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La Lectura

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Ece Temelkuran y un mundo donde todos somos "extraños" pe...
Alberto di Lolli · 2026-04-13 · via La Lectura

Actualizado

"Te escribo porque necesito un hogar". Esta afirmación resume los ejes del nuevo ensayo de la periodista y escritora turca Ece Temelkuran (Esmirna, 1973). Una obra sugerente y ambiciosa sobre las distintas formas de concebir un "hogar", sobre las múltiples maneras que hay de perderlo, y sobre las ideas o el tipo de comunicación que permitirían recuperarlo.

Estructurado como una serie de cartas al lector, el libro recoge las experiencias y reflexiones de Temelkuran entre 2022 y 2025. La mayoría de las misivas están redactadas entre Hamburgo y Berlín, sus principales lugares de residencia durante ese tiempo; también hay calas en Zagreb, Barcelona, Venecia, Londres o Bruselas, generalmente porque la narradora ha sido invitada allí a dar una charla o a participar en algún evento. También se recuperan vivencias anteriores, empezando por las que llevaron a Temelkuran a abandonar su país tras recibir unas presiones durísimas.

La nación de los extraños

Ece Temelkuran

Traducción de Albert Fuentes. Anagrama. 288 páginas. 21,90 ¤. Ebook: 11,99 ¤

Pero esos recuerdos también están volcados sobre el presente, uno que la autora ve dominado por el auge de la extrema derecha -ella prefiere hablar de "fascismo"-, la crisis climática, el neoliberalismo, los movimientos migratorios y un largo etcétera de procesos que le parecen atrozmente negativos. Esa perspectiva solo se ve reforzada por los acontecimientos a los que va reaccionando mientras escribe las cartas, desde el estallido de la guerra de Gaza a la segunda elección de Donald Trump.

El objetivo de Temelkuran en este ensayo no es tanto comprender ese presente, sobre el que ya tiene una idea muy definida, sino plantear maneras de afrontarlo. Por ello recurre al concepto del "extraño", que proyecta sobre quienes han perdido un hogar físico -ya sean refugiados, emigrantes o personas sin techo-, pero también sobre quienes están perdiendo un hogar político. Quienes no se reconozcan, en definitiva, en las coordenadas ideológicas mayoritarias del presente. Para la narradora, "cuando nuestros valores humanos más básicos no coinciden con la cruda realidad de este nuevo orden mundial, nos convertimos en personas sin un hogar moral".

Temelkuran se presenta en ocasiones como una emisaria del futuro: considera que hasta los lectores más aparentemente "arraigados" pronto vivirán y sentirán cosas parecidas a las que ella cuenta. Así, ilustrar los rasgos que unen la muy diversa fenomenología de la desposesión ayudaría a que todos esos "extraños" se vayan reconociendo como miembros de un mismo grupo. Uno que, para la autora, podría constituir una nueva mayoría global.

La nación de los extraños tiene muchas virtudes. Están las puramente formales: la prosa de Temelkuran es versátil y transita con fluidez -ayudada por la excelente traducción de Albert Fuentes- entre el registro más convencionalmente político y el íntimo o vivencial. Abundan las metáforas brillantes y unas descripciones de entornos o de personajes muy evocadoras. La estructura de las cartas al lector da agilidad a la lectura, y algunos de los episodios que se relatan resultan conmovedores. El tono alcanza un buen equilibrio entre el pesimismo y la oscuridad, por un lado, y la compasión y hasta el humor, por el otro. Sin embargo, también hay aspectos más problemáticos o peor resueltos. Y confieso de inicio que me resulta incómodo criticar a una autora que ha demostrado a lo largo de su carrera tanto coraje cívico y tanta lucidez moral como Temelkuran. Algunos de los episodios recogidos en este ensayo muestran hasta qué punto ella ha aportado más a la causa de las libertades y de la decencia que la inmensa mayoría de nosotros -empezando, desde luego, por mí mismo-.

Sin embargo, entiendo que la admiración por su trayectoria, el respeto por su trabajo y hasta el haber disfrutado mucho de algunos aspectos de este ensayo es compatible con señalar otros que son más objetables. El uso que se hace del término "fascismo", por ejemplo, resulta tan amplio e impreciso como para perder gran parte de su utilidad. Y aunque este no sea un problema exclusivo de Temelkuran, sí supone un lastre para algunos de los análisis que se plantean en estas páginas. Esto ocurre sobre todo cuando se asevera que ciertos procesos o fenómenos son "típicos" o "propios" del fascismo, cuando está claro que no son exclusivos de él; el fascismo histórico no inventó ni la xenofobia ni la manipulación política del lenguaje, y tampoco supone la matriz última de todo mecanismo autoritario moderno -¿eran "fascistas" los muy represivos regímenes comunistas de Europa del Este?-.

El deseo de homologar las distintas amenazas políticas que preocupan a Temelkuran también conduce a cierta brocha gorda: dar a entender que tanto Erdogan como las derechas radicales europeas forman parte de un mismo movimiento "fascista" global implica pasar por alto diferencias tan sustanciales que uno acaba dudando de la validez del análisis. Entiendo que Temelkuran quiere animarnos a ver el bosque en vez de los árboles, pero es posible que donde ella ve un único bosque haya más bien varias arboledas distintas. Y ni siquiera especialmente cercanas entre sí.

El principal problema de este ensayo, sin embargo, tiene que ver con una suerte de indiferencia hacia aquellos lectores que no compartan de inicio las tesis de su autora. Hay algo contradictorio en un texto que, por un lado, pretende articular una "nueva mayoría" y señalar experiencias universales -"Todos estamos perdiendo nuestro hogar de una forma u otra. Todos nos estamos convirtiendo en personas sin hogar"-; pero, por el otro lado, no busca dialogar con esa cantidad nada menor de personas que no compartan sus perspectivas sobre el "neoliberalismo", sobre el "fascismo" o sobre el apocalipsis climático.

Resulta frustrante que la admirable capacidad de la narradora de hacerse preguntas difíciles a sí misma, y hasta de exponer con gran honestidad sus dudas y sus fallos, se diluya cuando pasa al terreno más reconociblemente ideológico. Ahí todo se presenta como autoevidente e incuestionable. Una cosa es estar en desacuerdo con un ensayo después de que haya tratado de persuadirte; otra cosa es terminarlo sintiendo que nunca pretendió hablar contigo. Supongo que esto también es un proceso de extrañamiento. Pero quizá no era el que la autora pretendía.