























Si no conoce a Billy Childish, este es su día de suerte: el descubrimiento de este outsider solo apto para bigotes refinados podría insuflarle fuerzas para rebelarse y dejar de ser un peón del capitalismo. Músico, artista, escritor en los márgenes. Durante décadas se ha fraguado un culto hacia su figura y sus múltiples derivas pero, ¿quién demonios es Billy Childish? Para poner orden en el asunto, la editorial Liburuak ha lanzado el estupendo libro Para calmar mi atormentada mente. La historia autorizada no autorizada de Billy Childish, firmado por el periodista musical Ted Kessler, una biografía que funciona como un ensamblaje compuesto por distintas voces de su entorno: familia, amigos, colaboradores.
Entre todos tejen un relato con sus inevitables grietas. «Está autorizada porque Billy me dio permiso para escribirla y me permitió acceder a todo. Pero no es autorizada porque nunca la leerá y, por tanto, no la ha revisado», alega Kessler. Por su parte, el propio Childish lo tiene claro: «Inevitablemente no iba a estar de acuerdo con todo lo que se dijese ahí. Creo que esa contradicción hace al libro mejor». Olvídese del habitual artefacto creado ad hoc para fetichizar el ego de un artista. Al contrario, su esencia radica en la libertad de las versiones alternativas que configuran la narración, una analogía de cómo Billy Childish entiende el arte desde la autonomía más absoluta.
Empecemos por el principio. Hablamos de un chico de Chatham, una localidad inglesa perteneciente al condado de Kent, que creció en un hogar arrasado por un padre alcohólico cuyo comportamiento errático percutiría inevitablemente en su propio desarrollo. Desde muy joven encontró en la expresión artística una vía divergente. Escarbando en las raíces del rock and roll primitivo de los 50 y del rhythm and blues británico de los primeros 60, Childish descubrió la pulsión de placer que sació su instinto juvenil. «Mientras mis amigos acudían a conciertos de David Bowie, yo iba a ver a Carl Perkins», rememora. Su alma no se dejó seducir por las máscaras, algo artificiales, del glam.
También le interesaba el punk, aunque lo desechó rápido cuando intuyó que aquel era un material sensible a la fórmula repetitiva, no sin antes, eso sí, extraer la emancipadora didáctica de la clase obrera: el Do It Yourself. «Me gustaba mucho el primer disco de The Clash, también el primero de The Damned. Pero a finales del 77 estas bandas ya me interesaban menos porque el punk estaba convirtiéndose en otra cosa. Eso sí, nos tomamos muy en serio la consigna del hazlo tú mismo», cuenta por videollamada desde su casa. La idea de que cualquiera pudiese crear sin tener que pedir permiso era una performance radical.
En ese contexto, Billy Childish sobrevivió en un trabajo alienante como cantero (su único empleo, entiéndase, serio) en el astillero de Chatham. Pero un día cesó su actividad, salió al exterior, pensó en su no future mientras levantaba un mazo y lo estampó sobre su mano. Fin de la historia. Un acto verdaderamente punk que perpetró en un arranque impulsivo, imantado de un simbolismo inconsciente que le mostraba ya un marco esperanzador. Se abría ante él entonces la hermosa (y real) posibilidad de construir al fin un mundo propio.
Con una sospecha juvenil -alimentada por el angst-, Childish creía que no viviría más allá de los 21 años y que el mundo moderno no venía precisamente con el entusiasmo debajo del brazo. Era un chaval tímido que se escondía detrás de una forma de vestir, digamos, peculiar. Lucía ropa anacrónica de segunda mano que le confería un aspecto anacrónico, diferente al que desfilaba por la Inglaterra nublada de entonces. «Nunca seguí la moda y llevaba ropa antigua que nadie más usaba», analiza más de 40 años después. «Alguien se dio cuenta de lo que me gustaba y me preguntó si quería cantar en su grupo».
