
































Aldo Cazzullo escribe en Francisco (editado en España por Harper-Collins): «San Francisco no hace milagros. O, al menos, ese no es su rasgo distintivo. Se le han atribuido muchos, por supuesto. En Narni cura a un paralítico y devuelve la vista a una ciega. En Gubbio sana a una mujer con las manos deformes. [...] A veces, más que milagros son gestos de amabilidad». Y continúa: «En ocasiones, Francisco se muestra reacio, indeciso. En particular, cuando le piden un exorcismo». Tras uno de esos duelos contra el diablo, uno exitoso, «el santo se sonroja por la vergüenza y huye enseguida».
A menudo, San Francisco aparece nombrado así en las páginas de Cazzullo: Francisco, sin el San delante. Y ese dato es relevante, porque el Francisco de Cazzullo es, en resumen, un libro laico, a medias biografía y a medias ensayo filosófico sobre la pobreza, la libertad, el amor, la igualdad y la alegría. O sea, los temas vitales de Francisco. Cazzullo, vicedirector del Corriere della Sera y autor de los exitosísimos El imperio infinito y El Dios de nuestro tiempo, presenta al hombre que nació como Giovanni di Pietro di Bernardone en 1182 como a un hijo de su tiempo y, a la vez, como a una figura atemporal, comparable a Buda y a Jesús.
¿De qué tiempo hablamos? «Fue una época grandiosa y terrible», dice el autor. «Entre el centro del medievo y el alba del mundo moderno. Francisco vivió en el mismo tiempo que Saladino, Gengis Kan, el emperador Federico Barbarossa y el del rey Federico II de Sicilia, Stupor Mundi. Fue el tiempo en el que renacieron las ciudades, el que alumbró las universidades, los bancos, el dinero... Fue la época de las cruzadas y de la obsesión por el heretismo. A Francisco también lo vieron como a un hereje. Quizá lo fuera porque, como Jesús, decidió vivir en la pobreza en el tiempo de las finanzas».
El relato vital de Francisco es importante. Su nombre es una derivación de la palabra francés, porque su padre, Pietro Bernardone, era un hombre de negocios con intereses al otro lado del río Ródano. Aquel padre fue una figura oscura y revulsiva en la historia del santo. Cuando Francisco malvendió unos tejidos valiosos de la empresa familiar para donar el dinero a los pobres, Pietro lo denunció y anunció que quería desheredarlo. Francisco se desnudó entonces ante el tribunal y contestó que era él el que se despojaba de todas las riquezas.
«Francisco eligió la pobreza no por la virtud del sufrimiento, sino porque esa fue su forma de ser libre. 'No tengas nada que perder, nada que conservar, no te creas mejor que nadie y esa será tu forma suprema de libertad'. Así pensaba. De modo que la libertad, en su forma de concebirla, tiene su origen en la igualdad», analiza Aldo Cazzullo. «Y la igualdad de Francisco aparecía en una sociedad que estaba hiperjerarquizada, desde el rey hasta el leproso pasando por el aristócrata, el burgués y el campesino. Francisco no aceptó jamás ese esquema. Dijo que todos somos iguales, ricos y pobres, hombres y mujeres, enfermos y sanos. Todos somos hermanos».
El Dios de nuestros padres (Harper Collins, 2025), el penúltimo libro de Cazzullo publicado en España, también seguía un guion parecido. En sus páginas, el autor ofrecía una guía sobre el Antiguo Testamento que trazaba relaciones entre el libro fundacional de las tres grandes religiones y el mundo contemporáneo. ¿No fue el regateo entre Dios y Abraham la fundación del Derecho Penal contemporáneo? ¿No fueron los 10 Mandamientos un contrato social como las constituciones del siglo XIX? ¿No es Gaza el mismo lugar en el que el pueblo de Israel peleó con sus enemigos en una guerra dirigida al mutuo exterminio?
Ahora, Cazzullo dice que la figura de Francisco es muy atractiva para el mundo contemporáneo por su intuición moral. «Esa imagen de la libertad vinculada a la pobreza y a la igualdad es una idea muy potente en esta época del narcisismo», dice el autor. Hay más: «Francisco dice que el poderoso no debe buscar el aplauso del pobre, sino su bien. Es lo contrario del populismo. También dice: 'Cada uno debe recibir según su labor, no por su auctoritas'. En el tiempo de los bonus millonarios para ejecutivos, es una idea ciertamente profética».
