
Diana de Gales, en una imagen de los años 80.
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Las cartas entre Terence Stamp y Diana Spencer no las está subastando la familia de ella. Si lo hicieran, la opinión pública se cebaría con ellos. Un capítulo más en la explotación de la princesa muerta, dirían. Pero si las venden los herederos de Stamp, la cosa cambia bastante: vender su correspondencia personal puede ser irrespetuoso (yo así lo creo, en todos los casos), pero no se está pisoteando la memoria de un santo.
El actor británico no lo era. A Diana, en cambio, se le dio ese problemático estatus muy pronto. Menuda responsabilidad. Ella, por supuesto, no pudo con ella. Porque era una persona. Una persona joven, además. Joven y desorientada, timada incluso. Sus "debilidades" eran las de cualquiera. Representar la perfección es dificilísimo.
Por suerte, Diana pilló una época en la que todavía era posible controlar tu imagen pública a base de guardaespaldas y compra (y destrucción) de negativos fotográficos.
Hoy los royals tienen que gestionar sobre la marcha todas las contradicciones que implica el que, además de realeza, sean gente. Y ya no hay cartas que subastar. Tampoco hay, creo, capacidad de crear mitos como el de Lady Di, el último cuento de hadas de papel cuché. La última gran mentira, vamos.
La bulimia, la depresión, las infidelidades matrimoniales, Dodi... no son grietas en la blanquísima efigie de la santa, sino elementos que nos recuerdan que Diana era una mujer, no una deidad. Su correspondencia con Terence Stamp es refrescantemente banal. Como todo indica que era ella. Hoy se subastarían sus corazoncitos y fueguitos en las cuentas de Instagram de estrellas de Hollywood. Encontraríamos la manera.













