Buzarovska (Skopje, 1981), quien lleva años escribiendo sobre hombres distintos que, en el fondo, responden al mismo patrón de masculinidad herida, narcisista, brutal y profundamente moldeada por el patriarcado en los salvajes, ácidos y punzantes cuentos de libros como No voy a ninguna parte o Mi marido.
Especialmente los relatos de esta última colección, convertidos en fenómeno internacional y adaptados al teatro en numerosos países, encontraron gran eco entre los lectores porque hablaban desde Macedonia de algo que ocurre también en Madrid, Berlín, Buenos Aires o Chicago. "El patriarcado es universal, algo que atraviesa todas las culturas, ideologías, contextos y clases sociales. Por todo el mundo vemos lo mismo, un sistema que teme y oprime el placer y la libertad de las mujeres», sostiene la escritora, profesora de literatura estadounidense en la Universidad San Cirilo y San Metodio de Skopje y colaboradora habitual en prensa con artículos y ensayos de marcado compromiso social y feminista, así como codirectora de Peach Preach, un proyecto feminista de narración oral que reúne mujeres para compartir historias de vida.
Durante más de una década, Buzarovska convivió con Toni, un hombre atrapado en la nostalgia de sí mismo, convencido de haber sido alguien importante, incapaz de entender el mundo que lo rodea y todavía menos a las mujeres que lo habitan. "El personaje apareció primero como una intuición incómoda, casi como una presencia desagradable que insistía en quedarse", explica. La escritora macedonia empezó a imaginarlo hace más de diez años, pero no encontró la forma de escribirlo hasta 2020, durante aquellos meses suspendidos de pandemia en los que el encierro volvió más visibles ciertas formas de frustración masculina, de fragilidad narcisista y de resentimiento social que ya estaban ahí. Cuando finalmente se sentó a escribir, supo enseguida que estaba entrando en terreno peligroso.
"Intentaba explorar los límites de la literatura y de la narración en sí. Sabía que estaba creando un personaje profundamente desagradable y me preocupaba mucho si sería capaz de lograr que el lector permaneciera con él", comparte. "Pero también me gusta lo provocador. Siempre he intentado ser provocadora en mis escritos y me gusta la literatura incisiva, molesta, la comedia que tras la carcajada deja un poso amargo. En el arte hay que explorar y asumir riesgos", sentencia.
El resultado de este tour de force es Toni (Impedimenta), una novela incómoda, afilada y sorprendentemente divertida sobre un exmúsico de mediana edad que atraviesa un choque vital, el derrumbe de un matrimonio agotado y la lenta demolición de la imagen idealizada que tiene de sí mismo. Es decir, una disección caústica y minuciosa de la vanidad masculina que supone un ligero desplazamiento dentro de la obra de Buzarovska. Por primera vez, la autora abandona la estructura breve y fragmentaria del cuento para instalarse de forma sostenida en esa conciencia masculina que llevaba años orbitando alrededor de sus relatos, casi siempre protagonizados por mujeres.
Buzarovska acompaña al personaje sin concesiones y sin redimirlo nunca, y ahí reside precisamente una de las mayores audacias del libro, pues si bien Toni pertenece a esa tradición del antihéroe masculino en crisis, la escritora desmonta una por una todas las convenciones que suelen sostener ese tipo de relatos. No hay aprendizaje moral, ni iluminación final, ni expiación posible. Sólo queda la desnudez de un hombre que jamás aprendió a verse realmente. "Para mí era muy importante evitar cualquier forma de redención", reclaca. "En muchas novelas se espera algún tipo de transformación o revelación del protagonista, pero en la comedia las expectativas pueden romperse. Además, por razones ideológicas, yo no quería redimir a este tipo de personaje. Habría sido muy problemático. Mi interés no era absolverlo, sino comprender qué ocurre alrededor de él y cómo cambia la percepción del lector mientras avanza la historia».
La pluma de Buzarovska lleva años observando esa clase de hombres. Como decíamos sus relatos, atravesados por el humor negro, las relaciones de pareja y las violencias cotidianas del patriarcado, encontraron un eco inmediato porque hablaban de algo reconocible y universal incluso desde un contexto profundamente local. Ella misma insiste en esa idea. "Todo escritor debería escribir sobre lo local para alcanzar lo universal", defiende. "Toni es una historia muy yugoslava y muy balcánica, es cierto, pero el patriarcado es universal. Hay Tonis en todas partes. Quizás en España vestiría distinto, comería otras cosas o hablaría de otra manera, pero el comportamiento es siempre el mismo», insiste.
