
























Alba Mu�oz
Actualizado S�bado, 18 abril 2026 - 15:27
Si el est�mago es un segundo cerebro, las aguas residuales de la ciudad son nuestro retrato accesible m�s exacto. De lo que somos, no de lo que decimos ser. Como una gran foto de familia tomada a nuestras espaldas. Si fuera por m�, recolectar�a muestras de agua del Danubio, del Bes�s, el T�mesis, el Sena, el Manzanares, el Volga.
Las analizar�a durante meses y sacar�a mis conclusiones. Imagino una mezcla de heces, fluidos humanos y micropl�sticos, aderezada con aditivos y drogas, legales e ilegales.Todo el mundo dice que todo el mundo se droga. A veces en los bares, a menudo v�a camello, cada vez m�s con receta.
El policonsumo se ha convertido en una estrategia de supervivencia y adaptaci�n al medio. Un chico que acompa�a a j�venes drogodependientes me cont� que viene observando un cambio. Antes, los j�venes tomaban sustancias estimulantes para salir de fiesta, provocar o alargar el subid�n de la vida. Ahora muchos buscan el efecto contrario: consumen sustancias anestesiantes,pasajes expr�s para el alivio y la desmaterializaci�n. A mi alrededor, el consumo de antidepresivos florece con la primavera.
La desesperaci�n y la ansiedad cronificada se deshacen gota a gota como la nieve de las cimas. Hay sonrisas revoloteando aqu� y all�, voces que fluyen como riachuelos nuevos. Pero siempre hay quien se hace la pregunta, aunque �sta se diluya pronto en su cerebro: �Est� bien estar bien en un mundo que est� mal? Calmar el sistema nervioso parece tener sentido, permite apearse de un hurac�n que no deja respirar ni pensar con claridad.Pero estar bien tambi�n es estar tranquilo, ser productivo y sentirse medianamente a gusto en el avance de la muerte y el sinsentido.
Cuenta Rebecca Solnit en su ensayo Las Rosas de Orwell que en la izquierda nunca han escaseado quienes afirman que es insensible e inmoral disfrutar mientras otros sufren, �y siempre habr� en alg�n lugar otros que sufran�. Seg�n la escritora, esta es una postura puritana que da a entender que una persona solo puede ofrecer su austeridad o su tristeza a quienes lo pasan mal, en vez de una aportaci�n pr�ctica que contribuya a liberarlos. �En esa actitud subyace una ideolog�a utilitaria en la que los placeres y la belleza son contrarrevolucionarios, decadentes y autocomplacientes, seg�n la cual el deseo de disfrutar de ellos deber�a arrancarse de ra�z�.
En enero de 1944, mientras la Segunda Guerra Mundial causaba estragos a su alrededor, George Orwell dedic� su columna en el Tribune a la belleza excepcional de las rosas Woolworths. Al cabo de unos meses, cuando la Royal Air Force redobl� su campa�a de bombardeos sobre Alemania, escribi�: �La �ltima vez que habl� de flores en esta columna, una se�ora indignada me escribi� para decirme que las flores son burguesas�. Pero la diversi�n y el placer puntuales no son el problema, lo es la alteraci�n estacional o m�s o menos permanente del estado de �nimo, suavizar nuestra percepci�n de las cosas, domar nuestra am�gdala del drama. La mano invisible que deshace nuestro nudo interior nos calma, nos ayuda a curar, pero tambi�n nos distrae.
En este sentido, hay otro pasaje en el que Solnit ofrece una posible respuesta, cuando cuenta el impacto que le provoc� el ensayo Vermeer in Bosnia, de Lawrence Weschler. A mediados de los noventa, Weschler pregunt� a un juez del Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia c�mo soportaba escuchar un d�a tras otro los relatos de atrocidades. El juez respondi�: �Siempre que puedo me acerco al museo Mauritshuis, para pasar un ratito con los Vermeers�. Vermeer trabaj� en una �poca asolada por las guerras. Se�ala Weschler que �de la tensi�n de toda aquella violencia (recordada, imaginada, prevista) tratan esas pinturas�, pero en un sentido opuesto, porque tratan de ella siendo su ant�tesis: �Tratan de la paz que anhelamos en tiempos de guerra, de la quietud en medio del tumulto, de la persistencia de lo cotidiano y su belleza�.
A las pocas semanas de empezar por primera vez su tratamiento, un amigo me dijo que no sab�a que se pod�a vivir as�. �As� c�mo?, le pregunt�. Ahora disfruto de los ratos con mi madre, estoy m�s atento a las cosas, dijo. Quiz� pensamos que sufrir significa ser m�s conscientes, pero puede que no sea siempre cierto. Cuando el sufrimiento nos agita en exceso, nos hace perder las cosas de vista. Podemos cegarnos, llegar a sentir que la degradaci�n es imparable, que ya nada vale la pena. Dice Solnit que el arte que no versa sobre la pol�tica del momento puede reforzar una idea del yo y de la sociedad, valores y compromisos, prepararnos para afrontar las crisis de nuestro tiempo. �Incluso la atenci�n minuciosa puede ser en s� misma una especie de sustento�.
La deriva hacia una sociedad adicta y farmacologizada me preocupa, pero tambi�n la imposibilidad sentimental de un futuro. La belleza y el placer espor�dicos infunden una alegr�a fruct�fera, pero a menudo pasajera, actuando como una bebida energ�tica en medio de una marat�n de tristeza. En cambio, la calma y la quietud interior pueden recordarnos la vida que siempre quisimos, recordarnos que �sta sigue siendo posible. Me pregunto si �sta es una forma m�s sostenible de resistencia.
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