A partir de ahí comenzó una actividad musical frenética que llega hasta nuestros días: más de 150 discos entre proyectos como The Pop Rivets,The Milkshakes, The Mighty Caesars o Thee Headcoats, además de innumerables colaboraciones, escisiones y aventuras paralelas. Solo entre 1982 y 1984 grabó 57 álbumes. Aceleracionismo, sí, pero sin capital ni estrategia.
Los códigos estilísticos de Billy Childish, en cambio, siempre se han desplazado dentro del mismo campo semántico: beat, garage rock, blues elemental y cualquier sonido deliberadamente áspero; grabaciones lo-fi realizadas con recursos técnicos limitados en las que predominan la inmediatez y los riffs repetitivos, con reminiscencias del pasado pero sin caer en una nostalgia edulcorada. «Nunca me gustaron demasiado las escenas musicales. Ni el revival punk, ni el revival rockabilly ni ninguna forma de nostalgia organizada», asegura.
Para él, las canciones están ahí, volando, como un material accesible para cualquiera dispuesto a arrancarlas del aire, pero lo que define su valor no es tanto la composición como el sonido -crudo, directo- y la emocionalidad que el intérprete descarga sobre ellas. Lo más interesante de este músico inglés es, precisamente, que nunca ha encajado en ninguna escena, sino que ha conseguido crear su propia línea del tiempo al margen de las tendencias: «Entro en el estudio, enseño la canción a la banda, la grabamos y sigo adelante». Para él, un sintetizador es algo así como un alienígena verde.
"Siempre digo: si quieres un cuadro, pinta uno. Si no te gusta la música que escuchas, haz tu propia música. Así empecé yo"
Últimamente, Childish ha metido la mano también en el cajón del folk americano y se dedica a versionar de forma compulsiva a Bob Dylan, apropiándose de un repertorio que le ha llevado a producir una docena de álbumes que suenan exclusivamente a 1967. «Empecé accidentalmente a escuchar mucho a Bob Dylan hace unos años y terminé grabando canciones suyas. Todo lo que hago funciona así: veo algo y pienso que también puedo hacerlo», explica.
Como resulta imposible resumir una carrera tan mastodóntica, quien quiera adentrarse en las joyas británicas de su corona puede empezar por My First Billy Childish Album, un compendio de canciones procedentes de distintas formaciones, propias y anexas, que incluye temas como Troubled Mind (inspirador del título del libro) o Davy Crockett, probablemente lo más parecido a un hit dentro de su prolífico universo. Porque Childish también actuó como catalizador, alentando a parejas, exparejas y compañeras de vida a formar sus propios grupos y a desarrollar una escena paralela de la que surgirían proyectos como The Delmonas o Thee Headcoatees. «Siempre digo: si quieres un cuadro, pinta uno. Si no te gusta la música que escuchas, haz tu propia música. Nosotros empezamos a tocar, precisamente, porque no nos gustaba lo que había», afirma.
En ese mismo ecosistema surge Holly Golightly, cantante de Thee Headcoatees, que tras desligarse del entorno de Childish inició una carrera en solitario con algún destello comercial en Estados Unidos. Su música, evocadora y melancólica, recorre un espectro sónico más pulido, oscilante entre el folk y las raíces country. Jim Jarmusch la incluyó en la banda sonora de Broken Flowers, donde interpretó There's an End, una balada de aire vintage acompañada por The Greenhornes. En ese punto, la huella de Childish aparece de forma más difusa, suspendida todavía en el imaginario del indie americano.
Pero volviendo a la creación, la pintura ha sido un acompañamiento constante en la vida de Billy Childish, una de las fuerzas de las que extrae y arroja su impulso artístico. «Para mí, el acto creativo es un estado natural del ser humano, algo que normalmente la educación acaba destruyendo», revela. La idea de que la creatividad desobediente de Billy se integrase como parte del establishment sonaba a melodía chirriante: «Cuando entré en la escuela de arte imaginaba que iba a encontrarme un mundo de personas apasionadas, como Van Gogh en Arlés. Pensaba que habría gente que realmente creyese en lo que hacía. Pero no era así».
