






















Anuncios es una novela en la que ficci�n y performance se encuentran, chocan, se confunden. En sus p�ginas, un personaje es observado por una narradora que se declara desde el principio como la autora del libro. �l habla con ella, para ella, pero ella permanece en un silencio sostenido a lo largo de todo el relato, manteni�ndose en un estar ausente y limit�ndose a presenciar los hechos sin intervenir, sin responder.
A trav�s de su mirada muda, entre rob�tica y forense, se conocen las circunstancias de Don, el protagonista, que no es ni un Don Quijote, ni un Don Giovanni, ni un Don Trump, sino un don nadie que es progresivamente expulsado no s�lo de la ciudad de Nueva York en la que vive, sino de un siglo XXI en el que se encuentra perdido y al que no pertenece. Sus dos cuerpos conviven, se tocan, comparten espacio y tiempo, pero las palabras van en una sola direcci�n.
Como si el mon�logo de �l, s�lo interrumpido por las voces de otros, fuera una larga nota de voz grabada con el tel�fono de ella, o registrado por una c�mara de vigilancia puesto en su frente. �l dice y hace, ella escucha y ve, en una divisi�n de roles entre emisor y receptora, actor y espectadora, en un juego de espejos y reflejos con escenas secundarias que generan una polifon�a incierta. Un m�todo secretamente impuesto por ella, en el que todo consiste en participar sin hablar, donde se combina lo fantasmag�rico con lo carnal, la figura del testimonio y la persistencia del stalker.
El t�tulo Anuncios se refiere al tel�n de fondo, a un paisaje inevitable donde los productos habitan escenarios, donde los algoritmos delimitan el horizonte de los individuos, ofreciendo servicios, marcas, ideales y referencias, pilotando la realidad. Este texto tambi�n podr�a titularse Masaje o Concierto para nadie en dos o tres actos y dos o tres intermedios. Una historia que se abre y se cierra con un masaje. El retrato de un m�sico que act�a en su apartamento para alguien que no interact�a y retransmite el show.
Primero un calentamiento, as�, para que el cuerpo se acostumbre a las manos. El cuerpo dice hola, vale, contin�a. Entonces lo empiezo a hacer m�s fuerte. Siempre improviso. �Por qu�? Porque s�. Es como la m�sica, cuando improvisas. No sabes a d�nde vas. Me gusta no saber a d�nde voy. Presionas aqu�, vas por ah�, mueves los dedos as�. �Por qu�? Porque es bueno. Aqu� est�n las cervicales. Esto es muy bueno. T� tambi�n est�s muy buena. Si no te gusta la persona, entonces es un problema. Pero si no te gusta la persona, no lo haces y se acab� el problema.
�En cambio! Si te gusta la persona, lo haces muy bien. As�, como yo. Haces un poco por aqu�, por la espina dorsal, porque est� conectada con todo. El punto principal est� justo aqu�. Ahora vas alrededor. �Expansi�n! Y lo repites al rev�s pero haciendo lo mismo. Esto es para el �xito. Para el �xito en la vida.
Don se r�e, se atraganta y tose.
-Entonces cambias. Pruebas un nuevo estilo. Una t�cnica diferente. Coges un trozo de carne de aqu� y lo transfieres hasta all�. Bien. Esto va muy bien. Ahora haces c�rculos. Despu�s haces c�rculos m�s grandes. M�s c�rculos. Esto significa que vives y no sabes para qu�. Entonces vas despacio. Muy despacio. Staccato. Uno, dos, tres. Aprietas mucho.
Sus manos se quedan quietas.
