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Nadie duda, ni sus traductores y escoliastas, que de los grandes poetas del siglo XX, Rilke es el gran herm�tico. Y tambi�n, junto a H�lderlin, a quien los lectores otorgan m�s oportunidades, quiero decir, a quien m�s veces vuelven, tratando de descubrir el sentido de tantos de sus poemas. Esto �ltimo no suceder�a si a menudo no los atravesara el fulgor de sus revelaciones. Durante los breves segundos en que dura tal rel�mpago el mundo, nuestro mundo, se completa de un modo maravilloso, antes de volver de nuevo a la oscuridad donde brotaron, donde vivimos casi de continuo.
Rilke, tampoco lo duda nadie, es un poeta dif�cil. Acaso por ello sea tambi�n un poeta para poetas. La lista de sus hermeneutas y traductores no ofrece dudas: Domenchina, Jaime Bofill, Gerardo Diego, Jaime Ferreiro, Francisco Ayala, Juan Rulfo, Torrente Ballester, Jos� Mar�a Valverde, Tom�s Segovia, Antonio Pau y muchos m�s, hasta llegar a Andreu Jaume y Adam Kovacsics, que acaban de publicar una nueva edici�n de los Sonetos a Orfeo (Lumen). Los han acompa�ado con algunas de las cartas del propio Rilke a diferentes interlocutores, relacionadas con ese libro.
La dificultad de Rilke procede, en parte, de su traducci�n. Pero no solo: puede extenderse a la poes�a alemana (de Goethe a Heidegger) y su propensi�n a la filosof�a. Asunto al que se refiere AJaume: la distancia entre el original y el castellano es tanta, que les ha obligado a preferir la literalidad a cualquier remedo de medida y rima. Bien lo saben los lectores de Shakespeare y de Yeats, de EDickinson o de Ajm�tova. No hay correspondencias entre esas lenguas y la nuestra, como s� se dan en las rom�nicas entre s�. Fernando Guti�rrez, tambi�n poeta, ide� un verso de diecis�is s�labas que restauraba el hex�metro hom�rico admirablemente (�Canta, diosa, la c�lera aciaga de Aquiles P�lida / que a los hombres de Acaya caus� innumerables desgracias). Pero es caso raro.
Otro cantar es la rima... Intrasferible siempre. D�galo Heine, cuyas tonadas, cimiento sentimental de la Alemania rom�ntica, se evaporan lejos de sus fronteras (como tantos poemas de Machado o de Lorca fuera de las nuestras: �Mis ojos en el espejo / son ojos ciegos que miran / los ojos con que te veo�, �Verde que te quiero verde. / Verde viento, verdes ramas. / El viento sobre la mar / y el caballo en la monta�a�).
Y estos sonetos de Rilke est�n en alem�n, desde luego, rimados. Muy rimados, podr�amos decir. Sobre la estructura estr�fica cerrada de un soneto, la rima viene a candarlo a�n m�s. Las rimas, como bien sab�a Unamuno, que tanta fe les ten�a, llevan al poeta adonde no siempre pensaba ir, obrando en su poema milagros ins�litos de sentido nuevo. Para cualquier traductor de poes�a prescindir de esos hallazgos es una dificultad a�adida a su trabajo. Han hecho bien AJaume y Kovacsics centr�ndose en el fondo mitol�gico y filos�fico de estos sonetos �rficos, al margen de la medida y de la rima.
Rilke, amigo de George y Hofmannstahl, los �ltimos simbolistas, renunci� tambi�n al car�cter sentimental de la poes�a que se ven�a escribiendo en Europa: sus Eleg�as de Duino (sin las que no se entender�an estos Sonetos a Orfeo ni, ya puestos, el JRJ de �Espacio�) se enfrentaron al desencanto del mundo de quien descubre que la belleza es verdad, y la verdad, belleza, pero tambi�n tragedia, �lo terrible� (el pr�logo de AJaume es antol�gico e imprescindible gu�a; solo por esas p�ginas querr�s a�adir a otras versiones anteriores esta suya).
Si Orfeo regres� de los infiernos para traernos su consoladora, dionis�aca, experiencia (el canto vence a la muerte), nosotros, a�o tras a�o, volvemos a este misterioso Orfeo. Ese ser mitol�gico que nos invita a transformar la eleg�a en himno; la naturaleza, en esperanza; y el sue�o, en libertad y danza perpetua. Tal y como JRJ lo expresar�a a�os despu�s, Rilke fue quien primero descubri� en cada uno de nosotros nuestro �animal de fondo�, cerrando as� el c�rculo virtuoso que inici� Orfeo la noche que amans� con su canto a las fieras. Y Rilke suena en esta traducci�n nuevo y distinto. Una vez m�s ha vuelto uno a nuestro amado herm�tico de cabecera, s�. Y de all� hemos regresado un a�o m�s deslumbrados para seguir a ciegas.
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