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Podría apostar que usted cree que el deporte favorito de los británicos es el fútbol. Pero después del safari que realicé este martes, estoy en condiciones de asegurarle que es otro: el beber hasta la inconsciencia... y apostar en las carreras de caballos. O, al menos, eso es lo que se vivió el 16 de junio, en la inauguración del Royal Ascot. Ese evento pijo, que suele salir en las series, donde -según el imaginario colectivo- condes y duques disfrutan de una elegante tarde de hípica con una taza de té en la mano. Pero la realidad se parece bastante menos a Downton Abbey... y más a un fin de semana en Benidorm.
De acuerdo con el programa oficial, el Royal Ascot comienza puntualmente a las 14 horas. Pero la fiesta empieza mucho antes. De hecho, cuando me subí al tren de Londres a Ascot, a las 11.30, ya había ingleses bebiendo como los protagonistas de Geordie Shore y decenas de aristócratas con los zapatos en la mano. Y es que, en este sarao, vestirse de etiqueta es obligatorio... pero comportarse de forma protocolar es bastante opcional. Aunque la guía de estilo diga lo contrario.
El hipódromo está dividido en tres sectores: el Village Enclosure, donde turistas y wannabes se visten de manera informal, el Royal Enclosure -donde la familia real va enfundada en trajes a medida- y el Queen Anne Enclosure. Un espacio frecuentado por ricos de toda la vida, una buena cantidad de new richs, algunos burgueses con ganas de trepar... y esta humilde periodista, que pagó 115 euros por poder vivir su propio capítulo de Bridgerton.

La periodista que escribe esta crónica durante el Royal AscotEM
Y me encantaría decir que esa cifra fue lo único que desembolsé para codearme con la crème de la crème. Pero la verdad no es tan glamurosa: me tocó comprar un vestido de cóctel que cumpliera con la longitud requerida -algo que jamás habría encontrado entre mis minifaldas-, unos tacones de altura prudencial, un bolso que aparentara costar más de lo que realmente vale... y un 'fascinator'. Sí, ese sombrero al que nosotros llamamos "pamela", pero que en el Reino Unido se llama "fascinador", cuando, en realidad, debería llamarse "antena parabólica" o "platillo volante de cabeza".
Así que, después de gastar la módica suma de 88 euros en TK Maxx, emprendí mi viaje a Ascot y, a juzgar por el control de seguridad, pensé que había logrado camuflarme entre aquel zoológico de nobles. Todas vestían como yo y mis perlas de Primark parecían no decepcionar. Pero si hay algo que me diferencia de Poppy Horseface de Berkshire o de la vizcondesa Penelope Pigbottom de Upper Sausagebury es que, para ellas, Carlos III es simplemente 'el tío Carlos', mientras que para mí es ese personaje histórico que aparece en los billetes. Y yo quería oler su colonia de cerca.
Cuando llegó la hora del Royal Procession -ese típico desfile de carrozas-, corrí a la valla convencida de que tendría que pelearme con una horda de fervientes monárquicos. Pero no hizo falta. Los guiris pasan del tema. Apareció la princesa Ana y nadie movió ni un pelo. Llegó Carlos y pocas cabezas se giraron. Y quizá por eso Camilla Parker Bowles me miró. Había pocos vasallos con los que cruzar la mirada y, por pura estadística, me eligió a mí. Pero no podría afirmar que fue amable. Es más, arruga tanto la nariz, que te hace dudar si eres tú la que no se puso desodorante o si es ella la que padece una congestión crónica... desde la Guerra Fría.

Los reyes Carlos y Camilla en el palco durante el Royal AscotGTRES
¿Y cómo reaccioné ante tamaño desaire? Como lo haría cualquier británico: bebiendo. Donde fueres, haz lo que vieres. Así que me uní a la bacanal hasta que el anuncio de las carreras comenzó a sonar por los altavoces. La verdad es que no tengo idea cómo debería sonar una carrera de caballos, pero eso parecía una mezcla entre Wall Street, una despedida de solteros en Magaluf y una pelea multitudinaria por un televisor en el Black Friday. En resumen, la feria de mi pueblo, pero con sombreros de copa.
Entre las 14.30 y las 18 horas hay carreras cada 35 minutos. Es decir, oportunidades para apostar cada media hora. Y parece que no existe descanso entre una ronda de apuestas y otra, porque las colas frente a las más de 50 casetas no acaban nunca. ¿El motivo? Perder dinero no desanima a los presentes. Más bien al contrario: cuanto más champán beben, más empeño ponen en entregar sus ahorros a caballos llamados Galileo Dame, Mordor, Daiquiri Bay o Comfort Zone.
Y me gustaría reírme de los apostadores, pero todos sabemos que la ludopatía es contagiosa y que la vida es una, así que debo asumir que terminé perdiendo una cantidad cuantiosa por apostarle a Night in Vegas, Big Mojo, Comanche Brave y Siempre Arturo. Por lo que cuando empezó a caer el sol, no solo estaba embriagada, sino desmoralizada, desfinanciada y... descalza. Pero como el 99% de las aspirantes a Kate Middleton que dormían la resaca en medio del hipódromo. Incluso diría que la mayoría de ellas ni se dio cuenta cuando cerraron las apuestas. Aunque sí que se levantaron como zombies cuando empezó el sing-along.
Usted se preguntará qué es eso... y la respuesta es más simple de lo que se pueda imaginar: una banda en directo, dos pantallas gigantes y más de 5.000 aristócratas cantando borrachos temas como Hey Jude o Angels de Robbie Williams. Y están tan ebrios, que lloran mientras suena Can't Take My Eyes Off You. Y abrazan a sus amigos cuando retumba Sweet Caroline. Y se desmayan, mientras entonan God Save The King. Y creo que no hay dinero que pueda pagar una experiencia así. O, al menos, eso es lo que hoy le he repetido a mi ejecutiva de cuentas para justificar mi asistencia al karaoke más caro de Gran Bretaña.
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