






















Si uno echa un vistazo a la cultura pop, esa que engancha mucho más rápido que cualquier relato farragoso sobre hitos históricos y áreas de influencia geopolítica, se percata de algo evidente: Estados Unidos tiene a sus héroes de cómic, Superman, Spider-Man y el gran Capitán América; India tiene Bollywood; Japón, el anime y los videojuegos; y Corea, a Las guerreras K-pop. Pero, ¿qué tiene Europa?
Pues todo lo demás. Que no es poco.
Europa lleva años convenciéndose de que es un continente en decadencia, una vieja potencia desencantada consigo misma e incapaz de seguir el ritmo frenético de China o EEUU. Parece condenada, por momentos, a convertirse en un museo confortable del pasado. Desde hace tiempo buena parte del discurso europeo se ha instalado en una especie de melancolía permanente: la sensación de vivir después de algo.
La cuestión es que, mientras Europa se lamenta, millones de extranjeros siguen queriendo vivir aquí.
«Europa ha convertido en norma derechos y libertades civiles que en muchas partes del mundo siguen siendo aspiraciones. Somos pioneros en ámbitos como la protección social, la regulación digital, la circulación de personas y mercancías, la sostenibilidad o la defensa de los derechos fundamentales», apunta Alberto Cuena, periodista y analista experto en asuntos económicos y UE. «A veces nos centramos tanto en los problemas que olvidamos valorar todo lo que ya tenemos. Muchas de las cosas que consideramos normales son, en realidad, auténticos privilegios», añade Victoria Velasco, estudiante de Relaciones Internacionales y Comunicación Internacional. «La existencia de sistemas públicos de sanidad, educación, pensiones o ayudas sociales aporta una tranquilidad difícil de cuantificar».
Durante décadas, el estilo de vida europeo se midió frente al sueño americano, el gran referente global. El modelo dominante era el de la velocidad, la innovación, el emprendimiento y la optimización del tiempo. Ese imaginario casi cinematográfico desdibujó la propia identidad europea, que se autopercibía como rezagada. El descanso y la vida lenta eran cosa de perdedores. En pocas palabras, hemos acabado normalizando que las familias se hipotequen hasta las cejas para pagar los estudios universitarios de sus hijos. O que la línea entre la vida y la muerte de un ser querido se defina a golpe de talonario al otro lado del Atlántico.
¿Y por qué asumimos todo eso? Porque, al tiempo que otras superpotencias mundiales prometían conquistar el futuro con sus tecnologías punteras, Bruselas se afanaba en redactar normativas. Algunas más o menos útiles, como el tapón unido a la botella que sacó de quicio a Mariano Rajoy, el cargador único USB-C para evitar enredos varios o el roaming que nos permite ver tiktoks y contestar wasaps fuera de nuestro país. También, el primer marco jurídico en materia de inteligencia artificial del mundo.
«Aunque la UE no está a la vanguardia en la carrera por el desarrollo de la IA, ha logrado subirse al podio al ser la pionera en regularla. Es un hito muy significativo», señala Rocío Sánchez del Vas, investigadora predoctoral en desinformación y profesora en la Universidad Carlos III de Madrid. «Veremos si el efecto Bruselas logra convertir esa legislación en un estándar internacional». Bautizado así por la jurista finlandesa-estadounidense Anu Bradford, ese efecto Bruselas no es sino el superpoder de influencia europeo en el resto del planeta. Una confluencia de dinámicas que impulsan un paulatino proceso de europeización -a menudo, imperceptible- en áreas como el comercio internacional, la protección de datos, la conservación del medio ambiente, la legislación antimonopolio y el discurso de odio en internet.

En 2025, el 45% de las leyes aprobadas en España por las Cortes Generales tuvo su origen en las instituciones europeas. «La influencia europea es tan profunda que muchas veces pasa desapercibida. Está presente cuando vamos a estudiar o a trabajar en otro país europeo, pero también en el supermercado, con los estándares de protección al consumidor y los índices de seguridad alimentaria», enumera María Andrés, directora de la Oficina del Parlamento Europeo en España. «Conducimos a diario por vías y carreteras financiadas con fondos europeos, cogemos el AVE para visitar a nuestros familiares, nos acogemos a los derechos laborales para pedir una baja médica o tener vacaciones pagadas... Europa es una presencia silenciosa pero decisiva en nuestra vida cotidiana».
