La diseñadora y su ex marido compraron la mansión en la Costa dels Pins en 1999. Dos años después les denunciaron porque la piscina, la terraza y el embarcadero no cumplían con la Ley de Costas

Ágatha Ruiz de la Prada en una imagen reciente.
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Cuando Ágatha Ruiz de la Prada (65) y su entonces marido Pedro J. Ramírez (74) compraron en 1999 su mansión mallorquina a la viuda del dramaturgo y periodista Joaquín Calvo-Sotelo no podían imaginarse que aquel sueño se convertiría en pesadilla. En la Costa del Pins, cerca de se alza majestuosamente sobre un acantilado la mansión, cerca de Son Servera, que goza de una piscina que se funde con el mar, hay una enorme terraza y un embarcadero desde donde el matrimonio y sus hijos solían tener un barquito para disfrutar de la calma mediterránea.
Hasta que llegó la tormenta. En 2001 los ecologistas acusaron al matrimonio de que gran parte de su construcción era ilegal, por lo que empezó una contienda en los tribunales.
A priori, los demandantes aseguraban que los 350 metros cuadrados que abarcan el embarcadero, la terraza y la piscina se consideraban dominio público marítimo-terrestre. Por tanto, lo que querían es que los demandados crearan un paso público de servidumbre al que se negaron desde el principio.
El Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente del 2014 y el 2016 concedió a Pedro J. y Ágatha una prórroga de 60 años a la concesión de ocupación de la extensión anteriormente mencionada.
Debido a la aprobación de la Ley de Costas, el concepto de playa y puerto privado está prohibido en nuestro país. Por ello, en 2021, la Audiencia Nacional anuló aquel dictamen y ordenó la demolición de las partes implicadas.
Tras 30 años de relación con Ramírez, la pareja se casó finalmente en 2016, pero se divorciaron unos meses después. La separación se hizo de forma unilateral ya que el periodista se había enamorado de la abogada Cruz Sánchez de Lara (53), con quien se casó en 2017.
La mansión de Son Servera la heredaron sus vástagos, Tristán (39) y Cósima (36), pero Ágatha conservó el usufructo. A pesar de estar tremendamente enamorada de la zona, la diseñadora y XIII marquesa de Castelldosrius con Grandeza de España, quiere deshacerse de la propiedad.

Un grupo de ecologistas se manifiesta contra la piscina en 2009.CATI CLADERA
En el último capítulo de la temporada 6 de Negocio familiar. Viviendas de lujo donde la familia Kretz se encarga de la compraventa de inmuebles millonarios en varios países, Ágatha vuelve a encargarles la gestión de su hogar mallorquín después de que Louis Kretz vendiera su piso palaciego madrileño de 700 metros cuadrados en el Paseo de la Castellana por 7,5 millones de euros.
Nuevamente Louis es el agente. Tras recorrer la propiedad, donde se puede apreciar el deterioro y abandono de la piscina, la diseñadora le comenta que "era una piscina preciosa y era perfectamente legal porque se construyó antes de la Ley de Costas. Tenía todos los permisos, pero hubo problemas políticos. Los independentistas iniciaron muchos procesos y dieron tantos problemas que ahora es un lugar para compostar y ya".
Con la voz entristecida, la aristócrata asume: "Al final destruiremos la piscina. Estarán contentos". Fruto de ese agrio sentimiento ha decidido mudarse, pero es demasiado exigente con lo que desea. Pero no importa, su presupuesto oscila entre los 15 y los 20 millones de euros.
La primera villa que visitan tiene 550 metros cuadrados, cuesta 17,5 millones de euros y vistas despejadas a la bahía de Santa Ponça. Sin embargo, Ágatha no se ha enamorado de la arquitectura a simple vista. Hace constar que su familia había sido mecenas de Gaudí y que para ellos los elementos arquitectónicos son fundamentales.
La siguiente parada es una casa ecológica en el interior de Mallorca, se trata de una propiedad de 380 metros cuadrados y 2,3 hectáreas de terreno donde hay olivos, pinos y lavanda. El precio es de 5,4 millones de euros. Pero a Ágatha tampoco le seduce. Ella quiere mar. Seguirán buscando.
























