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Nicholas Cullinan, director del Museo Británico: "Nuestro...
Sergio González · 2026-05-20 · via La Lectura

El British Museum, en pleno corazón del londinense barrio de Bloomsbury, guarda más de ocho millones de obras y objetos que abarcan dos millones de años de historia humana. Entre esos muros, visitados cada día por unos 16.000 curiosos, laten las contradicciones de una institución tan admirada como cuestionada. A cargo de ese gigante está Nicholas Cullinan (Connecticut, 1977), que en apenas dos años de gerencia ha tenido que enfrentarse a crisis internas, debates políticos y a una pregunta cada vez más urgente: ¿qué lugar ocupan los museos en el siglo XXI?

Cullinan llegó al puesto tras dirigir la renovación de la National Portrait Gallery y no esconde que su misión en Bloomsbury pasa también por un cambio que, dice, es más bien profundo. «Sí, diría que hablar de transformación sería lo correcto», afirma con calma durante su visita a CaixaForum Madrid, donde el museo colabora con la muestra Soy Asurbanipal. Rey del mundo, rey de Asiria. Una calma y templanza a las que se aferra en las polémicas y debates que llevan años ciñiéndose sobre el museo. Expoliación, legitimidad y pertenencia.

Tres incógnitas y disputas que recaen, inevitablemente, en la nueva cabeza del British Museum. Para hacer mella en estos debates, argumenta, es necesario hacer un repaso a los orígenes del museo. Orígenes que se remontan al siglo XVIII y a un nombre: Hans Sloane, el naturalista y coleccionista cuya biblioteca, manuscritos, antigüedades y especímenes de historia natural sirvieron como núcleo fundacional del British Museum tras ser legados a la nación británica en 1753. «El museo nació para ser un recurso abierto», recuerda. «Y desde el principio se pensó en una audiencia internacional. Esa vocación global siempre estuvo que ahí». Hoy, esa idea de lo global tiene una traducción tangible: una red de colaboraciones internacionales de la que, dice Cullinan, casi nadie es consciente.

La describe como «una operación mundial» que, en parte, busca responder a las críticas y debates en torno a la expoliación. El director sabe que el debate sobre los Mármoles del Partenón -reclamados desde hace décadas por Grecia- o los Bronces de Benín, saqueados por tropas británicas en 1897 y cuya restitución reclama Nigeria, sigue siendo el gran campo de batalla. «Intentamos ser honestos sobre cómo llegaron esas piezas», explica. «Y la gente lo agradece. El museo es, literalmente, un producto del imperio. Y no tiene sentido negar el pasado, ni para un país ni para una persona».

Pieza de la exposición 'Soy Asurbanipal, rey del mundo, rey de Asiria', de la colección del British Museum

Pieza de la exposición 'Soy Asurbanipal, rey del mundo, rey de Asiria', de la colección del British Museumefe

La British Museum Act de 1963, sin embargo, impide la devolución definitiva de la mayoría de objetos, lo que deja poco margen de maniobra. Y con ese precedente, se lava las manos: «No es una decisión nuestra», aclara. Y sentencia:«La ley nos lo prohíbe». Ante ese muro, propone una vía intermedia: préstamos a largo plazo y proyectos conjuntos. «No podemos quedarnos quietos. Pero esto va más allá de la propiedad. Es una cuestión de compartir». Las negociaciones con Grecia, revela, siguen abiertas. «Si logramos un avance, será positivo. Pero no pienso pasar 10 años esperando un cambio que quizá nunca llegue. Prefiero hacer cosas que mejoren ahora». Su ahora, de momento, consiste en mantener una relación de colaboración internacional.

El aterrizaje de Cullinan en la dirección del museo se produjo tras el escándalo que sacudió la anterior gestión. En 2023, bajo la dirección de Hartwig Fischer, salió a la luz una red de robos internos: un empleado, Peter Higgs, había sustraído miles de piezas para venderlas online. «Tuvo un impacto enorme», admite Cullinan. «Es lo que ningún museo quiere vivir, pero, aunque suene paradójico, también trajo cambios positivos». El más significativo ha sido la digitalización completa de la colección. «Por primera vez estamos registrando cada pieza. Algunas llegaron hace más de un siglo y nunca se habían inventariado correctamente. En cinco años, todo estará online. Será un recurso global».

Ese impulso reformista cristaliza ahora en su proyecto más visible: un ambicioso masterplan de remodelación integral, valorado en 1.000 millones de libras, destinado a actualizar las instalaciones del museo. Pero la transformación que plantea va más allá de lo arquitectónico. «Se trata de pensar qué puede ser un museo enciclopédico hoy y cómo seguir siendo relevante para todos», explica.

Esa ambición abre inevitablemente la cuestión de la financiación. El plan depende en gran medida de fondos privados. Cullinan defiende mantener la entrada gratuita, aunque reconoce la presión creciente: «La financiación pública baja y los costes suben. Es un desafío mundial». En ese terreno, el British Museum no ha estado exento de controversia. En los últimos años, sus vínculos con grandes patrocinadores -incluidas compañías energéticas como BP- han generado críticas y protestas por parte de activistas y parte de la comunidad cultural, que cuestionan la ética de aceptar financiación de industrias asociadas a la crisis climática.

Cullinan evita posiciones tajantes y apuesta por una lógica pragmática: «Cada caso requiere reflexión, pero necesitamos recursos para seguir abiertos. Esa es la prioridad». Entre dudas y tensiones, defiende el papel del museo con firmeza: «Seguimos siendo profundamente relevantes. Quizá más que nunca».

En un mundo fragmentado, cree que su valor reside precisamente en ofrecer lo que escasea: un espacio común. «Un lugar donde se reúne la historia de la humanidad bajo un mismo techo. Eso hoy es urgente». Su aspiración a largo plazo: cambiar el tono de la conversación. «Quiero que el Museo Británico se vea como algo positivo, libre de la tormenta de críticas que nos acompaña».