


























En La repetici�n (1843), el dan�s S�ren Kierkegaard se propuso comprobar si es posible repetir una experiencia. Su protagonista regresa a Berl�n —la misma posada, la misma funci�n teatral, el mismo restaurante— y descubre que lo vivido es irrepetible: todo es casi igual y, sin embargo, nada se repite. Este fracaso no es un callej�n sin salida: es, precisamente, el hallazgo. Kierkegaard distingue entre volver atr�s —la nostalgia, el recuerdo— y lo que �l entiende por la verdadera repetici�n: un movimiento hacia adelante. No se trata de recuperar lo perdido, sino de una exigencia �tica del alma: ignorar la novedad como fin en s� misma, ser fiel a los propios compromisos, volver a elegir libremente lo que ya se tiene, incluso cuando la vida se muestra cambiante y absurda.

Solvej Balle
Traducci�n de Victoria Alonso. Anagrama. 208 p�ginas. 19,90 � Ebook: 10,99 �
Casi dos siglos despu�s, su compatriota Solvej Balle (S�nderjylland, 1962) retoma un desaf�o parecido en su septolog�a El volumen del tiempo. La repetici�n llega aqu� a un extremo asfixiante: de repente, la vida se reduce a un mismo 18 de noviembre que no avanza ni retrocede. Y en esa jornada reiterativa est� atrapada Tara Selter, una librera de anticuario.
Para saber m�s
Lo que el lector tiene entre las manos para adentrarse en esta anomal�a temporal son, de hecho, los propios cuadernos de Tara. La novela adopta la forma de un diario fragmentario cuyas entradas se numeran seg�n los d�as de su "reclusi�n": no pasan los d�as, solo se resetean. En un mundo donde las acciones f�sicas y digitales se borran a diario, el papel recuerda. La escritura se erige, pues, como la �nica herramienta capaz de restaurar la linealidad perdida, de establecer una cronolog�a y un desarrollo vital frente a un entorno est�tico. Cuando ella le cuente cada ma�ana a su marido lo que ocurre, �l lo habr� olvidado en el pr�ximo despertar.
Balle nos adentra en la psique de una mujer que intenta domar el tiempo a fuerza de ordenar estos fragmentos. En las dos primeras entregas, Tara atraviesa la agon�a del recuerdo frente a una existencia reducida a un solo d�a que, de tanto observarlo, muestra todas sus fisuras. El distanciamiento progresivo que siente con Thomas, su marido, con quien solo puede sostener una intimidad unilateral, la empuja a viajar por Europa, la �nica manera de "fabricar" el paso de las estaciones. Pero el viaje le descubre algo m�s inquietante: todo lo que consume —comida, le�a, objetos— no se repone al d�a siguiente. Si el tiempo es un recipiente, puede vaciarse, y Tara empieza a verse como una criatura depredadora dentro de una jaula dorada.
Balle desplaza as� el bucle temporal del terreno existencialista al ecol�gico: las consecuencias del consumo, normalmente diferidas e invisibles, se vuelven locales e inmediatas. Es un experimento que, igual que el viaje berlin�s de Kierkegaard, resulta ser una ilusi�n est�ril, pero que deja tras de s� una conciencia nueva. Agotada por esta huida, Tara, instalada en D�sseldorf, se entrega en la tercera entrega a un simulacro de sedentarismo. Ante la ausencia de futuro, vuelca su atenci�n en el pasado hist�rico. Asiste a la universidad para investigar de forma obsesiva los motivos por los que el Imperio romano detuvo su expansi�n, y en concreto "lo que se hab�a ca�do de la historia por el camino", es decir, no tanto los acontecimientos como los objetos tangibles.
Es en una de las aulas donde descubre a un hombre que no repite los patrones iterativos del 18 de noviembre. Se trata de Henry Dale, un soci�logo noruego con quien comparte cautiverio cronol�gico. �l rompe el aislamiento de Tara y marca el n�cleo filos�fico de El volumen del tiempo III: la transici�n de la crisis individual a la vida compartida que mitigue su soledad. Juntos comparten estrategias de supervivencia e intentan desentra�ar las reglas que gobiernan la repetici�n, como la desaparici�n o no de objetos.