¿Y el tópico del santo que juega con los pajaritos y se maravilla con el rocío de las mañanas? «El amor por todas las criaturas tiene un significado profundo porque es el amor a la creación de la que somos todos parte. Somos parte del mismo diseño que hizo Dios, nos dice Francisco. Y esa es otra idea muy moderna. Nadie se salva solo, todos somos parte de la creación y destruir la creación es destruirnos a nosotros mismos. Creo que eso también tiene que ver con nuestro mundo. Llamar a la muerte hermana es algo formidable. En el mundo posthumano en el que Elon Musk, Peter Thiel y Vladimir Putin viven obsesionados con la inmortalidad, aceptar la muerte es un gesto de generosidad».
"La imagen de la libertad vinculada a la pobreza y a la igualdad es muy potente en esta época del narcisismo"
Francisco fue también, entre otras cosas, un santo de la rebeldía. En una época de quiebras y heterodoxias, en la que otros movimientos cristianos que defendían la pobreza y el inconformismo, como los cátaros y los valdenses, cayeron del lado de la herejía, Francisco puso a prueba a papas, cardenales y obispos y salió más o menos indemne. Supo jugar sus cartas. En 1210 viajó a Roma, se postró ante Inocencio III y logró su protección. Para el Papa, Francisco y sus seguidores significaron una oportunidad de hacer suyo el mensaje de sus críticos sin perder la batalla.
«Nunca habló contra los ricos. Tampoco contra la Iglesia oficial. Pero quiso crear una comunidad de laicos, de iguales en vez de una orden religiosa. Nunca llegó a ser sacerdote ni quiso liderazgos. Asumió el riesgo de ser considerado hereje y, cuando le presionaron para que dejara su preeminencia, se fue a los Alpes a hablar con Dios y a meditar en los prados», cuenta Cazzullo. «Habló del amor, de la felicidad, del cuerpo y de la alegría en un momento en el que los temas del mundo eran la muerte, el pecado y el infierno. Habló de la risa aunque, a la vez, fuese un hombre de grandes enfados».
El Francisco de Cazzullo es también una biografía en la que aparecen personajes secundarios y subtramas: está la madre, Pica, bondadosa y paciente; están los amigos, Bernardo y Clara, que proyectaron el legado de Francisco hasta nuestro tiempo; están los enemigos, los gibelinos de Perugia contra los que combatió en nombre de la independencia de Asís y que lo hicieron preso durante un año entero; están los sueños de grandeza, de ser un hombre de acción, un soldado, un cruzado... Y está la muerte, descrita como la de un santo. San Francisco de Asís murió en 1226, a los 44 años de edad, en la capilla de la Porciúncula, el lugar en el que había empezado su camino como reformador del cristianismo. Estaba casi ciego y enfermo y en sus manos y pies tenía heridas que han pasado a la historia como estigmas crísticos.
"En el mundo posthumano en el que Musk y Putin viven obsesionados con la inmortalidad, aceptar la muerte es un gesto de generosidad"
Sólo queda algo por contar: Aldo Cazzullo escribe en su libro que Francisco fue el gran santo de Italia y que fue, quizá, el primer italiano de la historia. ¿Se anima a comparar al santo de Asís con San Ignacio, en la hipótesis de que el fundador de los jesuitas ha sido el gran santo español? «Ignacio y Francisco fueron fundadores. Crearon algo donde no había nada. Hoy nos parecen figuras opuestas, pero la paradoja es que el primer Papa jesuita de la historia decidió tomar el nombre de Francisco, ser el primer Francisco entre los Papas. Es un dato impresionante, porque a Ignacio y a Francisco se les puede explicar por oposición. Ignacio buscaba el monopolio de la cultura. Francisco, en cambio, desconfiaba de la cultura y de los libros. De hecho, prohibía terminantemente que sus seguidores tuvieran libros. Un fraile le pidió permiso para tener un libro de salmos y Francisco le dijo: 'No. Porque si hoy tienes un libro de salmos mañana querrás tener el breviario y pasado, tus hermanos codiciarán tener los suyos'. En realidad, su desconfianza era un rechazo al libro como objeto de lujo. Los libros eran una cosa de ricos y Francisco veía en ellos la soberbia de la posesión material».
«Si me habla de santos españoles, puede que Francisco, al menos en su juventud, se fijara más en Santiago Matamoros», termina Cazzullo.
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