

























Hace veinticinco años, recién llegado de EEUU, José María Marco (Madrid, 1955) publicó Viaje de California (Pre-Textos), un librito en forma de diario en el que, entre otras cosas, ofrecía una imagen de Los Ángeles y San Francisco como ciudades devastadas por el sida. "Después de la revolución moral y de costumbres que significó la homosexualidad en los años 70, el sida fue el final de un mundo". Pero de aquello, explica Marco en conversación con LOC, quedaron dos aspectos. Por un lado, como refleja Bruce Bawer en su libro A Place at the table, "la pesada herencia de volver a revictimizar la homosexualidad como si tuvieran razón quienes habían organizado un mundo anti-homosexual" y consideraban que el sida había sido una suerte de "correctivo" a los 'excesos' homosexuales.
Pero además, justo en el momento en el que la homosexualidad estaba a punto de dejar atrás "siglos de represión, de insultos, de violencia y de desprecio sobre personas perfectamente inofensivas", entraron los movimientos herederos del 68 y, en especial, Foucault. En La voluntad de saber, el primer tomo de su Historia de la sexualidad, el filósofo francés afirmaba que la homosexualidad no existió hasta que se creó el concepto en 1970, más o menos. Que hasta entonces sólo habían existido comportamientos que no son clasificables".
Esto, "bien pensado", explica Marco, "es una estupidez y una aberración". Pero Foucault fue mucho más allá, porque a continuación describe "las sociedades liberales como aquellas que necesitan saber para clasificar, para tenerte controlado, que es un gran tema de Foucault. De esta forma, cuando nos declaramos homosexuales, lo que hacemos es someternos a un orden liberal que en realidad es más totalitario que cualquier orden totalitario, es decir, caemos en una trampa política. Y así, salir del armario implica necesariamente, para cumplir una misión revolucionaria, tener una actitud de crítica constante del sistema, es decir, haces de la homosexualidad la punta de lanza de una revolución permanente".

José María Marco, hace unos días en la nueva terraza del Café Gijón en Madrid.Sergio González Valero
Con eso, continúa, "has creado un mecanismo perverso. Mucha gente no es consciente del guión que está representando, una narrativa, por utilizar una palabra de ahora, que le dice que si quiere ser un homosexual de verdad, no uno conformista y aceptado, tiene que estar en contra de la sociedad y, por supuesto, ser de izquierdas. Si no eres de izquierdas, no eres un buen homosexual".
La manifestación más extrema de esta ideología sería lo queer, es decir, la actitud de algunas personas "que no se conforman con declararse homosexuales, sino en hacer del homosexual un instrumento de cambio social perpetuo".
Todo este discurso, "y eso conviene subrayarlo", aclara Marco, "está patrocinado por el poder, es decir, por los ministerios de Cultura y Educación, por las consejerías de todos las comunidades , por las universidades y las élites culturales... Todo el poder está centrado en la promoción de la homosexualidad como una bandera de izquierdas".
¿Y en la derecha? "En el mundo conservador europeo, ya casi desaparecido, hasta los años 70 la homosexualidad no estaba bien vista , pero estaba tolerada. En España, la Ley de peligrosidad social, que no se derogó hasta 1979, la reprimía y no admitía manifestaciones públicas, pero no tiene la voluntad de hacer que los homosexuales cambien su orientación, como ocurría en las dictaduras cubana y soviética".
Andrew Sullivan, un ensayista conservador norteamericano, autor de Prácticamente normales (Alba), "defendió el matrimonio entre personas del mismo sexo, pero los conservadores no ofrecieron una alternativa a lo que estaba ocurriendo. En España, el PP perdió la oportunidad. En el año 2000, cuando podía, no aprobó una ley de parejas de hecho, que hubiera desactivado a buena parte de la izquierda y habría sido beneficioso para el país; luego, cuando Zapatero lanza la idea del matrimonio de personas del mismo sexo, una idea destinada a tener éxito social, la derecha se vinculó a la parte más católica, que pretende que toda la sociedad se dirija según los cánones morales de la Iglesia; y cuando el TC acepta el matrimonio homosexual, hacen como si no hubiera pasado nada. La derecha española tiene miedo a todo y este tema le produce pánico. Ha dejado hace mucho tiempo de ser homófoba, por supuesto, pero no ha tenido la inteligencia de articular una visión propia sobre la homosexualidad".
Hay otro aspecto, recalca Marco para terminar, que merece especial atención: la disociación entre género y sexo. "Yo creo que en su inmensa mayoría los homosexuales no tienen ninguna duda del sexo al que pertenecen: son hombres o mujeres que se sienten atraídos por otras personas de su mismo sexo. Otra cosa es la transexualidad, es decir las personas que sufren una percepción extremadamente dolorosa entre su cuerpo y lo que ellos piensan que es su género. El problema es que esta distinción se ha generalizado con consecuencias catastróficas entre jóvenes con problemas típicos de la edad incrementados por el acceso fácil a la pornografía y a una libertad sexual infinita que antes no existía. En muchos casos, son el reflejo de que esos chicos son en realidad homosexuales".
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