Si Tara sufre un profundo vac�o por el mundo perdido (el pasado) y el inasible (el futuro), Henry, por el contrario, siente un gran alivio, pues se da cuenta de que lo que ocupaba su vida acad�mica ya era, en buena medida, repetitivo e intrascendente, un s�ntoma de la decadencia de Occidente en general, y de la vida digital en particular: de la burocracia universitaria a los estudiantes "que no ten�an tiempo de leer nada que no estuviese en el programa, y que de lo le�do no tomaban m�s que los fragmentos que los ayudaran a pasar el examen y enseguida volv�an a olvidarlo por completo. Una especie de saber deshilvanado que nunca lograba asentarse. (...) La desaparici�n en la nada digital, que hab�a constatado al cabo de unos d�as, se asemejaba bastante a lo que pasaba antes del dieciocho de noviembre". En otras palabras, el mundo ya estaba roto de antes.
Tara y Henry descubrir�n a otras dos personas en su misma situaci�n, los j�venes Olga Periti y Ralf Kern. Con ellos se mudar�n a una casa a las afueras de Bremen para formar una peque�a comunidad que se esfuerza en decidir c�mo vivir en un mundo estancado. Las posturas de los cuatro dialogan con las cl�sicas preguntas kantianas: �qu� puedo saber? �Qu� debo hacer? �Qu� me cabe esperar? Mientras Tara ha desarrollado un quietismo pasivo, Henry, que hasta la fecha estudiaba —qu� casualidad— la capacidad humana ante los cambios radicales y las rupturas de la identidad (la teor�a del homo abruptus), es m�s proclive a "asumir las derrotas, aceptar las p�rdidas".
En el otro extremo est�n los dos j�venes: Ralf es un pragm�tico que asume la obligaci�n moral de salvar vidas a partir de un sistema inform�tico de su creaci�n que registra los accidentes mortales (para evitarlos), mientras que Olga representa el idealismo que aspira a cambiar las estructuras profundas y no a limitarse a poner parches.
La prosa de Balle alterna entre la descripci�n material, las reglas log�sticas de su mundo y la evocaci�n asombrada de lo cotidiano. El estilo fragmentario subraya el aislamiento inicial, pero tambi�n el lenguaje registra el desgaste psicol�gico de la protagonista: a medida que los d�as se acumulan, Tara siente que las palabras se le desbordan y que las frases pierden su cualidad sanadora, hasta que las voces de sus nuevos compa�eros empiezan a filtrarse en su mente como un eco que adopta para recuperar el lenguaje que la soledad le hab�a arrebatado.
Este deslizamiento ling��stico es, quiz�, el s�ntoma m�s elocuente de su transformaci�n. La ambici�n de esta tercera entrega tiene, sin embargo, un coste narrativo. Al ampliar el elenco, varios personajes se perciben m�s como portavoces de posturas filos�ficas que como individuos de carne y hueso. Cabe preguntarse si Balle no busca precisamente ese efecto de aplastamiento —una suerte de nivelaci�n kierkegaardiana que adormece al lector para sacudirlo despu�s con el giro final—, pero la monoton�a se siente antes de que llegue la recompensa.
El final contiene un giro que desestabiliza las certezas acumuladas a lo largo de las p�ginas y cuyo alcance resuena en las �ltimas l�neas de Tara: "Parece el final de la historia, pero entonces oigo que se abre una puerta en alg�n sitio. Quiz� sea el comienzo". Es aqu� donde el concepto kierkegaardiano de la repetici�n superior recobra todo su vigor: la repetici�n genuina exige pasar por la p�rdida total para recuperar el mundo multiplicado; y Tara —que abandon� su hogar, solt� el ancla que la un�a a su esposo y atraves� el desierto del aislamiento— lo hace al asumir la responsabilidad �tica de convivir con los otros. El tiempo exterior no avanza, pero su vida, estructurada met�dicamente en las p�ginas de sus cuadernos, ha vuelto a empezar.
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