Su planteamiento radical, alérgico a las modas conceptuales posmodernas, no iba a ponérselo fácil. Sus procesos creativos nada tienen que ver con la frialdad intelectual del momento, sino más bien con la pasión surgida en la búsqueda de la esencia de las cosas. «Nunca he tenido una crisis creativa en el sentido habitual. O quizá toda mi vida es una crisis creativa continua», analiza. Su obra pictórica resuena a ciertas vanguardias de principios del siglo XX, dentro de un expresionismo figurativo de corte antiacadémico: escenas más o menos costumbristas, retratos, paisajes. «Cuando pinto busco que lo que creo se parezca más a sí mismo que a su referente», dice. Childish mira el mundo a través de unos ojos toscos que no buscan la perfección ni una armonía discutida a conveniencia, sino que lo devuelven a un estado primigenio. Y para ello recurre, si es necesario, a algunos de sus amigos a los que más adora: Vincent (el del pelo rojo), Edvard Munch o escritores como John Fante, Charles Bukowski o Fiódor Dostoyevski.
"Cuando el ego se vuelve completamente dominante, como sucede en nuestra sociedad y en el negocio de la música, todo empieza a resultar demasiado agotador"
Al igual que sus literatos de referencia, él también plantea una escritura visceral en la que los materiales subyacentes son el rechazo, sus problemas con el alcoholismo y sus intensísimos traumas familiares, incluidos los abusos sexuales a los que lo sometió un amigo de la familia y cuyas consecuencias ha arrastrado desde que era niño y ha expuesto de forma repetida no solo en las letras de sus canciones sino en muchos de sus poemarios y en dos de sus libros más representativos y descarnados: My fault (1996), y Notebooks of a Naked Youth (1997), ejercicios de autoexploración en los que el artista purga su veneno metiéndose los dedos hasta desollarse. En la portada del último contemplamos a un Billy magullado cuya mirada desafiante recuerda en actitud al Jean Genet de Diario de un ladrón. Su biógrafo, Ted Kessler, explica: «Billy suele contar las mismas historias traumáticas de su vida -el abuso, el día que golpeó a su padre- o cualquier otro episodio muchas veces en sus canciones, sus poemas o sus memorias. Las reformula una y otra vez para ir acercándose a la verdad de lo ocurrido o a la verdad de su recuerdo mediante ese testimonio repetido. Además, muchas personas que conocen sus pinturas o su música probablemente desconocen muchos de esos sucesos escabrosos. Sin embargo, son fundamentales para comprender tanto su obra como su personalidad».
Resulta difícil, precisamente, que una personalidad como la suya pudiera desarrollarse en otro lugar que no fuese el underground, terreno que le ha permitido acotar sus distintos proyectos, tremendamente alejados de las marcas estandarizadas de la industria. «Cuando el ego se vuelve completamente dominante, como sucede en la sociedad y en el negocio de la música, todo empieza a resultar agotador. Lo que me interesa es el sonido y tocar con amigos. No me interesan en absoluto ni la fama ni construir una carrera», resume él. Y con esa filosofía lleva más de 30 años publicando música con un sello independiente llamado Damaged Goods y sus escritos a través de pequeñas editoriales que incluso confeccionan ediciones especiales con alguna delicadeza gráfica del artista. «Por eso nunca podría firmar con una gran discográfica o aceptar ciertos contratos editoriales. Todos esos acuerdos tienen un elemento de control. Y si ese control no es coherente, me resulta insoportable. Lo que disfruto realmente es hacer las cosas, no poseerlas ni administrarlas después».
Sin embargo, la influencia de Childish ha terminado alcanzando lugares mainstream inesperados, y la etiqueta de artista de culto siempre ha funcionado de fábula como alimento espiritual para otros artistas apocalípticos pero integrados, encargados de reverenciarle desde plataformas con más audiencia, como Kurt Cobain, Jack White (con quien acabó escaldado como un huevo pocho), Eddie Vedder (sí, el cantante de Pearl Jam) o Nick Cave. Cuenta una de esas leyendas bigger than life que orbitan a su alrededor que Cave regaló a su entonces compañera Kylie Minogue, con quien acababa de grabar un dueto, un ejemplar del poemario de Childish, Poems to Break the Harts of Impossible Princesses, que acabaría inspirando el nombre de uno de los discos de la cantante. Que no falte un buen chismorreo.
