
























Me llamo Anamari y soy guía turística. No ocurre así en el plano de la realidad desde el que lo tecleo, afuera los bloques de ladrillo rojo y toldos verdes, adentro yo frente al portátil, viviendo con otro nombre y otra profesión. Pero existió un mediodía en el que me senté en un banco, y me convertí en Anamari, guía turística. Había viajado cuatrocientos kilómetros para un encuentro en un instituto, y debía esperar varias horas al autobús desde el que conectaría con el tren a mi ciudad. Una garita con algunas sillas de plástico servía como vestíbulo; sobre la única dársena, un porche, y de fondo el hotel del pueblo. A pocos metros del cuarto -de la estación, anunciaba el cartel- un puente, y bajo el puente un río, y antes del río y del puente dos bancos que recibían toda la luz destinada a aquel lugar, en aquel instante justo.
Me senté en el banco desde el que vigilar el autobús. Guardé la bufanda en la mochila, dejé en el suelo la mochila -una de las correas en torno al pie: qué ternura-, cerré los ojos: la espalda en el respaldo, las piernas estiradas; busqué el sol. Permanecí así unos minutos, abrí los ojos, abrí la mochila y saqué el libro del trayecto de ida: página, página, página. Un hombre -algo más de setenta años, calculé- avanzó hasta el otro banco, y se sentó en el extremo, a pasos del río; a los minutos le siguió una mujer de la misma edad, apoyada en un hombre de cincuenta y pocos. Reclamó el mayor: aquí, vente aquí. Ella se zafó del brazo del más joven, contestó que no, que con la mujer esta, y entendí que se refería a mí, y que me integraba en la escena: padre y madre e hijo, supuse, y yo.
¿Puedo? Respondí que sí, que por supuesto. El marido la animó, aquí mejor, aquí; el hijo permaneció de pie, a distancia escasa de nosotras. La mujer suspiró: ¿habían abierto ya el hotel? Rondando la estación -pensando dónde entretenerme, cómo- había distinguido actividad en el restaurante de la planta baja, y le expliqué que sí, que creía que el bar funcionaba. ¿Pero lo han inaugurado ya? El edificio se había varado en los ochenta, la tipografía de los carteles, la fachada embellecida durante décadas con capa de pintura sobre capa de pintura. Me parece que sí, escapé como pude, y comprendí lo que sucedía. Ya el hijo se había sentado junto al padre, la espalda en el respaldo, las piernas estiradas, los cuatro imitando esa obra de Hopper: Gente al sol.
Ella empezó a contarme: dónde había nacido, dónde vivía. ¿Conoces Madrid?, me preguntó: sí, soy de allí. ¿Conoces el Retiro? ¿Conoces la calle de Alcalá? Tengo casas en el Retiro, tengo casas en la calle de Alcalá. Enumeró otras ciudades al norte y al sur, en las islas, en las que disponía de propiedades que solía visitar. Conforme parloteábamos me fijaba en ella: el pelo recién teñido y bien peinado, el pintalabios rosa, el anillo de casada y una pulserita de plata, asomando bajo el abrigo un jersey verde. Eres guía turística, y yo intenté negarlo. Te llamas Anamari, y yo corregí con mi nombre, y ella me interrumpió: Elena es muy bonito, Anamari. ¿Había visitado la ciudad? Entendí que se refería a la capital de la región, mi destino siguiente. Explicó: hay un paseo allí, grande, precioso, con muchos bancos como este. Me dije que habría muchos bancos pero no como este, al sol, cerca del río y del puente, ante el hotel de los ochenta y la estación de autobuses, con ella y conmigo.
"Ella hablaba, hablaba, hablaba: los pisos, el río, la ciudad, las fábricas, los sombreros, el arroz con pescado en los días del mar... Las palabras, la ficción mitigando su realidad"
Pero para entonces me prevenía de la alarma que sonaba a las doce en la ciudad, para avisar del almuerzo de las fábricas; que las mujeres se agolpaban en la valla para llevar el almuerzo a los maridos. Me recomendó un pueblo vecino en el que comprar sombreros; lo busqué más tarde, y descubrí que no mentía. Con disimulo, para que no se ofendiera, yo miraba de vez en cuando la pantalla del teléfono, por si me tocaba regresar a la dársena. Ella hablaba, hablaba, hablaba: los pisos, el río, la ciudad, las fábricas, los sombreros, el arroz con pescado en los días del mar, las palabras, la ficción mitigando su realidad. Yo miraba también de reojo a los dos hombres, ambos en silencio, los ojos cerrados buscando el sol. A veces uno de ellos cambiaba de postura, se aseguraba de que continuásemos allí, y recuperaba la tranquilidad -un paréntesis, una grieta en su plano de la realidad- antes de que se les escapara.
Faltaban unos minutos para que llegase mi autobús, y poco a poco me orienté hacia la despedida: algún balbuceo, el cuerpo girado hacia ella, encantada de haber charlado con usted, sin brusquedad. Vente cuando quieras a mi casa de Ibiza, Anamari. Agradecí la invitación, y le prometí que no tardaría. En los pasos entre el banco y la dársena sentí una tristeza honda, una pena grande -también injusta- por la mujer, el marido, el hijo. Esperando a subir, lejos del sol y de los bancos al sol, el frío se colaba por la tela, fría la piel y fríos los huesos. El autobús dejó atrás el hotel y la estación, los bancos: los hombres se habían movido junto a ella, el marido a un lado y el hijo al otro, los rayos del sol como en una epifanía.
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