Libros
Narrativa
La escritora b�lgara recoge en 'Al lago' un c�mputo de relatos de viajes y memorias familiares que recuerdan que el paso del tiempo no es algo de lo que huir

Marta Reb�n
Actualizado
El viaje como n�stos, el regreso al origen para reconocer lo que all� queda, es una de las formas m�s antiguas de la literatura del desplazamiento, y la que mejor describe Al lago, d�ptico balc�nico junto con Frontera -donde Kapka Kassabova explor� el territorio compartido por Bulgaria, Turqu�a y Grecia-, que tiene parentesco con Cordero negro y halc�n gris, de Rebecca West. Aqu� la viajera se reconoce -leemos en la dedicatoria- en la estirpe de "los hijos de los exiliados y refugiados de todas partes" que se lanzan al "camino a los or�genes". En la familia de Kassabova han emigrado cuatro generaciones seguidas de mujeres: del Reino de Yugoslavia al Reino de Bulgaria, de all� a Nueva Zelanda y luego a las Tierras Altas de Escocia.

Al lago
Kapka Kassabova
Traducci�n de Cristina Lizarbe. Armaenia. 450 p�ginas. 24 �
Y el suelo del que parte el linaje, la regi�n del lago Ohrid, ha mudado a�n m�s veces de orden pol�tico: imperio romano, bizantino, b�lgaro, serbio, otomano, reino de Yugoslavia, rep�blica socialista yugoslava, y hoy Macedonia del Norte, que, junto a Albania, "ha conseguido aferrarse, muy por los pelos, a la vieja costumbre de la tolerancia". Personas y lagos -el vecino Prespa ocupa la segunda parte del libro- comparten la condici�n de haber sido sucesivamente de muchas naciones sin moverse. El viaje, pues, como excavaci�n doble: del terreno y de los paisajes interiores de quienes lo heredan, pues "los muertos abren los ojos de los vivos".
Para saber m�s
El arco temporal de Al lago es extenso. Si hay un hito de esplendor es la V�a Egnatia, la calzada que Roma traz� en el siglo II a. C. para enlazar el Adri�tico con el B�sforo, convirtiendo la regi�n en el "centro neur�lgico de los Balcanes". La autora insiste en ampliar la idea reductora de los Balcanes como la antigua Yugoslavia. Sobre ese eje se levantaron iglesias rupestres, caravasares isl�micos y tekkes derviches, un palimpsesto cuyas ruinas Kassabova rescata todav�a. Este rinc�n fue durante siglos un crisol, no siempre sin�nimo de violencia �tnica, y corren peligro (este y otros) cuando surgen nuevas formas de nativismo.
Hay tambi�n una escala que el libro no deja olvidar: el Ohrid y el Prespa, conectados subterr�neamente, son los lagos m�s antiguos de Europa, y el primero quiz� sea el segundo m�s viejo del planeta. Hablamos de millones de a�os, escala geol�gica antes que hist�rica. Frente a esa duraci�n, los imperios y los linajes palidecen, las fronteras son un trazo reciente, los totalitarismos un episodio fugaz. Kassabova los lee en clave junguiana, como topograf�a de la psique comunicada por las aguas subterr�neas: lo visible y lo oculto enlazados por los manantiales k�rsticos. Son tambi�n testigos de una duraci�n que excede la historia humana.
Sobre este triple fondo -geneal�gico, civilizacional, geol�gico- se proyecta el diagn�stico moral del libro, el patr�n que Kassabova identifica como un trauma transgeneracional sin procesar: el pat�geno que envenen� la psique balc�nica es el imperativo moderno de la "fragmentaci�n", el nacionalismo que exige pureza etnorreligiosa (o ideol�gica) donde antes hubo mezcla. El clich� de los "odios ancestrales" queda as� desplazado por una etiolog�a m�s reciente y pol�tica, que el libro no se limita a enunciar. Kassabova la encarna, por ejemplo, en un barquero alban�s cuya familia qued� estigmatizada tras la huida del padre y se vio forzada a vivir en los establos g�lidos de un antiguo campamento militar: "Abandonad toda esperanza", dec�an las penas inhumanas del r�gimen de Hoxha.
"Toda mi vida me he sentido atra�da por las personas y los sitios da�ados", confiesa Kassabova. Esa atracci�n da al libro su br�jula moral, lejos del cinismo y de la estetizaci�n de la violencia. El agua del Ohrid, alimentada en secreto por los manantiales k�rsticos que descienden desde el Prespa, contin�a filtrando la memoria acumulada, sea luminosa u oscura. La historia, nos recuerda Kassabova, no es un accidente del que podamos huir. Es una herida que solo la compasi�n puede sanar.





