-Esperas. Un poco m�s. M�s. M�s pausa. �M�s! Bien. Ahora haces una composici�n. Empiezas con un buen tempo. Ligero. As�. Escuchas un momento lo que dice esta zona y contestas. Das unos golpes. No importa si duele. �Percusi�n! Ahora paras, en seco, y vuelves a empezar desde cero. S�. Para que funcione, hay que hacerlo otra vez. Entero. Con m�s intenci�n y sin pensar en las notas. Si estuvieras desnuda ser�a mejor. �Por qu�? Porque yo estar�a m�s inspirado. Pero tambi�n me gusta as�. La pr�xima vez. S�. La pr�xima vez te desnudar�s. Ahora vas hacia los pies. Sin perder el ritmo. Bajas. Es bueno bajar. Las c�lulas de tu cuerpo van m�s r�pido ahora �Continuaci�n! Entonces vuelves. Todo recto, hacia arriba, por las piernas. Haces as�, subes lentamente y, por fin, llegas al culo. �De d�nde lo has sacado? No, lo digo en serio. �Responde! Haces un acento en esta nota. �En cu�l? �En las dos! Ta-ta. Bien. �Contrapunto! Muy bien. Pero desnuda. S�, la pr�xima vez.
Se desliza por el suelo para alcanzar una botella de vino blanco, haciendo crujir los gruesos tablones de madera del parqu�.
-Ahora es un buen momento para el intermedio. Se�oras y se�ores, nosotros volvemos dentro de un rato pero ustedes pueden irse. �V�yanse! Y no hace falta que regresen. Adi�s. No tengo papel. �Me das uno de tus Marlboros? Gracias.
Se frota la cabeza.
-�Te gusta mi sombrero? Es el Stetson gris claro de Darrell Winfield, un cowboy famoso. El Marlboro Man. Pero ahora yo soy el Marlboro Man. A �l lo descubrieron en un rancho de Wyoming. A m� me descubrieron por las calles de Nueva York. �Quieres saber m�s cosas sobre su vida? Yo no s� nada m�s sobre su vida. �Y quieres saber m�s cosas sobre la m�a? Tampoco s� nada. Soy el nuevo Marlboro Man, eso es lo �nico que s�.
Enciende el cigarrillo mientras contempla el techo en pendiente de su peque�o apartamento. Google Maps sit�a el barrio de Brooklyn Heights exactamente en este edificio. �l vive en el �ltimo piso, en un espacio cuyo per�metro es del tama�o de una cama king y en el que no se puede estar de pie salvo en el marco de la puerta. A medida que se recorren los once pies de longitud de la buhardilla, el techo baja hasta juntarse con el suelo. Al entrar, hay que agacharse, luego, ponerse a gatas y, por �ltimo, estirarse.
-Me gusta este vino.
Hay muy pocos muebles. Un viejo escritorio de madera en el que se mezclan las p�ginas del borrador de una nueva partitura en la que lleva trabajando unos meses con una colecci�n de ced�s ordenados seg�n un criterio indescifrable. Al lado, una rosa blanca de tela, oscurecida por el polvo, un paquete de cereales caducado, alg�n plato, tenedores, cucharas y un cuchillo. Debajo, en los cajones, est� la poca ropa con la que Don se viste. En la esquina suele estar la silla, la �nica de la casa, pegada a un radiador de hierro antiguo. Todo lo dem�s est� repartido por el suelo. Un ventilador de pl�stico, una nevera minibar, una cocina el�ctrica port�til de una sola placa con los bordes oxidados, una radio casi siempre encendida, sintonizada en la misma emisora, un flexo y las diferentes partes de su bater�a. Una veintena de baquetas, un set de platillos de bronce, cinco o seis escobillas y el bombo, que se utiliza como mesa de comedor. El cenicero est� encima de un bote de pintura vac�o para paredes que sirve de mesa auxiliar. Don apaga el cigarrillo.
-�Quieres un poco m�s?
En el centro est� el delgado colch�n de espuma sobre el que ha tenido lugar el masaje, cubierto por dos viejas mantas. La m�s gruesa es de lana, de color rojo y hecha en Per�. La otra es sint�tica, de tonos verdosos, con el estampado de un bons�i flotando en un cielo lleno de nubes id�nticas, hecha en Taiw�n. El colch�n es un sof� cuando est� doblado, quedando la mitad en el suelo y la otra mitad apoyada en la pared, de respaldo. Cuando est� extendido, como ahora, ocupa todo el ancho de la casa y se convierte en una cama de matrimonio. En el techo en pendiente hay im�genes pegadas con celo, chinchetas o clavos. El recorte de una revista donde aparece una pantera negra en un bosque mirando a c�mara, un p�ster de Jimi Hendrix firmado e impreso en Inglaterra, una foto de Don con una boina roja dirigiendo una orquesta en un tejado y un retrato de su padre, fallecido hace a�os, sonriendo.