Dicho de otra manera: Europa es el vecino cascarrabias de la comunidad, el que siempre se escaquea de las juntas o con el que apenas medias palabra en el ascensor, pero que sabes que te dejará sal o pimienta si te falta al ponerte a cocinar.
"Hemos sabido convertir los derechos y la dignidad humana en política pública"
María Andrés, directora de la Oficina del Parlamento Europeo en España
Pese al ruido y a la desafección, Europa sigue siendo, «con sus muchísimas imperfecciones», el mejor lugar del mundo para nacer, aseguran los expertos. Continúa encabezando índices de calidad de vida óptimos, con ciudades como Copenhague, Oslo, Múnich o Barcelona entre las favoritas para vivir según diversos ránquines. Cuando se cumplen 40 años de la firma del tratado de adhesión de España a la Unión Europea, se calcula que nuestro país ha doblado el PIB real, el empleo ha pasado de 10,8 millones a 21, y la esperanza de vida de la población ha alcanzado los 84 años.
«La Unión Europea no entiende el bienestar como un lujo, sino como un derecho. Hemos construido una sociedad con una red de seguridad que reduce la angustia existencial que se vive en otros continentes», describe Helena Ripollés, socióloga especializada en Género y Derechos Humanos y expresidenta de Equipo Europa, la mayor asociación de jóvenes europeístas de España. «En 1986 no nos adherimos únicamente a un club económico, sino al garante de nuestra modernidad y a la salvaguarda de nuestros derechos sociales tras décadas de aislamiento». «Hemos sabido convertir la dignidad humana en política pública», añade Andrés. «Frente al dinamismo desigual que existe hoy en EEUU o el autoritarismo tecnológico chino, Europa ofrece una promesa diferente, que es cómo prosperar sin renunciar a esos derechos. Está en nuestro ADN, y no es tan fácil de lograr».
Coincide con ella Carla Crespo, divulgadora y creadora de contenido en redes sociales sobre proyectos y oportunidades en la Unión Europea. En su cuenta de Instagram, @ladelerasmus, la veinteañera concentra a más de 80.000 seguidores que consumen con fruición sus vídeos sobre viajes por el continente, becas y prácticas en organismos internacionales, voluntariados y otras tantas experiencias. Cuando se le pregunta qué suscitó su interés por contar a su comunidad lo que ofrece Europa, lo tiene clarísimo: el programa Erasmus+, del que hace poco fue nombrada embajadora oficial. «En cualquier país europeo te sientes como en casa. Todo funciona más o menos igual y puedes moverte con tranquilidad», dice. «No quiero imaginar una España que no estuviera en la UE, la verdad. Creo que estaría muy atrasada en muchos sentidos, la sociedad sería mucho más cerrada de mente y más intolerante».
Esa percepción, sin embargo, convive con otra realidad: el desencanto. Las corrientes populistas intermitentes en Hungría, Polonia o Países Bajos y las injerencias rusas han provocado que cuajen determinadas narrativas euroescépticas. «La UE es uno de los principales objetivos de la desinformación. Los llamados euromitos buscan desestabilizar a las instituciones y polarizar a la ciudadanía, especialmente en momentos electorales», explica Sánchez del Vas. «El Brexit es un ejemplo paradigmático de cómo la desinformación, que es tremendamente emocional, fue el caldo de cultivo que llevó a Reino Unido a abandonar la Unión».
"La Ue no entiende el bienestar como un lujo, sino como un derecho"
Helena Ripollés, socióloga y expresidenta de Equipo Europa
Velasco acaba de regresar, precisamente, de su año Erasmus en Escocia. Reconoce las dificultades que ha encontrado al realizar ciertos trámites en Reino Unido en la era post-Brexit: «Todo el tema de los visados, los controles y los procedimientos burocráticos resultó bastante pesado. Cuando me movía por Europa estaba tan acostumbrada a tener el pasaporte casi de adorno que había olvidado que eso no es lo normal, lo extraordinario que es el espacio de libre circulación europeo», cuenta. «Tener que pagar en libras y estar pendiente todo el rato de calcular a cuánto equivalía cada cosa según el tipo de cambio me recordó lo cómodo que resulta compartir una moneda común en la Eurozona. Son detalles pequeños que damos por sentados, pero cuando todos utilizamos las mismas unidades de medida, los mismos estándares y sistemas similares, la vida se vuelve mucho más sencilla».
