En un libro que no es novela, ensayo, ni poesía, sino más bien un cuaderno, va comentando aspectos de esa forma única que tienen los niños de mirar la realidad y usar el lenguaje

La escritora chilena María José Ferrada.
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Francisco Giner de los Ríos fantaseó alguna vez con la idea luminosa de que los niños, en el fondo, no son del todo humanos, no todavía. Hasta los ocho o nueve años, cuando todo se echa a perder, mantienen cierta conexión con una sabiduría cósmica que luego pierden sin advertirlo, al incorporarse plenamente al mundo. Eso explicaría por qué todos los niños son genios, y cómo hay zoquetes que hicieron a los cinco años dibujos maravillosos. Y esa intuición complementaría la idea de Ana María Matute en Olvidado rey Gudú: todos somos niños que no murieron y, sin embargo, ya no existen.
María José Ferrada (Temuco, Chile, 1977), a quien deberemos siempre esa novela perfecta titulada Kramp, y que prestigiosa autora de literatura para niños, relee ahora Infancia en Berlín hacia 1900 de Walter Benjamin (pero también Peter Rabbit o Donde viven los monstruos) para proponer sus propias intuiciones sobre esa sensación de que la infancia es algo que un día se separa de nosotros para siempre. En un libro que no es novela, ensayo, ni poesía, sino más bien un cuaderno, va comentando aspectos de esa forma única que tienen los niños de mirar la realidad y usar el lenguaje.
Ferrada habla de patrones y de heterodoxias en los cuentos tradicionales, deplora el adoctrinamiento tácito de algunas historias, refuta sutilmente la etiqueta de «menor» que arrastra la literatura para niños o, con una exactitud emocionante, sugiere que la propia infancia es en sí un juguete o se refiere a la alegría de poder afirmar que «tengo la dispersión a mi favor». Da igual que suene paradójico: no hay nada peor que infantilizar a los niños.

Apuntes sobre una enciclopedia mágica
María José Ferrada
Los tres editores. 148 páginas. 16,90 ¤












