


























Actualizado
Hace un par de horas me he enterado de que hoy ten�a que entregar esta columna. Al parecer, ha habido un traspapeleo en la redacci�n del peri�dico y no recib� el calendario de las pr�ximas entregas. Admito que se trata de un calendario previsible —junto a otras escritoras, nos turnamos para llenar regularmente este espacio con nuestras palabras—. Quiero decir que podr�a haber hecho el c�lculo y ver que me tocaba a m�, que yo era la siguiente, pero no calcul� nada. Como un peque�o ordenador, parece que s�lo atiendo a los plazos y fechas concretas si han insertadas a mano en mi agenda. Sin esos datos, sin esa orden ejecutada, no se mueve la manivela: no hay columna.
La cuesti�n, no obstante, es que columna tiene que haberla. Y aqu� me hallo, sentada en la enorme cama de una mansi�n novecentista, con la ventana abierta de par en par, el sol irradiando mis piernas, oyendo c�mo el trino de los p�jaros se mezcla con el borboteo de la fuente que preside el jard�n. Sin lugar a dudas, me pillan en una situaci�n inusual en estos momentos, pero debo decir que m�s asombroso me parece no encontrarme, ahora mismo presa del p�nico, sino, digamos, manejando la situaci�n con cierta serenidad. Podr�an ustedes achacarlo al confort y el privilegio de esta estancia de techos altos y s�banas blancas, pero perm�tanme ser aqu� un poco m�s precisa —me comprender�n, tengo que ir llenando estas l�neas—.
Para saber m�s
La noticia del retraso en mis obligaciones con el peri�dico me ha llegado en mitad de una residencia de pensamiento organizada por una comunidad budista. Llegu� aqu� hace cinco d�as porque tiempo atr�s conoc� a Gloria, fil�sofa y una de las fundadoras del proyecto, a ra�z de su participaci�n en un debate sobre espiritualidad. Seguimos en contacto y me ofreci� pasar unos d�as aqu�, como han hecho otros pensadores y escritores, para desarrollar una idea que vengo trabajando a trompicones, en los escasos espacios que me dejan mis compromisos laborales. Cuando acced� a venir pens� que estos d�as ser�an otro par�ntesis irreal, una isla de calma en mis d�as dominados por la ansiedad, otra de esas experiencias agridulces en la que se hace evidente el estado de calma creativa en el que me gustar�a vivir. Sent� nostalgia anticipada. A decir verdad, llegu� aqu� en un estado de transformaci�n ya iniciado.
Tras empezar el a�o con un estr�s y una furia descontrolados —la culminaci�n de un despertar, a priori, doloroso—, comprend� que debo dejar de vivir como si fuera a lograrlo. Tengo que dejar de autoexplotarme con la intenci�n de mejorar mi calidad de vida en un plazo razonable de tiempo. Debo dejar de estructurar mi vida alrededor de un objetivo imposible: comprarme piso en el que desee vivir. Como eso no va a suceder, lo m�s inteligente es aceptar la derrota, la finitud del sue�o, soltar y aprender a vivir de un modo m�s agradable y equilibrado teniendo en cuenta la �poca en la que me ha tocado vivir.
Como habr�n podido observar, no ten�a nada preparado para esta columna, pero qui�n sabe, tal vez sea mejor as�. Una tiene que dejar de parlotear sobre transformar su existencia mientras sigue pretendiendo controlarlo todo; una debe callarse y empezar a danzar en la incertidumbre. As� que d�jenme ver qu� hay en mis bolsillos. Estos d�as ando leyendo Kolj�s, la �ltima novela de Emmanuel Carr�re, en la que desgrana los or�genes aristocr�ticos de buena parte de su familia, y al mismo tiempo, hace un retrato de una Europa desaparecida y, probablemente, una eleg�a a un mundo que est� por desaparecer. Dice Carr�re en las primeras p�ginas que es consciente de que no tiene mucho sentido ponerse escribir sobre su familia cuando "nos encaminamos hacia el hundimiento de nuestra civilizaci�n si somos optimistas, o la extinci�n de nuestra especie si nos ponemos en lo peor", pero que esa historia suya particular, por muy insignificante que sea, "no carece de importancia".
Leyendo sobre su abuela Nathalie, descendiente de nobles rusos que lo perdieron todo en la revoluci�n bolchevique, desde esta mansi�n de torres puntiagudas, no puedo evitar sentir la p�rdida contemplativa del mundo que termina, aunque yo no creciera entre jardines e institutrices. No puedo evitar sentirme como esos cronistas europeos que empezaban a intuir la cat�strofe, y describ�an con belleza unos d�as de fragilidad expectante. En mi otro bolsillo tengo una entrevista al fil�sofo Bifo Berardi, que afirma que la humanidad ha perdido y que ahora hay que pensar c�mo desertar, trabajar menos, esconderse ante lo que, a todas luces, parece un oscuro porvenir. Berardi responde a quienes les acusan de promover una pasi�n triste: "Esconder la realidad es una manera de producir efectos que son fascistas, que son suicidas o que son depresivos [...] Todas estas formas de sabotaje, absentismo [...] de retirada del papel social establecido por el capitalismo, son la verdadera forma de la vitalidad obrera".
Esta ma�ana, poco antes de que me llegara el correo que podr�a haberme fundido los fusibles para el resto del d�a, estaba en una clase de introducci�n a la meditaci�n. Escoltada por cuatro enormes budas dorados, la instructora me ha explicado que eso de dejar la mente en blanco es una tonter�a: la meditaci�n es atenci�n voluntaria, no permitir que nos saquen de nuestro camino. El desarrollo, digo yo, de una resistencia que s�lo crece cuando todo est� perdido. Ya ven...Columna terminada.
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