






















Buena parte de la historia de la humanidad se condensa en unos pocos libros. Podemos enumerarlos: la Ilíada y la Odisea, el Pentateuco y los Evangelios, la Bhagavad Gita y el Tao te King, la Divina Comedia y el Quijote, Shakespeare y el viejo Virgilio... En el Génesis, el relato mitológico que inaugura la Biblia hebraica y, a su vez, uno de los textos más antimitológicos que se hayan escrito, se percibe la línea fina que une el misterio con la paradoja o la grandeza ética con las miserias del hombre. De fondo, la Historia en mayúsculas, antes incluso de que fuera escrita.

Laura Spinney
Traducción de Yolanda Fontal. Crítica. 352 páginas.
21,90 ¤. Ebook: 10, 99 ¤.
Acudamos al undécimo capítulo del Génesis, donde la soberbia de los habitantes de Sinar levantó una torre cuya cúspide pretendía alcanzar el cielo. «Por aquel entonces toda la tierra hablaba una sola lengua y con las mismas palabras», leemos, antes de que Dios interviniera, confundiese su lengua y dispersase a los hombres. George Steiner, en su monumental Después de Babel (1975), interpretó este conocido mito no como una simple genealogía de la diversidad lingüística, sino como la parábola fundacional de la condición humana, tanto en su rica pluralidad como en el inevitable corolario de la traducción, siempre necesaria, siempre imperfecta.
Ningún matiz se traslada intacto de un idioma a otro o de una época a otra. La periodista Laura Spinney, con el título de Lengua madre. Una raíz ancestral que dio forma a nuestro mundo, nos ofrece un fascinante estudio que se lee como el reverso exacto del relato bíblico. Allí donde el Génesis narra la fragmentación de una lengua primordial, Spinney analiza la difícil reconstrucción posterior y describe cómo un idioma, hablado hace unos seis mil años por un puñado de pastores de las estepas pónticas, se extendió en todas direcciones hasta terminar forjando la gramática de medio mundo.
Si Babel es la historia de una pérdida, Lengua madre es la crónica arqueológica y lingüística de la resurrección de una lengua extinta. Hablo, por supuesto, del protoindoeuropeo, del que descienden la inmensa mayoría de las lenguas habladas en Europa, América y buena parte de Asia. Gracias a los más recientes avances en arqueología, lingüística y genética, y a una amplia investigación, Spinney recorre la historia singular de un idioma milenario que llegó a convertirse en la columna vertebral de nuestra identidad.
Su indagación pasa por las estepas de Eurasia, donde surgió -entre distintos clanes de pastores yámnaya- una especie de lingua franca que se expandiría al mismo ritmo que la domesticación del caballo, el uso de la rueda y el poder militar del carro de combate. Las ventajas tecnológicas, unidas a migraciones más o menos violentas, y la condición de idioma puente entre distintos pueblos y distintas culturas, sostuvieron el proceso de crecimiento del protoindoeuropeo: una especie de código fuente que ha viajado en el espacio y en el tiempo, mutando y transformándose hasta generar una asombrosa diversidad idiomática.
El libro alcanza precisamente su punto álgido cuando recorre sin miedo esta variedad compartida: palabras como pita, del sánscrito, que deriva en el latino pater, el español padre o el inglés father. Otros muchos ejemplos, del latín y el sánscrito, se emparejan por su etimología compartida, como domus / dam (casa u hogar), deus / deva (dios), mater / mata (madre), septem / sapta (siete) y rex / raja (rey). Son fósiles que perviven hoy en día, voces que llegan hasta nosotros desde tiempos muy remotos.
De lectura sencilla y agradable, en Lengua madre Spinney opta por llevarnos de la mano, como la gran reportera científica que es. Las anécdotas, la crónica de los viajes que realiza, los arqueólogos que conoce y algunos acontecimientos del presente -la guerra de Ucrania, entre otros- se entrecruzan con datos históricos, análisis genéticos o con el último paper. La mayor virtud de este libro consiste precisamente en recordarnos que la historia de las lenguas también es política, geografía, prestigio cultural y comercio.
Son muy interesantes asimismo las páginas críticas que Spinney dedica a las interpretaciones de raíz romántica e identitaria que se han hecho de las lenguas. Así, por ejemplo, citando al lingüista de la Universidad de Chicago Salikoko Mufwene, sostiene que «la etiqueta de lengua 'asesina' refleja una perspectiva muy eurocéntrica, ya que es Europa la que ha hecho del monolingüismo su especialidad. En gran parte del resto del mundo, el bilingüismo estable o incluso el multilingüismo siguen siendo la norma».
Y también: «Europa ha promovido el monolingüismo desde que adoptó la filosofía del Estado-nación en el siglo XVIII, y desde entonces se han reprimido las lenguas y dialectos distintos de los nacionales. Sin embargo, antes de eso, Europa era tan multilingüe como el resto del mundo y como nuestra especie durante la mayor parte de su pasado». Hay algo muy hermoso en el cultivo de esta complejidad lingüística que nos permite habitar varios mundos a la vez sin salir de nuestro propio ámbito geográfico y cultural.
Antes de finalizar, conviene volver por un momento a Babel. En una época como la nuestra, en la cual las ideologías vuelven a propiciar identidades más o menos cerradas, este hermoso libro nos recuerda que la torre más alta construida por la humanidad se hizo con sonidos. Y que, contra todo pronóstico, estos fonemas pronunciados hace seis milenios siguen perviviendo en cada palabra que decimos en español, italiano, alemán, inglés, persa, ruso, árabe, alemán, sueco, ucraniano o árabe. Y también se perpetúan en nuestra literatura, en nuestra filosofía, en nuestro horizonte ético, y en nuestra imaginación: en la belleza, en definitiva, que somos capaces de concebir.
Es hermoso pensar, como concluye Spinney que «la lengua más exitosa que ha conocido el mundo fue un híbrido difundido por migrantes que fue cambiando a medida que avanzaba, y cuando dejó de cambiar, murió». No del todo, pues perdura en nosotros. Preservar esta herencia y legarla en buen estado es un auténtico deber.
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