"Es muy significativo que la comedia nunca estuvo permitida en regímenes autoritarios o dictatoriales. Basta ver lo que pasa en Estados Unidos"
Y precisamente en esa inquietante familiaridad reside otra clave de la novela. Toni no es un monstruo extraordinario, un villano espectacular ni un gran tirano doméstico, sino algo mucho más reconocible y, por tanto, más perturbador. Un hombre educado para sentirse permanentemente herido por el mundo y que convierte su fragilidad en excusa moral para sus fracasos y sus desmanes.
"Creo que la sociedad permite que personas como Toni sean así. Incluso más que permitirlo, les enseña a ser así", reflexiona la escritora. "Por mucho que nos hayan enseñado a pensar así, estos hombres no nacen de esa manera, sino que el patriarcado que infecta el sistema familiar y cada aspecto de la sociedad los crían para ignorar completamente lo que sucede a su alrededor y concentrarse solo en sí mismos y en su ego herido. Son narcisistas, pero con ese componente de machismo que ni siquiera cuestionan porque está integrado de forma natural".
Quizá por eso la novela resulta tan claustrofóbica. Todo está filtrado por la conciencia deformante de Toni y el lector vive atrapado dentro de una mente que interpreta la realidad únicamente desde la autocompasión y el resentimiento. Buzarovska sabía que sostener esa perspectiva implicaba un desafío técnico enorme. "La primera persona habría sido todavía más claustrofóbica y, además, habría generado más empatía", explica. "Yo necesitaba cierta distancia irónica. Por eso elegí la tercera persona, aunque muy pegada a la mente de Toni. Eso me daba más margen para mostrar sus contradicciones y para introducir humor».
Porque, aunque Toni sea una novela feroz, también es -rasgo clave de la literatura de la macedonia-, una novela muy divertida, hilarante y sarcástica. Ese humor negro chispeante explica también el alcance popular de sus libros. Y es que la escritora, autora de un ensayo titulado Sobre lo gracioso, entiende el humor no como un alivio superficial, sino como una forma de desmontar discursos y exponer contradicciones, como un bisturí moral que sigue siendo en el presente una de las herramientas más peligrosas y eficaces contra cualquier forma de poder.
"La comedia es básicamente decir la verdad, llegar a lugares donde otras formas de expresión no pueden", sostiene. "Y es muy significativo pensar cómo la comedia nunca estuvo permitida en regímenes autoritarios, represivos o dictatoriales. Basta ver lo que está ocurriendo ahora mismo en Estados Unidos. Una de las guerras culturales más fuertes se libra contra la comedia, contra los humoristas televisivos, porque el humor tiene la capacidad de señalar lo ridículo del poder y eso siempre es peligroso para éste", razona.

Rumena Buzarovska en una calle de Skopje.LILIKA STREZOSKA
Aunque enseguida introduce un matiz importante, el riesgo de confiar demasiado en él. "El humor producir una falsa sensación de victoria política. Es decir, el hecho de que hoy en día uno pueda reírse de Trump y Netanyahu, o del machismo, puede hacernos sentir que ya se ha hecho algo, pero no, los cambios se hacen de otra manera. Así que la comedia no produce el cambio por sí sola, pero sí puede ser una herramienta muy poderosa».
Ese equilibrio entre diversión e incomodidad atraviesa toda su obra. Sus personajes femeninos, lejos de aparecer como heroínas perfectas, suelen ser mujeres que han desarrollado una mirada crítica sobre el mundo que habitan y sobre las estructuras que las asfixian. Buzarovska rechaza cualquier idea simplista de la literatura como redención moral automática, aunque tampoco renuncia al potencial transformador de las historias. "La literatura es una herramienta de autocrítica y autorreflexión", dice. "También puede ser una vía de escape o una forma de entender la realidad. No creo que tenga poderes mágicos para cambiar la sociedad, pero sí creo que las historias son la manera en que intentamos comprender el mundo. Algunas personas entenderán lo que leen y otras no, pero eso ya es una semilla de cambio".
"Detesto a los escritores que usan el arte como excusa para no hablar qué pasa en el mundo. La literatura es política"
En ese sentido, toda su escritura parte de una convicción profundamente política. Lo íntimo nunca está separado de lo social. Las relaciones de pareja, los silencios domésticos, los pequeños gestos cotidianos o las humillaciones aparentemente insignificantes forman parte de un sistema mucho más amplio. "No creo en esa idea de que existe un espacio puro para el arte separado de la política", afirma con rotundidad. "Detesto a los escritores que dicen que todo está solo en su imaginación y que lo personal no es político. Claro que lo es. Creo que muchas veces esa postura sólo sirve para evitar responsabilidades y no hablar de lo que realmente sucede en el mundo".
