El museo parisino dedica una exposición a los vínculos entre los dos escultores de la "materia viva"

El 'Adán' de Rodin y 'El esclavo rebelde' de Miguel Ángel, cara a cara en el Louvre.
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Auguste Rodin viaja en 1876 a Italia en busca del Santo Grial del arte. A sus 36 años, aún no ha roto los moldes como escultor y quiere beber directamente de las fuentes. La inspiración le llega como un golpe de cincel ante la tumba de Lorenzo de Médici: «No se puede juzgar a primera vista, pero no te sorprenderá que te diga que he estado estudiando a Miguel Ángel desde que llegué a Florencia y creo que el gran mago me ha revelado algunos de sus secretos».
Así se lo confía Rodin en una carta a su esposa, Rose, y una vez finalizado su periplo italiano se pone manos a la obra. El resultado es La edad de bronce, una pieza que ya había comenzado antes de su viaje iniciático pero que exhibió finalmente en 1877 en el Círculo Artístico y Literario de Bruselas, donde entonces residía.
La perfección de sus formas era tal que hizo desconfiar a una parte de la crítica: «La obra está prendada de una cualidad tan rara como preciosa: la vida». Se llegó a especular con que los moldes para realizar la escultura de bronce, de 1,78 metros de alto, se habían tomado directamente del cuerpo del modelo, un soldado belga llamado Auguste Nyet.
El propio Rodin se vio obligado a defenderse y a presentar testigos para acreditar que el modelado original fue realizado por él en arcilla. «Si algún conocedor me hace el favor de asegurar esto por sí mismo, lo pondré en presencia de mi modelo», llegó a escribir. «Así podrá comprobar lo lejana que es la interpretación artística de una servil copia». La obra se exhibió al final por todo lo alto en la Exposición Universal de 1900, cuando el francés despuntaba ya como el precursor de la escultura moderna.
La edad de bronce, con ese brazo doblado en alto hacia la cabeza y esa pierna ligeramente flexionada que parece dotar a la figura de un movimiento serpenteante, está lejanamente emparentada con El esclavo moribundo, la escultura en mármol blanco realizada por Miguel Ángel en 1513 que el propio Rodin estudió detenidamente en el Louvre.
Precisamente el museo parisino, en un intento de dejar atrás un año marcado por los robos y la crisis, explora ahora la prodigiosa conexión entre ambos creadores con la exposición Miguel Ángel-Rodin: cuerpos vivos, concebida como una prolongación de la presentada por primera vez en 1996 en la Casa Buonarroti. El cuerpo a cuerpo comienza con las dos grandes obras del genio renacentista que custodia el Louvre (ahí está también El esclavo rebelde, luchando para escapar del bloque) rivalizando en una especie de ring circular con tres piezas del escultor parisino (incluido su poderoso Adán) que, en este espacio, juega en casa.
Para hacerlo posible, el Museo Rodin se ha vaciado casi literalmente, cediendo parte de sus fondos para dar forma a una selección de más de 200 obras que, por razones obvias de patrimonio, resulta un tanto descompensada. Un tercer Miguel Ángel —un Cristo en la cruznon finito tallado en madera— y 30 dibujos con su marca indeleble intentan poner el contrapunto a una muestra que indaga en lo más profundo: cómo los dos artistas fueron capaces de convertir la materia en algo vivo, ya fuera sobre mármol o sobre bronce.
Chloé Ariot, conservadora de patrimonio del Museo Rodin, asegura que la exposición busca ahondar en los «fuertes vínculos» entre ambos, pese a sus diferentes modos de afrontar la disciplina: «Miguel Ángel trabajaba él mismo el mármol, con la talla directa. Rodin es un modelador que trabaja con la arcilla o el yeso, y delega el tallado indirecto en otros escultores especializados de su taller». «Cada uno en su propia era creó un estilo que revolucionó las convenciones de la escultura», se puede leer en la primera de las cinco paradas de la muestra, destinada a explorar el aura mítica que rodea a las dos figuras. «Miguel Ángel otorgó una existencia intensa a los poderosos cuerpos, insufló alma al mármol e inauguró un nuevo estilo: el manierismo. Rodin abolió la aproximación realista a las anatomías, concentrándose en su vitalidad».
Cuerpo y alma,Energía y vida y Naturaleza y Antigüedad dan título a los bloques temáticos que indagan en los «secretos» de la pareja de artistas para cincelar figuras palpitantes. El pensador, La meditación o Galatea van marcando el camino hasta llegar a la sección más reveladora, la dedicada al non finito. La estética de «lo inacabado», que suele remontarse a Donatello, alcanza su máxima expresión con Miguel Ángel en algunas de sus Piedades y en esos esclavos aprisionados que pugnan por escapar de la piedra. A su manera, Rodin reinterpreta este concepto y lo lleva a su máxima dimensión en el conjunto escultórico de La puerta del infierno y en una obra tan intimista como El pensamiento emergiendo de la materia, donde la cabeza de su alumna, amante y modelo Camille Claudel aparece, como por arte de magia, sobre un bloque macizo de mármol.




















