


























Actualizado
Ya cont� mis conflictos con la m�sica en directo y las pinchadas, que en principio me encantan y me acabo yendo enfadada con lo mal que se porta el p�blico pero, ingenua de m�, cre�a que en los concierto de cl�sica la gente iba a ser de otra manera. Esta temporada he ido a varios llena de ilusi�n infantil para comprobar que no era tan distinto. Esperaba presenciar una actividad sagrada y disfrutar por primera vez en d�cadas de una audiencia calladita. No puedo m�s con estas rencillas. Encontrarme suplicando silencio en pleno ciclo de m�sica antigua me cogi� por sorpresa. Pero empecemos por las toses.
�Qu� es esa condena, la de la tos? �De verdad el 60% de los asistentes es incapaz de dejar de toser durante una hora y media? �Me falta empat�a? �C�mo de quisquillosa soy? �Soy yo acaso el problema? No suena tan descabellado porque a casi nadie parece importarle tanto. Piedad para las toses, me dije all� sentadita, pero un poco m�s hondo me resonaba una pregunta retorcida en torno a la falta total de voluntad de aquellos seres humanos.
Una pregunta propia de una p�gina encrespada de Dostoyevski, de una mara�a concebida por la m�s espesa de las Bront�. Cu�ntos de ellos, me preguntaba en el pozo oscuro que conecta la garganta con el est�mago, lo hacen queriendo porque son incapaces de mantener su expresividad apagada durante este rato. �Es mi forma de recibir la m�sica excesivamente est�tica y dependiente de las condiciones ambientales? El m�s m�nimo crujir de un asiento me pone alerta y salgo con contracturas de no mover ni un pelo desde que empieza hasta que acaba. No es necesario comportarse como la piedra frente a un concierto, pero quiz�, s�lo quiz�, sea necesario desenvolver todos esos caramelitos de forma un poco m�s eficiente.
Las toses, los caramelitos, vamos subiendo de nivel. Pasemos ahora al �nico grado realmente grave, el de los comentaristas. A mi alrededor todo el mundo se dec�a lo que estaba pasando, como si el silencio lo anulara, como si compartirlo lo hiciera verdadero y tangible, como albergando un terror al olvido inmediato, como si no pudieran comentar lo mismo e intercambiar las percepciones luego en la calle, en la casa, en el bar. Algunas personas ni siquiera susurraban. Llam� al orden con un gesto. La institutriz del concierto una vez m�s, indignada y aburrida de mi propio papel. C�mo desear�a una audiencia p�trea como doscientos menhires colocados en los asientos. Una fantas�a malsana por mi parte pero qu� es peor, mi fantas�a o doscientos adultos charlatanes con aires de superioridad.
Detr�s de m� una se�ora le dijo a su esposo que el p�blico de la m�sica cl�sica era mejor que el de los toros. Con qu� clase de pe�a estoy reunida, me dije. Gente que no asiste por la m�sica en s� sino porque la actividad supone se�al de estatus. Hay que demostrar cuanto antes que se est� comprendiendo la funci�n, que se est� formando parte de ella, que la interpretaci�n e incluso la opini�n al respecto es r�pida y con suerte contar con la exclusiva de haber sido la primera persona de la reuni�n en tener lista una rese�a. Mira lo que est� haciendo ahora el clave, f�jate en el sitio donde se han colocado los vientos, qu� bonito, qu� bien, estoy disfrutando mucho, �t� est�s disfrutando? Yo m�s, lo he dicho antes, cuenta el doble.
El marido de la se�ora que hizo el comentario sobre la diferencia de p�blico quer�a gritar bravo el primero y a su lado, parte de la misma pandilla, un amigo o familiar aprovechaba el estr�pito del aplauso para hablar de la yegua que acababa de regalarle a sus nietos. Pobre yegua, me dije, nacida para correr por los montes y beber en los r�os, vendida y comprada por este viejo se�orito que queda con otros viejos se�oritos para ver la m�sica antigua y los toros, esa yegua obsequiada a unos j�venes se�oritos mimados y conservadores, y casi ech� de menos el murmullo y las palmitas de todos los conciertos de m�sica moderna en los que me he enfadado. Un enfado capaz de atravesar cinco siglos, me digo ahora movida por la interpretaci�n rom�ntica, rom�ntica del Romanticismo, que suele moverme.
Johann Sebastian Bach compuso las piezas que escuch� tan ofendida en el siglo XVIII. El estilo literario que suele dar forma al sentimiento de enfado, humillaci�n y ofensa que me invade en los conciertos se fragu� en distintas regiones de Europa durante el XIX. A finales del XX empec� a ponerme discos y a padecer cuestiones del esp�ritu. En este 2026 que parece consolidar la extra�eza del XXI se me mezcla todo en el rebullir de la primavera como si la digesti�n fuera un caldero.
Un poco rebuscado, me doy cuenta, pero si lo digo me quema menos, y si lo escribo la quemaz�n es capaz de convertirse en sentido. "�Illo, qu� pasada!", grit� un asistente entre movimientos, cuando ni siquiera deber�a estar recomendado aplaudir porque el sonido de las palmas te explota los o�dos y te saca. A m� me molest� hasta la mortificaci�n por lo de la esencia del Romanticismo corri�ndome por las venas, pero supongo que ten�a raz�n.
此内容由惯性聚合(RSS阅读器)自动聚合整理,仅供阅读参考。 原文来自 — 版权归原作者所有。