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En mayo de 1978 Boney M public� su sencillo Rasput�n, un �xito fulminante que ayuda a explicar la fama inmortal del monje siberiano en Occidente, donde cualquier buena historia suele preferirse a la verdad. El grupo estadounidense cantaba al amante de la zarina Alejandra, lo que reproduc�a la rumorolog�a esencial del personaje mientras vivi�, a la que podr�amos a�adir su poder de seducci�n, quien sabe si apuntalado por el tama�o de su pene, c�lebre incluso en los instantes previos a la incineraci�n de su cad�ver en marzo de 1917, cuando los soldados de la primera revoluci�n de ese a�o midieron el miembro del gran asesor espiritual del �ltimo Rom�nov y su mujer con un ladrillo.

Antony Beevor
Traducci�n de Gonzalo Garc�a. Cr�tica. 296 p�ginas. 24,90 � Ebook: 12,99 �
Estas y otras efem�rides, quiz� no tan legendarias, suscitaron preguntas al historiador brit�nico Antony Beevor (Londres, 1946), quien daba vueltas en torno al m�ximo protagonista de Rasput�n y la ca�da de los Rom�nov desde que public� en 2022 Rusia: Revoluci�n y Guerra Civil, ensayo que aborda el per�odo posterior a la ca�da de Nicol�s II y su dinast�a. Beevor plantea en su introducci�n una serie de ideas clave para comprender sus intenciones, centradas en mostrar c�mo Rasput�n fue un blanco estelar para lanzar fake news en torno a su persona, causante para muchos del hundimiento imperial. Este eje se complementa con otro que sobrevuela todo el libro y puede arrojar lecciones para nuestro presente: ceder a lo irracional suele conllevar desgracias de primera magnitud en lo pol�tico.
Para saber m�s
El relato de la vida del religioso no tendr�a ning�n valor sin la de sus protectores, Nicol�s II y Alejandra, a los que llamaba pap� y mam�. Ambos simbolizan con su matrimonio la ruta al abismo del inmenso pa�s que reg�an por voluntad divina, como si cada miembro del clan familiar tuviera las capacidades requeridas para cumplir con un reto de ese calibre. Quiz� las ostent� Alejandro III, fallecido el primero de noviembre de 1894. Para su hijo la sucesi�n no fue una victoria, sino un mazazo. Todo en su existencia obedeci� a designios en los que lo imprevisible llevaba ventaja. Tras la muerte de su ilustre predecesor debi� contraer matrimonio a toda velocidad con su prima, a quien se exig�a dar un heredero a la corona, lo que s�lo lleg� el 12 de agosto de 1904, cuando vio la luz el zar�vich Aleks�i, de breve y calamitosa existencia.
Su nacimiento coincidi� el principio del fin del imperio entre la guerra con Jap�n (1904-1905) y los tumbos de su padre, in�til para gobernar, lo que le empujaba a escudarse en consejeros de dudoso misticismo, como el doctor Philippe, precursor de Rasput�n. Este �ltimo, nacido en una aldea siberiana en 1869, parec�a destinado a ser un an�nimo m�s entre millones, pero una s�bita conversi�n religiosa y una inteligencia para engatusar a personas de rancio abolengo le hizo conocer hacia 1905 a las princesas de Montenegro, quien en noviembre de ese mismo a�o lo introdujeron en la corte imperial.Hasta ese punto Beevor juega con un montaje paralelo, porque los caminos de la corte y el sanador corr�an por v�as diferentes que, al colisionar, se fundieron para finiquitar con estr�pito a toda una �poca, larga e irrepetible, de la Historia rusa.
La zarina Alejandra qued� encandilada con Rasput�n, especialmente por sus dones para guarecer al peque�o Aleks�i de sus ataques de hemofilia, ese mal sangu�neo que resum�a toda una era de enlaces entre miembros de una misma familia coronada y esparcida por todo el Viejo Mundo desde los genes de la reina Victoria. Estos poderes taumat�rgicos dieron carta blanca al particular cortesano, acusado por sus detractores de ser un depravado de la peor cala�a y de pas�rselo en grande en fiestas donde congregaba a numerosas fieles, o en las calles de San Petersburgo, en las que sus borracheras y haza�as sexuales copaban tanto titulares como habladur�as.

La zarina Alexandra Feodorovna con sus hijos, Rasput�n y la enfermera Maria Ivanova Vixniakova, 1908.
Las malas lenguas jam�s alejaron a Nicol�s y a Alejandra de ese estramb�tico sant�n, vestido como un campesino, de barbas largas y una mirada p�lida e inquietante. Durante todo su periplo Rasput�n supo manejar muy bien la baraja y hasta cuando tropezaba pod�a parar los golpes, amparado por el poder, feliz desde el trono por recibir sus pr�dicas y curaciones, crey�ndolo un mago imprescindible. El problema, muy bien expuesto a lo largo de las m�s de trescientas p�ginas de este apasionante estudio, radicaba en que el ascenso de Rasput�n coincidi� con unas transformaciones forzadas del Estado. La derrota contra Jap�n y el domingo sangriento de 1905 hicieron flaquear al autoritarismo inherente en los Rom�nov, quienes debieron ceder y aceptar el leve parlamentarismo de la Duma.
No deja de ser significativo que Rasput�n sufriera su primer atentado el 29 de junio de 1914, pocas horas despu�s del asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo. El primero de agosto de ese fat�dico a�o el k�iser alem�n Guillermo II declar� la guerra a la Rusia de su amado primo Nicol�s II. La desorientaci�n de toda la naci�n lleg� a su c�nit cuando el zar tom� los mandos del ej�rcito y Alejandra se encarg� de gobernar en su nombre, siempre con Rasput�n a su lado. Esto increment� m�s si cabe la ira de un sector de la nobleza muy bien encarnado por F�lix Yus�pov, art�fice de la conspiraci�n para terminar con el st�rets, ant�tesis de una aristocracia que no era tanto reformista, sino reacia a comprobar c�mo su orden se desmoronaba por los caprichos de un demente.
El esplendor del monstruo iba de la mano con el derrumbe del imperio. Entre 1914 y diciembre de 1916, cuando muri� asesinado, su figura se asoci� con todos los males que aquejaban a toda Rusia. Beevor suele hablar del pasado desde la objetividad requerida, lo que no excluye la formulaci�n de avisos para navegantes del presente. La Historia, dice, jam�s se repite si uno no quiere. Basta con observarla para adaptarla a los designios del hoy, pero si no echamos la vista atr�s quiz� sea f�cil morir en las mismas orillas, m�xime si la irracionalidad campa a sus anchas en las alturas que dirigen nuestros destinos.
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