Falta la segunda mitad. Se�oras y se�ores, esto se titula �masaje inacabado�. Gracias.
La �nica ventana, que se abre y se cierra con una manivela del siglo xix, tambi�n est� en el techo, entre la pantera negra y Jimi Hendrix. El ba�o est� fuera del apartamento, en el pasillo, y lo comparte con Donato, el otro inquilino del s�ptimo piso, un joven pintor italiano al que tambi�n llaman Don.
-Se�oras y se�ores, gracias por no venir.
Don hace una reverencia y cae de rodillas encima del colch�n de espuma.
-Hoy he estado en el Antiguo Egipto. He viajado en el tiempo. Yo era un esclavo. �Y d�nde estaba el fara�n del imperio? No lo s�. Escondido. Por la tarde, las pir�mides estaban iluminadas con luces de colores y el Nilo estaba lleno de cruceros. Barcos de todos los tama�os.
Habla con una botella de vino tinto pegada a la boca, como si fuera un micr�fono.
-Hola, hola. Egipto. El viento desplazaba la arena dorada del desierto, perfilando ondas sobre las dunas, acariciando las patas de un camello. El animal contemplaba el horizonte. S�, s�. Pero hagas lo que hagas, no importa. Eres un esclavo. En efecto, se�oras y se�ores. Yo soy un esclavo, uno m�s. �Y vosotros? �Tambi�n! Y la esfinge me mira todo el rato, como t�. Me controla.
Arquea el cuerpo hacia atr�s y bebe de la botella. Dos delgados chorros de color granate recorren sus mejillas y su cuello, manchando su camiseta.
-�A sus �rdenes! Har� lo que me digan. S�, de acuerdo.
Suspira con una mueca forzada.
-�Ya lo s�. Hay que mantener una actitud positiva. S�. Pero no es f�cil.
El apartamento huele a sopa de lentejas, un plato que suele preparar y que lleva tres horas cocin�ndose en la peque�a placa el�ctrica.
-Se�oras y se�ores, no se preocupen. No se depriman. El d�a de hoy est� a punto de terminar. Aguanten un poco m�s. Dentro de un rato, este terrible d�a habr� pasado. Y entonces ya est�. Adi�s Blue Monday. �Resistan!
Corta un trozo de papel higi�nico.
-Vamos a convertir el peor d�a del a�o en la mejor noche. Hoy sorteamos este v�ucher para un hotel. No es un hotel cualquiera, es un hotel cinco estrellas. Para dos personas. Los ganadores podemos ser t� y yo. Y pasar una noche rom�ntica juntos.
Arruga el trozo de papel, lo deja en el suelo y teclea algo en la tablet.
-�T� sabes qui�n es? Yo no lo sab�a. Silencio, por favor. �Silencio!
Sube el volumen de la radio y desliza sus pulgares sobre la pantalla, repitiendo el movimiento con insistencia, tratando de ampliar una imagen. Tiene las manos aceitosas. La tablet no responde. Se limpia con la manta de lana y vuelve a intentarlo.
-Es el fil�sofo muerto. Bueno, todos est�n muertos. Quiero decir el que muri� ayer. No, no muri� de viejo. Se mat�. Llevan un rato hablando de �l en la radio.
Acerca la tablet a su cara y sube ligeramente el ment�n, como mir�ndose al espejo.
Dicen que ten�a un blog. Hablaba de m�sica. Y, de repente, se hizo muy famoso. �Crees que me parezco a �l? �S�? �No? Pues yo creo que s�. Hay algo en el peinado. Pero yo todav�a no soy famoso.
Se queda callado mirando la cara ampliada de Mark Fisher.
