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Justo cuando podría reafirmarse como artista, Antonio Ballester Moreno (Madrid, 1977) elige desaparecer. En su estudio, instalado en lo que fue un taller mecánico, quedan a la vista las señales de esa retirada. Sus icónicos paisajes de colores vivos y formas tan sencillas que los acercan a la abstracción descansan apoyados en los muros. En el centro, sobre una gran mesa de madera, se amontonan cartulinas recortadas con las que ensaya sus lienzos de yute. Obras inconfundibles del artista que, de forma significativa, no estarán en la exposición donde su trabajo dialoga con piezas de la colección del museo CA2M de Móstoles.
«El otro día vino mi padre y me dijo alarmado: ¡Pero si no habrá nada tuyo!», cuenta Ballester, divertido. «Sí lo hay», apunta él, en referencia a las cartelas de las creaciones pertenecientes a la colección que ha escrito a mano en grandes cartones marrones de embalar. Las tarjetas blancas que describen el título, fecha y materiales usados, ahora aparecen sobredimensionadas junto a las piezas originales, convirtiéndose en obras de arte ellas mismas. Radical giro de guion y bomba de humo en la exposición El cielo y la tierra.
«El encargo era trabajar con la colección del museo», explica Ballester, que se siente muy cómodo poniendo su trabajo en relación con el de otros artistas, como demostró anteriormente en la Bienal de São Paulo, el Patio Herreriano de Valladolid, Artium o la Fundación Cerezales. «He encontrado una manera de contextualizar mi práctica a través de ese tipo de citas, por decirlo de alguna forma. Mi discurso tiene algo de holístico, de reconocer y mostrar dentro de una exposición la idea de que no somos entes separados, de que no puedo ser Antonio Ballester Moreno sin mis influencias, entender que somos una ensalada de muchos ingredientes», explica.
La exposición El cielo y la tierra no incluirá obras de Antonio Ballester, como ocurrió en anteriores diálogos con la colección del museo de los artistas Diego Bianchi o David Bestué. Lo que sí estará presente es su imaginario, ese modo de entender la naturaleza como signo y estructura. «Somos sistemas y esa es, en el fondo, una de las ideas de esta exposición. Entender que el agua sola, sin luz, no genera vida», compara.
La conversación de esta exposición ha pasado por incluir 29 obras de otros artistas reconocidos, pero Ballester también realizó talleres con familias y alumnado del CEIP Federico García Lorca de Móstoles para que colaboraran en la confección de elementos expositivos. Esta invitación vuelve sobre una idea clave en su trayectoria: entender el arte como una herramienta pedagógica y creativa donde pueden encontrarse sin jerarquías lo elevado y lo amateur.
«El título tiene algo grandilocuente, incluso un punto casi religioso», dice Ballester. «Al mismo tiempo, es muy básico. Remite a una estructura elemental, que es también la que organiza mis paisajes. Todo sucede entre el cielo y la tierra, que no dejan de ser los componentes más primarios del paisaje. Luego aparecen muchas más cosas, pero en el fondo todo parte de ahí».
La exposición se distribuirá en dos salas del centro de arte de la Comunidad de Madrid. La principal, que es un cubo inmenso de más de 12 metros de altura, será el cielo del que colgarán círculos de cartón que representan figuras solares, acompañadas de sencillas aves. La segunda sala, contigua, representará la tierra con rocas y plantas, también fabricadas en cartón y que parecen salidas de una representación escolar. Yen esa escenogragía se crea una especie de recorrido abierto entre las obras de arte.
«Pienso en mis exposiciones como si fueran escenografías en las que te puedes adentrar, rodear las obras e interactuar con la gente. En este caso es como ir de excursión, vas metiéndote entre plantas y rocas. La museografía va a ser diferente, muy lúdica... poco ceremoniosa y poco boutique», afirma el artista, aludiendo a la forma aséptica en que suelen ser expuestas las obras de arte en museos y galerías.
La selección de obras que ha realizado de la colección de la Comunidad de Madrid, enriquecida con los fondos de la Colección Arco, tiene mucho de traviesa y desenfadada. Encontramos por ejemplo la pieza de Antonio de la Rosa titulada Gráfica de la transición (2018), un dibujo de celdillas geométricas algo psicodélico en el que hay casillas con varios Snoopy dibujados y otras de colores fluorescentes que, además, está impregnada en LSD.
También estará la fotografía de Itziar Okariz en la que la artista orina en el puente de Brooklyn, «como hacen los niños pequeños cuando no se aguantan y hay que dejarles», dice Ballester. Orinar en espacios públicos y privados introduce también la noción de paisaje, igual que la obra de Baldessari Lanzar tres bolas al aire para obtener una línea recta (1973), en la que el artista tiraba bolas y las fotografiaba contra el cielo azul.
«La diferencia entre mirar un paisaje natural y una obra de arte es que en el primer caso lo hacemos sin prejuicios ni referentes intelectuales. Mi trabajo intenta ir por ahí», afirma Ballester. Un proceso de depuración en el que el arte deja el pedestal y se acerca a lo popular. Aunque para ello, él mismo deba desaparecer.
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