

























Llovió en Sevilla el 13 de abril de 1884. Pero ni el agua aquel Domingo de Resurrección arruinó la tradicional corrida de inicio de la temporada en la Real Maestranza, envuelta en una enorme expectación porque ese día Salvador Sánchez, Frascuelo, daba la alternativa a Luis Mazzantini, matador de toros nacido en la localidad guipuzcoana de Elgóibar, al que en su tiempo apodaron el señorito loco. No se hablaba de otra cosa en la capital hispalense desde hacía días, habiendo sido uno de los temas de conversación de la sociedad local mientras aguardaban el paso de las Cofradías de una Semana Santa marcada por el buen tiempo tras el preludio de un Domingo de Ramos en el que llovió tan a mares que obligó a la Hermandad de la Amargura a hacer su estación de penitencia a la Catedral el Lunes Santo.
Así lo recogen las crónicas. Y todas destacan la presencia diaria de la reina Isabel II en el palco de honor en la Plaza de San Francisco, desde donde siguió con devoción las procesiones, así como su asistencia el mencionado Domingo de Pascua a la Maestraza, tan aficionada como era ella a los toros. Ponía la destronada soberana un pie en el coso, y todo se volvían vítores, aplausos y lisonjas afectadas hacia su figura por parte del respetable. Y, naturalmente, Frascuelo y Mazzantini le hicieron la reverencia y le dedicaron los animales que se disponían a matar.
Se sentía La de los tristes destinos, como rebautizó Galdós ala castiza soberana, feliz en Sevilla, querida y respetada. Y ya si hacía acto de presencia en ambientes como el taurino, era tal la efusividad del público que no puede extrañar que Isabel II se viera por momentos de nuevo reina de derecho.

La reina Isabel II, que reinó España entre 1833 y 1868EM
Y, sin embargo, qué distinta era la realidad. Reinaba entonces su hijo, Alfonso XII. Y ella, que había tenido que abandonar apresuradamente España en 1868 con motivo de la triunfante revolución conocida como La Gloriosa -tras Amadeo de Saboya llegaría la efímera Primera República-, seguía manteniendo su residencia en París, a pesar de que la Restauración había devuelto el trono a los Borbones, en 1874. No fue suficiente que los españoles acogieran con entusiasmo a Alfonso XII para que doña Isabel pudiera poner fin a su exilio francés. Al contrario, la ex reina seguía siendo una mancha perpetua incompatible con la regeneración de la institución, y así se lo hacían ver sin disimulos. Isabel II era poco menos que una apestada en la Corte. Su presencia incomodaba a las élites políticas y complicaba sobremanera a su hijo proyectar la idea de que él encarnaba una Monarquía nueva para un tiempo nuevo, parafraseando el célebre discurso de proclamación muchas décadas después de Felipe VI. Y, con todo, ay los sevillanos cómo la aclamaban, cómo le decían "¡guapa!", tal que a la misma Virgen Macarena, y cómo le doraban la píldora.

El Rey Juan Carlos en la Real Maestranza de Sevilla esta Semana SantaEFE
Sabido es, como dijo aquél, que la historia se repite primero como tragedia y después como farsa. Cómo no acordarse de los años finales de Isabel II ante escenas como la protagonizada este último Domingo de Resurrección por su tataranieto Juan Carlos de Borbón y Borbón, en la misma Maestranza sevillana. Dicen las crónicas, éstas aún calientes, que el padre del Rey se emocionó con la ovación dispensada por los sevillanos en la plaza. A saber si en algún momento sentiría contrición al verse en la situación que se ve, igual que su antepasada, exclusivamente por su mala cabeza y no pocos vicios.
Instalada en el Palacio Castilla de la capital francesa, la insistente campaña a su alrededor para que abdicara había llevado a Isabel II a hacerlo en favor de su único hijo varón en junio de 1870. Un gesto que allanaría la estrategia de los monárquicos para luchar por la restauración del trono, y del que ella se arrepintió bastante.

Isabel II en su senectudEM
El 29 de diciembre de 1874, un general en activo, Arsenio Martínez Campos, se levantó en armas cerca de Sagunto y proclamó Rey a Alfonso XII. Y es sabido que la cosa triunfó. Los desgobernados españoles, en medio además de la Tercera Guerra Carlista, querían un poco de orden y estabilidad. Pero de nada le sirvió a la Reina madre soñar con hacer las maletas para regresar a su patria. Cánovas del Castillo, el gran político y arquitecto de la Restauración, era consciente de que la soberana era un problema mayúsculo para la Corona: lo que representaba, el mal recuerdo entre los españoles del final de su reinado, los escándalos que había protagonizado, su corte de intrigantes, sus titubeos con una abdicación cuya validez jurídica suscitaba dudas...

El Rey Juan Carlos en Sevilla el pasado 5 de abrilGTRES
Alfonso XII lo comprendió. La institución estaba por encima de todo. "Vuestra Majestad no es una persona, es un reinado, es una época histórica, y lo que el país necesita es otro reinado, otra época diferente", le espetó con crudeza en una carta Cánovas a Isabel II, la reina destronada y doblemente exiliada, haciéndole ver que su residencia había de estar lo más alejada posible de la Corte.
Hasta casi dos años después del inicio de reinado alfonsino, a la soberana no se le permitió poner los pies en España. Y es verdad que llegó un momento en el que se abordó seriamente que pudiera volver a fijar su residencia en nuestro país, y pasar la vejez plácidamente aquí. Se le dieron varias opciones: Barcelona, Sevilla, Mallorca... incluso El Escorial. Lo que se le vedó sin discusión fue Madrid, y no digamos ya el Palacio Real. Y eso a la ex reina le mortificaba.