-Yo conozco a muchos muertos. Unos cincuenta. Tengo cincuenta a�os y conozco a cincuenta muertos. Cuando tenga setenta conocer� a setenta muertos, o a m�s.
Pone la tablet encima del colch�n.
-No, a m�s. A muchos m�s. Cuando ten�a treinta a�os no conoc�a a treinta muertos. Como mucho a una decena. �Y t�? �A cu�ntos muertos conoces? Esto se acelera.
Hace una pausa.
-Habr�a que encontrar la f�rmula. La ecuaci�n. Me gustan las matem�ticas. �C�mo se llama? Lo que aumenta cada vez m�s r�pido.
Cierra los ojos.
-Exponencial. Pero no. En realidad no es un crecimiento. Es lo contrario.
Levanta el brazo y dibuja una curva en el aire.
-Cada vez m�s r�pido pero al rev�s. En bajada. Bueno, no. Tampoco es exactamente eso. Espera. A estas lentejas les falta muy poco. Tres minutos m�s.
Vuelve a mirar la foto en la tablet, con una expresi�n cada vez m�s seria.
-En realidad no importa. Ese fil�sofo est� muerto y se parece a m�. Su pelo.
Enciende un cigarrillo y sube el volumen de la radio. El humo del tabaco se mezcla con el vapor espeso de las lentejas.
-Ok, s�. Estamos escuchando WKCR. Ya lo sabemos. S�, 89.9 FM. No hace falta que nos lo repitas cada d�a.
Agita la radio como si fuera una coctelera.
-Por favor, dinos algo que no sepamos.
A�ade susurr�ndole al altavoz.
-Por favor.
Deja la radio en el suelo y abre la ventana del techo. Don est� sentado en la barra de un bar mirando su tel�fono. La pantalla azulada le ilumina la cara.
-Son catorce d�lares, man.
Dice el barman mientras rellena dos vasos, uno peque�o y uno grande, uno de bourbon y otro de cerveza. Don saca veinte d�lares de su bolsillo sin apartar la mirada del dispositivo.
-Gracias, man.
El barman coge el billete y se aleja hacia la caja. Don lleva toda la noche en la misma posici�n, sosteniendo el tel�fono, observ�ndolo fijamente. Con una frecuencia regular, toca la imagen con el dedo �ndice para evitar que se aten�e y termine por apagarse. Es su cuarta ronda de bourbon y cerveza. Se abre la puerta y un soplo de aire enfr�a el local. Entra un grupo de cinco j�venes ejecutivos. Hablan entre ellos gritando y se r�en sincronizados, unidos en una fuerza demostrativa, hacia afuera. Dejan los abrigos en el colgador de la entrada y se acercan a la barra, formando un estrecho c�rculo al lado de Don. �l contin�a inm�vil, sin apartar la vista de su rect�ngulo de luz. A pesar del fuerte resplandor en su cara, parecen no verle. El barman sirve cinco vasos de cerveza que desbordan espuma.
-�Aqu� estamos! �Ahoo!
Exclaman con rabia, chocando los vasos en el aire, salpicando sus pantalones y sus camisas blancas. Don sigue sin inmutarse.
-�Aahoooo, aaahoooooooo, aaahoooooooooooooo!
Los cinco a�llan en coro. Las voces de euforia se elevan por encima de la m�sica y de los ruidos del bar, confundi�ndose con gritos de dolor. Empiezan a saltar con los brazos levantados, desprendiendo un olor a desodorantes de distintas marcas mezclados con sudor. Sus movimientos bruscos contrastan con Don, que contin�a est�tico.
-�Aaaahooooooooooooooooooooooooooooooo!
Los ejecutivos aplauden con energ�a. Don levanta la mirada.
-�Hemos venido para quedarnos!
Se ponen a saltar de nuevo, celebr�ndose a s� mismos. Don guarda el m�vil en el bolsillo. Al desaparecer el brillo intenso de la pantalla, el bar recupera su oscuridad.
-Hasta ma�ana, man.

Camila Ca�eque
(Lau�a Rota). En librer�as el 13 de abril.
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