En 'El ejército ciego', Premio Alfaguara 2026, el escritor mexicano nos lleva hasta 1014 para narrar con ironía y comedia, y al estilo de la literatura ejemplar medieval, un episodio real y brutal de la historia de Bizancio

El escritor mexicano David Toscana.
Actualizado
De todos los temas posibles de la literatura, el de la tortura es el que peor soporto, el que siempre intento evitar, y sin embargo la salvajada extrema que da pie a este libro consigue, tras el primer impacto, generar complicidad, gracias al tratamiento que le da David Toscana (Monterrey, México, 1961). Sucedió en 1014, en Constantinopla, cuando el emperador bizantino Basilio ordenó que, en vez de ejecutar a los 15.000 prisioneros búlgaros que habían intentado invadirles, se les hiciera algo infinitamente más terrible: sacarles los ojos y hacerles volver a su tierra.

El ejército ciego
David Toscana
Premio Alfaguara 2026. 240 páginas. 19,90 ¤ Ebook: 9,99 ¤
A partir de ahí, el horror elemental del panorama se ve muy relajado, pues cuando todavía ruedan por ahí los 30.000 ojos perdidos comienzan las bromas, no ya la desdramatización sino la comedia (moderada): algunos de los desojados van tomando la palabra y contando cómo reaccionaron al asunto, qué juegos inventaron, cómo consiguieron encontrar sus casas o reconocer a sus familias, cómo se comportaron éstas al ver que volvían sus hijos, sus padres, sus maridos... vivos pero incompletos, contentos de seguir respirando pero distintos, cambiados, en el fondo otros.
Porque igual que existe la famosa gama de grises, o que el calor y el frío admiten gradación, acaso nos equivocamos al pensar que estar muerto o vivo es algo sin medias tintas: si te sacan los ojos te asesinan un poco, estás algo más muerto que antes.
Ahora bien, lo bueno de no tener ojos es que no se puede llorar, y ésa es la actitud literaria que ha adoptado Toscana: hay destinos tristes entre los soldados invidentes, pero lo que predomina, tomando ejemplo de la literatura ejemplar medieval o de la tradición narrativa de Centroeuropa, es un carnaval amortiguado, con flirteos puntuales con el realismo mágico y, en general, con digresiones ingeniosas y buenas ideas. Ciegos, sí, pero sonrientes.




