Y luego, claro, está el otro chismorreo. Porque Billy también es conocido por el intenso noviazgo que mantuvo durante varios años con la artista plástica Tracey Emin, hoy una figura de prestigio. Ambos se movían en la misma escena artística local y el libro dedica todo un capítulo a la intrahistoria de una relación fascinante y a cómo sus respectivas artes se canibalizaron casi al mismo nivel en que ellos mismos se devoraron entre sí. Las series fotográficas que captaron a la entonces joven pareja poseen una belleza inusitada y desprenden un magnetismo carnívoro entre los amantes. «Billy tenía una personalidad realmente desbordante, muy directa y formidable. Sabía lo que quería. En ese sentido, ejerció una muy buena influencia sobre mí», rememoraría ella años después de romper.
"Nunca podría firmar con una gran discográfica o con una editorial. Esos acuerdos tienen un elemento de control incoherente que me resulta insoportable"
Es, precisamente, en este escenario del arte donde surge la paradoja, porque Childish representó siempre una posición de rechazo frontal hacia muchas de las dinámicas dominantes de la élite. Sin embargo, con el tiempo su obra comenzó a ganar más atención gracias a la intervención de figuras de prestigio como el galerista Carl Freedman, que contribuyó a dar mayor visibilidad a su obra y le permitió entrar en un circuito más exclusivo y, por extensión, a que el valor económico de sus piezas se moviera en unas coordenadas más amplias. «Por suerte para los artistas existe el fetichismo del arte, porque si no, muchos no podríamos vivir de ello. Pero no me interesa ese mundo de millonarios rusos comprando cuadros para presumir. Mis obras son caras para mí mismo, pero en términos del mercado del arte continúan siendo relativamente baratas. Mi galería mantiene los precios suficientemente bajos para evitar que no se conviertan en objetos especulativos».
Lo descrito se adapta perfectamente a lo que el sociólogo Pierre Bourdieu denomina heterodoxo radical, figura que Billy encarna por su falta de apego al sistema. Tras décadas forjándose un aura de icono marginal, el mercado, que tiende a absorber aquello que en principio se le resiste, asimila de algún modo esta postura disidente como una fuente de autenticidad, derivada de la oposición radical constante.
A Billy Childish todo eso no le interesa, sigue a lo suyo. Se corta afanosamente las uñas (de los pies) mientras atiende esta entrevista, sigue trabajando en su estudio, al que acude con puntualidad para pintar cada lunes, graba discos casi improvisados con varios grupos en su casa, ofrece pequeños conciertos en algunas salas (tocará el próximo mes de octubre en el Funtastic Drácula Carnival de Benidorm), se dedica a escribir su última novela y disfruta de su tiempo con Julie, su mujer, que aparecerá en pantalla en un momento de la conversación. Lleva una vida ordenada. «Lo importante para mí es mi familia», asume él. «Llevo 25 años casado con Julie. Las relaciones sirven para intentar entender quién eres y convertirte en alguien mejor. Practico terapia conductual, hago ejercicio, me cuido, ayuno y trato de llevar una vida sana». Medita y respira hondo.
Ted Kessler lo resume con precisión: «No ha cambiado nada. Sigue siendo un viejo perro generoso, hilarante, espiritual, atractivo, sabio y elegante. Un genio creativo que solo será plenamente reconocido después de su muerte». Añade Billy: «Venir al mundo sirve para aprender, para intentar ser honesto, jugar las cartas lo mejor posible y hacer el menor daño. Para mí, todo gira alrededor de la verdad de las cosas». Y en la fe de esa verdad que resplandece, nosotros también creemos.
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