La conversación deriva inevitablemente hacia el presente político europeo y hacia la reacción conservadora que atraviesa buena parte de Occidente. En Toni, el pasado glorioso del protagonista como músico funciona casi como una coartada emocional. Una nostalgia convertida en refugio ideológico. "Me interesaba mucho la nostalgia como forma de irresponsabilidad", reconoce. "Existe esta idea de que antes todo era mejor y normalmente está ligada a personas que tenían muchos privilegios. Es una nostalgia por una época sin rendición de cuentas. Cuando las mujeres tenían menos derechos, cuando ciertos grupos no podían hablar o defenderse. Creo que eso es universal. Lo ves en Estados Unidos, en Europa, en todas partes".
La escritora observa el auge de los discursos reaccionarios como una respuesta violenta a décadas de avance social. Pero se niega a contemplarlo desde el derrotismo. "Si la situación de las mujeres no hubiera cambiado, yo no podría hacer nada de lo que hago hoy. No podría escribir, publicar ni tener lectores", señala. "Claro que ahora hay una reacción muy fuerte, pero precisamente existe porque ha habido progreso. Y no creo que ese progreso sea reversible. No hay marcha atrás, la sociedad nunca volverá a una era de privilegio patriarcal".
"El patriarcado, ese sistema que teme y oprime el placer y la libertad de las mujeres, es algo universal"
Hay algo particularmente lúcido en la manera en que Buzarovska habla de la masculinidad contemporánea. No lo hace desde la demonización simplista, sino desde la observación de un sistema que también destruye a los hombres incapaces de adaptarse a un mundo distinto. Toni es, en el fondo, un hombre agotado por su propia idea de masculinidad, un dinosaurio emocional, alguien educado para ocupar el centro de todo y que vive cualquier pérdida de privilegios como una agresión personal. "Estas figuras son básicamente dinosaurios en sus últimos momentos", dice con una mezcla de ironía y cansancio. "Son hombres que sienten nostalgia de un tiempo en el que podían hacer lo que quisieran sin consecuencias".
Su literatura nace precisamente de la observación minuciosa de esos comportamientos. Buzarovska posee una capacidad casi quirúrgica para capturar detalles domésticos, gestos aparentemente triviales, maneras de hablar o pequeñas dinámicas de poder que terminan revelando estructuras enteras. "Veo el mundo como un conjunto de detalles", cuenta. "Antes de escribir paso mucho tiempo observando y procesando todo eso. Cómo habla la gente, cómo huelen los lugares, el ambiente de una habitación. A veces es una bendición y a veces una maldición, porque mi cerebro se sobrecarga con todos esos detalles".
En un momento en que buena parte de la literatura contemporánea parece girar obsesivamente hacia la autobiografía, Buzarovska reivindica la ficción como una herramienta indispensable para alcanzar ciertas verdades. "No puedes simplemente coger una historia real y ponerla sobre el papel", afirma. "La literatura es un oficio. Necesitas construir, inventar, combinar cosas distintas, crear una estructura. Hay técnicas narrativas, hay artificio. La realidad por sí sola no basta".
"Los miles de Tonis del mundo no se reconcerán en el mío porque ni siquiera leen, ni este libro ni otros"
Esa defensa de la ficción resulta especialmente significativa en una autora cuya obra transmite una sensación constante de verdad emocional. Sus personajes parecen existir más allá de la página precisamente porque están construidos desde la observación y no desde la confesión. Tal vez por eso sus lectores reconocen tan fácilmente a los hombres de sus libros. O se reconocen en ellos. "La mayoría de los lectores son mujeres", comenta entre risas. "Y los verdaderos Tonis probablemente no se reconcerán en el mío porque ni siquiera leen, ni este libro ni otros. Pero los hombres que sí lo lean seguramente pensarán en alguien que conocen o incluso en partes de sí mismos, y eso es algo positivo".
Después de años escribiendo sobre estas dinámicas, Buzarovska siente que quizá ha llegado el momento de desplazarse hacia otros territorios. Traducir ahora Toni al inglés le ha obligado a regresar una y otra vez a la mente de ese personaje agotador. "Ha sido muy duro volver ahí", admite. "Creo que ya terminé con este tipo de hombre tóxico. Estoy lista para pasar a otra cosa, aunque siga interesándome el mismo tipo de temas desde otros ángulos".
Pero mientras habla todavía se percibe cierta fascinación hacia ese mecanismo narrativo que convirtió a Toni en uno de los personajes más incómodos y memorables de la ficción europea reciente. Un hombre ridículo, triste y profundamente reconocible que avanza por la novela convencido de que el mundo le debe algo. Quizá ahí resida la verdadera fuerza de Rumena Buzarovska, en su capacidad para observar sin sentimentalismo a una generación de hombres que nunca aprendió a mirarse y que ahora contempla, entre el desconcierto y la furia, cómo el mundo empieza lentamente a dejar de girar a su alrededor.

Traducción de Krasimir Tasev. Impedimenta. 256 páginas. 23,95 ¤
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