El rey Alfonso XII, hijo de la reina Isabel II y el rey consorte Francisco de AsísEM
En los primeros meses del reinado de su hijo, se dieron situaciones tan kafkianas como que el aspirante carlista, Carlos VII, a la vez que libraba batalla en el frente contra Alfonso XII, sintiendo piedad por el mal trato que recibía su tía segunda, le llegara a ofrecer residencia en cualquiera de las localidades españolas entonces bajo control de las tropas carlistas -sobre todo el País Vasco y Navarra-, tal como relata María Teresa Álvarez en la biografía de la Infanta Paz, una de las hijas de Isabel II.
La reina sin trono se decantó por Sevilla cuando pudo volver a España, en 1876. Intuía ella que allí se iba a sentir piropeada y agasajada sin fin. El lugar escogido como residencia para doña Isabel y sus hijas Pilar, Paz y Eulalia -la hermana mayor, la Infanta Isabel, la Chata, ejercía como Princesa de Asturias junto a su hermano, el Rey, en la capital- fue nada menos que los Reales Alcázares. Hubo que acondicionar numerosas estancias, tanto para ellas como para su nutrido séquito y servidumbre, incluido quien entonces ejercía como jefe de la Casa de Isabel II, Ramiro de la Puente, que al mismo tiempo era su amante del momento. Tampoco lo de lasCorinnas es del todo nuevo.

Juan Carlos y la Infanta Elena en Las Ventas en 2019GTRES
En Sevilla vivió la ex soberana entre octubre de 1876 y noviembre de 1877, a cuerpo de reina. Agasajada por las autoridades locales y asidua a los teatros, las corridas de toros, las cacerías y las carreras de caballos, por no hablar de las grandes fiestas que ella misma organizaba en los Alcázares. Pero decidió volverse a París cuando, por un lado, se dio cuenta de que jamás iba a cesar la humillación de su hijo y de Cánovas de prohibirle establecerse en Madrid, y, por otro, empezó a incomodarle la campaña de habladurías a cuenta de su relación con Ramiro de la Puente instigada por su siempre intrigante cuñado y enseguida consuegro Antonio de Orleans, Duque de Montpensier -casado con la Infanta María Luisa Fernanda de Borbón-. Y cómo para que no se hablara de lo de don Ramiro, marqués de Alta Villa. Se cortaba tan poco la reina que él se desplazó a Sevilla con su mujer, María del Pilar de las Cuevas, aunque fuera un secreto a voces con quien compartía noches de alcoba.
Isabel II, ya sin sus hijas, regresó a la Ciudad de la Luz. Pero cinco años después volvería de visita a España, y en los años posteriores se desplazaría con frecuencia temporadas, incluidos los inviernos que se aficionó a pasarlos en Sevilla. "Aquí todo el mundo se desviven por complacerme y están contentos de verme aquí", le escribió en una misiva al Marqués de Novaliches.
Como Don Juan Carlos hoy, Isabel II se pirraba por las corridas de toros. Tras la Semana Santa de 1883, un año antes de la Pascua a la que nos referíamos al principio, en la misma Maestranza la Reina disfrutó de la segunda corrida de Feria, con el cartel más esperado, un mano a mano entre los dos Morantes de la época: Rafael Molina, Lagartijo, y Salvador Sánchez, Frascuelo -uno al parecer partidario de la Monarquía y el otro de la República-. Relatan las crónicas que los dos matadores le dedicaron brindis rimados a la ex monarca antes de la muerte de sus dos primeros toros. "Brindo por su Real Majestá, por su acompañamiento, por la gente de afuera, y la de dentro", le soltó Lagartijo, con ínfulas de poeta. Mientras el segundo, llegado su turno, le lanzó este brindis con forma de piropo: "Brindo por la gente real, y todas las caras de rosa, que rodean a su Majestá".
Lo cuenta de manera excelente el blog elcajondelosmisterios.com
Por cierto que a Frascuelo se le llegó a atribuir durante un tiempo un romance con la Infanta Isabel, la Chata, apasionada de los toros, que acudía a las corridas engalanada con mantilla española prendida al pecho con rosas y claveles, ajustada a lo alto de la peineta y colgando sobre la espalda. A saber...
Cuando Isabel II falleció en París, en abril de 1904, Maura recomendó a su nieto el Rey Alfonso XIII que no se mezclara mucho con aquella muerte, de modo que el soberano no se desplazó a recoger el cadáver, que fue enviado directamente al Escorial, ya que no convenía que Madrid recordase demasiado el fantasma de una Monarquía que se creía conjurada para siempre, como narra la historiadora Isabel Burdiel en su magnífica biografía de la reina.
En fin. Que cada cual juzgue sobre los paralelismos del ocaso de Isabel II y de Don Juan Carlos, que no son pocos.
此内容由惯性聚合(RSS阅读器)自动聚合整理,仅供阅读参考。 原文来自 — 版权归原作者所有。