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El Mundo
Mario Canal · 2026-06-24 · via La Lectura

Actualizado

Hay una imagen especialmente bizarra en el vídeo tríptico que encabeza la exposición Ofertorio. Se trata de un mago que extrae del cuerpo de su asistente, tumbada en una mesa que podría ser un altar, un ara antigua, una ristra de longanizas. El mago, por su indumentaria de esqueleto, representa la muerte que en otro momento del vídeo juega a las canicas con un globo ocular. «Puede resultar una exposición incómoda», confirma la artista Greta Alfaro (Pamplona, 1977), que, sin embargo, convierte la muerte y el sacrificio animal en un ejercicio artístico cautivador.

El espacio expositivo invita a tratar ideas elevadas, de tan oscuras que son. Transformado en templo por la artista, la Nave 0 de Matadero Madrid es un sitio de recogimiento humano en el que el visitante se enfrenta a un dolor que penetra mediante la belleza, como sucede en la tradición católica. Aquí, sin embargo, el hombre desnudo y sacrificado para salvar a la humanidad de sus pecados es sustituido por imágenes de cerdos que devoran el cuerpo simulado de la mujer que tenía longanizas en su vientre en el vídeo principal. Suspendido en la penumbra del matadero queda un alegórico sentimiento de venganza y culpa. «Desde los siglos XVIII y XIX hemos sacado de las ciudades todo lo que no nos gusta o nos molesta, lo que duele o huele. Ya sean hospitales, cementerios, mataderos... Hay una desconexión brutal entre lo que comemos y la procedencia de ese alimento, sobre todo la carne animal», afirma Alfaro. «Aquí intento dar una visión más cercana de cómo son las cosas, pero claro, no soy documentalista».

Ofertorio contiene diversas instalaciones que surgen de la oscuridad, rota por una lámpara central creada con cuchillos que reflejan haces de luz rojizos como un sangriento chandelier. «Hemos dividido el espacio pensando en una nave mayor y en capillas laterales, como una iglesia. En la cabecera está lo que sería el altar del templo, tres grandes pantallas con una pieza audiovisual de tres canales», describe la creadora. «También expongo una Venus anatómica de cera del siglo XVIII, que funciona como una imagen religiosa, y a los lados hay dos cortinas hechas con huesos de animales unidas mediante lazos y bordados. En general, toda la exposición tiene este contraste entre algo muy delicado y muy precioso con algo muy crudo».

La trayectoria de Alfaro está llena de obras visuales inquietantes y de exposiciones donde la celebración, el rito y la escenografía barroca tienen un peso clave. «Más a nivel conceptual que estético, porque en el fondo soy muy austera, como los pintores Sánchez-Coltán y Zurbarán», matiza . «Pero sí, el Barroco me interesa porque creo que aún vivimos bajo su influjo, bajo el engaño de las apariencias. El poder nos tiene seducidos a través de los sentidos».

Las redes sociales adictivas, las publicidades bellísimas, los envoltorios perfectos que esconden productos menos inocuos de lo que pensamos. La realidad actual sería un germen constante de imágenes que no permite la reflexión «y vende todo tipo de ideologías sin que te des cuenta», afirma Alfaro. Si la estética sobrecargada y perfecta del Barroco sirvió al poder para mantener su dominio cultural, político y religioso, el presente no sería muy diferente.

«Otros temas que me interesan de ese periodo son el del Teatro del Mundo (Theatrum Mundi) o el tratamiento artístico de la fragilidad y la vulnerabilidad de las cosas y la vida, que a veces he utilizado como referentes a nivel visual», explica Alfaro, que en sus vídeos ha introducido animales, como aves de rapiña o elegantes caracoles que precedían la decadencia doméstica, generando una profunda disrupción en situaciones cotidianas.

"Hay una separación muy grande entre el mundo donde se consumen las cosas y el mundo donde se producen"

En 2016, en la sala de exposiciones valenciana de La Gallera, Alfaro dispuso en un espacio semicircular, "como eran lo teatros de entonces", apunta, centenares de copas de cristal llenas de vino tinto distribuidas en una estructura de baldas que podía ser el elegante expositor de una boutique de lujo, todo impecablemente blanco. Durante el periodo que la muestra se mantuvo abierta los visitantes usaban una pistola para disparar a las copas, que podíamos asemejar a cálices, haciéndolas añicos y derramando su líquido sanguíneo. A su vez, los vándalos con pistola estaban siendo observados por cámaras de vídeo y otros visitantes desde la parte superior de la instalación. "En el barroco se usaba mucho el juego de espejos, la imagen dentro de la imagen", recuerda la artista.

La exposición en Matadero Madrid es muy diferente a nivel estético, pero mantiene algunas de las claves que Alfaro desarrolla habitualmente. El rito, la celebración y lo colectivo, algo que en Ofertorio -donde no hay fotografías a pesar de presentarse en el marco de PhotoEspaña- se vincula a la cultura rural de la España vaciada. «He involucrado a una cofradía de tambores (que aparece en el vídeo), a una granja de cerdos y a gente de una escuela de teatro cercana», añade la artista, que vive en una pequeña localidad navarra. «Hay una separación muy grande entre el mundo donde se consumen las cosas y el mundo donde se producen. Me pareció importante darle protagonismo porque siempre se habla de la contemporaneidad como si estas zonas rurales no vivieran en lo contemporáneo».