Crespo considera que existe «poco conocimiento real» sobre lo que sucede en Europa, mucha desinformación y también, muchas contradicciones que actúan a la contra: «Se defienden los valores de la UE y los derechos humanos a capa y espada, pero luego seguimos comerciando con ciertas economías que no respetan esos valores. Eso puede tener sentido, si lo analizas, pero es fácil utilizarlo para ensuciar la imagen de la UE». La percepción apocalíptica de la realidad no es, según Sánchez del Vas, responsabilidad única de la ciudadanía: «Muchas dinámicas periodísticas también tienden a enfatizar estos relatos a través del sensacionalismo. Hay que informar a los ciudadanos europeos de la realidad de las políticas públicas, de qué es lo que hace la UE por ellos».

Desde el Parlamento Europeo, en cambio, se muestran esperanzados -que no ingenuos, subrayan- y no creen que la visión de la Unión Europea esté tan deteriorada como la pintan los medios de comunicación. Para la directora de su Oficina en España, se trata esencialmente de un problema de expectativas: quién se ocupa de qué, cómo se hacen las cosas y cuánto tiempo hay que esperar para obtener resultados tangibles. «Se da una paradoja curiosa, y es que vivimos un momento de enorme ansiedad, pero a la vez estamos detectando máximos históricos de apoyo a la integración europea en los últimos tres años», señala. Ser críticos y desconfiados con el sistema no implica que lo repudiemos por completo. Así lo refleja el último Eurobarómetro: el 75% de los ciudadanos encuestados en los 27 Estados Miembros ven beneficios en la pertenencia a la UE y la consideran un pilar de estabilidad y seguridad. En España, el dato asciende al 82%. «Nuestro mayor reto es dejar de hablar de la Unión Europea en tercera persona del singular y hablar en primera persona del plural», resume Andrés.
«La UE no es solo economía o política. Creo que aporta algo muy importante y que a veces se pasa por alto: un sentimiento de pertenencia y de comunidad», opina, por su parte, la estudiante Velasco. «Los seres humanos tendemos a organizarnos en grupos y a buscar espacios comunes de identificación. Sentirse parte de un proyecto más amplio que trasciende las fronteras nacionales me parece algo bonito y, en gran medida, tranquilizador». Las sucesivas crisis vividas en el continente -desde la económica hasta la sanitaria, pasando por la migratoria- han sido la mejor escuela intensiva para reforzar ese sentimiento de pertenencia. Es lo que se conoce como teoría de la bicicleta: una metáfora política, acuñada en 1993 por el expresidente de la Comisión Jacques Delors, por la que la UE debe pedalear continuamente y avanzar en su integración para evitar desestabilizarse y caerse.
" No quiero imaginar una España que no estuviera en la UE. La sociedad sería mucho más cerrada e intolerante"
Carla Crespo, creadora de contenido sobre la UE
Rodrigo de la Torre, historiador e investigador en integración europea en la Universidad Complutense, afirma que los conflictos del último tercio del siglo pasado «han alimentado a las instituciones, tanto en la práctica como en el discurso», pero también han motivado la proliferación de distintas formas de entender la integración europea y de concebir la pertenencia a la UE. «Cuanto más complejo se vuelve el mundo y más convulso es el tablero geopolítico, más evidente resulta que muchos de los desafíos que afrontamos no pueden resolverse exclusivamente desde el ámbito nacional», apunta por su parte el analista Alberto Cuena. «La identidad europea no desaparece: evoluciona y adquiere una nueva relevancia».
Después de la Segunda Guerra Mundial, Europa vivió una anomalía histórica: la paz dejó de ser un acontecimiento para convertirse en el estado natural de las cosas. Se gestaron sociedades relativamente prósperas, seguras y democráticas donde el bienestar colectivo dejó de considerarse una utopía. La guerra en Ucrania rompió bruscamente con esa cómoda ilusión. De golpe, conceptos que sonaban abstractos -alianzas, defensa, soberanía- recuperaron su gravedad. Aquella barbarie que había devastado el continente en el siglo XX parecía regresar en pequeñas dosis, devolviéndonos una memoria que creíamos archivada.
