LA LECTURA
Es de verdad espl�ndido el modo en el que Marian Peyr� consigue que la suerte de esta gente, los protagonistas del pueblo en el que ambienta su �pera prima 'Los incendios', nos importe

La escritora Marian Peyr�.
Juan Marqu�s
Actualizado
Al final del pr�logo que puso a Comimos y bebimos, Ignacio Peyr� homenajeaba a su madre, que una vez, en el campo, y mientras en los alrededores hab�a un ambiente de incendios, consigui� improvisar un arroz perfecto. Peyr� aplaud�a all� la sabia gesti�n del fuego, la domesticaci�n y dominio de algo que all� fuera estaba haciendo tanto da�o.

Los incendios
Marian Peyr�
Alianza. 232 p�ginas. 18,95 � Ebook: 11,99 �
Pero sucede que aquella experta cocinera era adem�s la madre de Marian Peyr� (�vila, 1971), que no s� si andar�a en aquella comida familiar pero que ahora, en este buen�simo debut titulado Los incendios, demuestra que sabe hacer lo mismo: agarrar una met�fora tan eterna como elemental y hacer con ella algo distinto e intachable, una novela de materiales aparentemente sencillos pero que, por su excelente calidad, son tambi�n de largo alcance.
Todo aquel que haya pasado alg�n verano en cualquier pueblo sabe que en los bares, la piscina y la plaza en fiestas suceden traiciones, conspiraciones y escaramuzas dignas de una tragedia de Shakespeare. Se trata de acontecimientos tan peque�os como graves, tan intrascendentes para el mundo como cruciales para quienes los viven, y no s�lo los adolescentes. Ese clima, nunca mejor dicho, se retrata en esta �pera prima de forma magistral, y se sabe recoger lo que tiene de determinante, tanto si es una muchacha que vive su primer amor como si es una mujer adulta que, simult�neamente, se reencuentra con quien fue el suyo.
El argumento importa mucho, pero tambi�n, como en los cl�sicos, el espacio, los arquetipos, la gracia de la buena prosa o la verosimilitud de estos di�logos de 1988. Y es precioso el sexo que descubren, juntas, dos ni�as, y es terrible la violencia que las separa, y es de verdad espl�ndido el modo en el que Marian Peyr� consigue, simplemente, que la suerte de esta gente nos importe.
