«Europa es el experimento político más ambicioso y exitoso que existe, pero la hemos acusado durante décadas de ser un gigante económico y un enano político. En cierta medida, Europa es víctima de su propio éxito. Hemos normalizado la estabilidad y la libertad hasta el punto de considerarlas algo garantizado», afirma Cuena, y recuerda cómo algunos «seísmos» recientes han obligado a la Unión a desarrollar una mayor responsabilidad y conciencia estratégica: «Europa sigue teniendo desafíos importantes, pero ha demostrado que sabe reaccionar cuando los principios que la sustentan están en juego». «Aunque lo aplicaba a la crisis de la democracia en los años de entreguerras, Salvador de Madariaga hablaba de "un amanecer sin mediodía" por el conjunto de expectativas que despertaba el futuro en comparación con el reducido número de resultados y los ritmos cuestionables en los que desembocaban las acciones de los gobernantes», puntualiza De la Torre. «Creo que uno de los mayores retos históricos que tiene actualmente la UE es enfrentarse a sí misma».
Más allá del entramado institucional y los tratados, Europa también representa una determinada manera de organizar la vida cotidiana. Entabla una relación peculiar con el tiempo, con las ciudades y con el espacio público. Decía el filósofo y escritor George Steiner que podía definirse por sus cafés al aire libre y por la posibilidad de recorrerla caminando. El continente no solo ha alumbrado capital cultural y valores sociopolíticos exportables a otras regiones, también una idea concreta de civilización urbana. «Es el factor acumulativo del acervo comunitario», sintetiza el historiador. Las ciudades europeas conservan todavía una densidad humana que resulta extraña en muchos otros lugares. Hay ancianos sentados durante horas leyendo el periódico en cafeterías de barrio y niños recorriendo calles céntricas en bicicleta. Parece insignificante, pero ¿qué pasaría si toda civilización se midiera precisamente por esos detalles? ¿Y si el futuro se pareciera más a Europa de lo que pensamos?
"Uno de los mayores retos históricos que tiene actualmente la UE es enfrentarse a sí misma. Fuera hace mucho frío pero las fronteras son porosas"
Rodrigo de la Torre, historiador e investigador en integración europea en la UCM
«Es un modelo extraordinariamente atractivo y aspiracional. Países candidatos a la adhesión, como Georgia o Moldavia, salen a la calle con la bandera europea cuando hay una manifestación ciudadana reclamando más derechos. Cuando Rusia invadió Ucrania, lo primero que hizo Zelenski fue darse la vuelta y exigir la apertura del procedimiento de negociación para su integración dentro de la Unión Europea», resalta Andrés. Cuena concuerda en que la UE puede no ser el modelo más ruidoso del tablero internacional, pero sigue siendo «uno de los más admirados y, probablemente, uno de los más difíciles de replicar». «Mientras otras potencias proyectan poder por la vía de la fuerza, Europa sigue intentando defender una idea: la cooperación puede ser más poderosa que la confrontación. En los tiempos que vivimos, ese mantra sigue siendo profundamente revolucionario», sostiene quien trabajó en la oficina de prensa y relaciones públicas del Parlamento Europeo.
Lejos de la épica, Europa no promete conquistar Marte ni liderar la próxima revolución tecnológica. Su aspiración histórica ha sido mucho más modesta y, al mismo tiempo, más ambiciosa: construir sociedades razonablemente habitables. Tal vez no sea el continente del futuro porque vaya por delante, sino porque lleva décadas intentando protegerse de aquello en lo que el resto del mundo se está convirtiendo. Aquello que ya se empieza a echar en falta.
«Espero sinceramente que empiecen a pesar más la apertura internacional, la calidad de vida y la seguridad que se tienen en Europa ante el capitalismo, la productividad y el individualismo americanos», dice Crespo. «Las generaciones más jóvenes no conciben la posibilidad de entrar en guerra con sus vecinos y vecinas europeos, y eso es gracias al gran proyecto comunitario», zanja, por su lado, Helena Ripollés. La socióloga y expresidenta de Equipo Europa cree, no obstante, que necesitamos transitar hacia un «eurorealismo» más maduro, con una mirada que no idealice Europa como una utopía inalcanzable, pero que tampoco la denoste: «Cambiar la percepción crítica pasa por dejar de ser un ente que reacciona a las crisis para convertirnos en una fuerza que las lidere, aprendiendo de nuestros errores y respondiendo a las necesidades de la gente».
«Los problemas de vivienda, de desigualdad, de redistribución de la riqueza y de control de los precios, entre otros, son los auténticos desafíos internos», asegura De la Torre, y lanza una advertencia de futuro que es, a la vez, tremendamente de presente: «Fuera de la UE hace mucho frío, eso es indudable, pero sus fronteras son muy porosas».
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