



















Mónica Arca y Raúl y Peña se ven, como mínimo, una vez a la semana. Todos los jueves quedan en el local de su asociación, ubicada en el número 4 de la calle Chinchilla, en el barrio madrileño de Chueca. Tienen la complicidad que suele darse en los familiares, conocen a la perfección las filias y fobias del otro, bromean sobre sus defectos ("tú siempre eres demasiado positivo", le dice ella; "a mí me gusta reconocer los pequeños pasos, aunque sean tímidos, pero son pasos", se justifica él). Mónica es lesbiana y Raúl es gay. Sobre todo, Mónica es vocal de la junta directiva de Crismhom, la Comunidad Cristiana LGTBI+H (h de heterosexuales) y Raúl su portavoz. Es una asociación que acoge a los creyentes del colectivo, les da un espacio, un lugar donde aceptar esas dos partes intrínsecas en cualquier ser humano -la espiritualidad y la orientación sexual-, un sitio donde reconciliarse.
"En realidad, la misión real de esta asociación es desaparecer. Pero como Cruz Roja ¿no? Ojalá no hiciera falta. O la Policía. Ojalá todo el mundo fuera bueno... La misión es conseguir que las iglesias respeten los derechos de las personas LGTBIQ+".
-¿Nunca les han dicho que son como el negro que vota a Vox?
-Sobre todo al principio. Se nos veía como tontos, como si tuviéramos el síndrome de Estocolmo. No te aceptan y tú erre que erre. Pero es que si coges el mensaje evangélico de Jesús la idea no es la venganza. No es 'quemamos el Vaticano'. En el pueblo de Dios también se convive con aquellos que están en contra de nosotros. Es más, si nosotros nos vamos y fundamos una iglesia aparte ¿qué hacen todos los creyentes que están todavía en el armario? ¿qué referentes tienen?
Crismhom nació en el año 2006, fruto de una escisión de Cogan (entidad referente del movimiento LGTBIQ+). Tienen 13 iniciativas, la mayoría enfocadas a sanar una herida emocional. El primer contacto de un miembro de la asociación con el resto de integrantes siempre es el vómito. "Intentamos que se desahogue, todos vienen con mucho dolor dentro. Rechazados por su parroquia o por su propia familia", explica Raúl en la boca del metro Retiro, al lado de la iglesia de San Manuel y San Benito.

Miembos de la asociación en el pabellón Movistar Arena durante la visita al Papa. Fueron invitados por el arzobispado. Es uno de esos pasos que agradecen de la Iglesia
Mónica describe ese momento como "la catarsis". Era religiosa y ahora está felizmente enamorada de Ana, a quien conoció en la comunidad que ahora representa. Ella convivió con que le atrajeran las mujeres -sin salir del armario- y la consagración. Sintió esa llamada cuando tenía 19 años y estaba en primero de carrera. "Pensé que era imposible, mira que hay gente con menos lío, más capaz". Dios se le apareció leyendo. Había estado en Honduras, le abrumó la pobreza pero la llamada llegó a través de la palabra.
Leía el pasaje del Buen Pastor en el Evangelio de San Juan. "Tengo además otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que conducir, y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño y un solo pastor", recogen las Escrituras. "Yo escuché que me necesitaba y pensé 'bueno, pues tú sabrás'. Pero a partir de ese momento fui haciendo mi camino". Dios le llamó una segunda vez: "Santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad", leía esta vez.
"Creo que lo que es capaz de arrancarte la vida es escuchar la necesidad de Dios", explica Mónica. Se consagró. Voto de pobreza, voto de castidad y voto de obediencia. Estuvo 23 años dentro de la congregación. Eran misioneras. "Y yo no tuve líos ni historias raras, que hay gente que los tiene, y yo no soy quién para juzgar. Pero yo la castidad la viví bien. El voto que más me costó, sin duda, fue el de la obediencia porque ¿a quién tienes que obedecer? a Dios, pero claro, ¿a través de quién? De la mediación humana".
Mónica se vanagloria de no haber tenido nunca una crisis de fe. "Tiene que ser horrible. Cuando leí la crisis de fe de santa Teresita, que me encanta, le pedí al Señor que nunca me pasara".
Reconoce que tuvo tentaciones pero nunca les prestó atención, no vivió ningún enamoramiento disfrazado de amistad. "Expresé el amor durante esos 23 años a través de las obras que Dios nos ponía delante, de la misión, en la vida fraterna. Y ahora estoy convencida de que Dios me ha puesto a mi mujer en el camino para que siga expresando mi amor. ¿Qué base teológica hay para que no exprese mi sexualidad con ella, esa parte procreativa? Hay muchos matrimonios heterosexuales que no tienen esa parte. Me van a decir que no hay un acoplamiento genital. Mira, eso es como cuando se decía que el tren era pecado". "O que los negros no tenían alma", apostilla Raúl.
A Mónica le duele, le enfada, que a ojos de muchos otros creyentes esté cometiendo un pecado cada vez que se acuesta con su mujer. Se casaron hace unos meses por lo civil y en julio recibirán la bendición de uno de los sacerdotes de su asociación.
"A nosotros nos gustaría que cambiara, pero para que se modifique esa doctrina tiene que cambiar la base teológica de la Iglesia. Que no sea una teología enfocada en la carne y el cuerpo y un agujero y un palo, hablando burdamente. Que sea una teología basada en lo que Jesús decía: ama. Punto. Es lo que él demostró con sus actos y su vida", dice Raúl.
Cuando cierran la puerta del local de Crismhom intentan dejar fuera todo lo que les pueda alejar de los demás. "A veces discutimos, porque no pensamos igual. Sobre el aborto. Es un drama el aborto siempre, aunque yo esté a favor de la vida. Es complejo", explica Mónica, que está especialmente orgullosa del de mujeres.
Tratan de vivir conforme a las enseñanzas del Buen Pastor. Una vez al mes, más o menos, hacen una salida en Madrid centro, donde suele haber mujeres ejerciendo la prostitución. Les ofrecen una bebida caliente en invierno y un refresco en verano. "A la vez también unas bolsitas de preservativos, lubricante... Y hablamos con ellas, queremos que tengan cinco minutos en su mes en los que habla con alguien al mismo nivel".
En las actividades de Crismhom algunos nombres se repiten más de una vez, como el de Navin Daswani, psicoterapeuta especializado en el colectivo LGTBI, que escucha a Mónica y a Raúl atentamente. Dio una charla hace poco en la asociación y la última que está preparando aborda la adolescencia perdida. "Se crea una disonancia cognitiva entre lo que papá y mamá esperan de mí y lo que yo realmente soy". Esos padres heterosexuales, reflexiona Raúl, son clave después para el colectivo. Muchas veces son los combaten la actitud de las parroquias que dejan de lado a sus hijos. "Son nuestros mejores aliados", dice.

Navin Daswani, el pasado miércoles, en la iglesia San Manuel y San Benito.JAVIER BARBANCHO
Mónica y Raúl veneran a James, el sacerdote que consiguió hacerles un curso prematrimonial aplicando la hoja de ruta heterosexual a sus casos. James pasa mucho tiempo fuera de Madrid. De vez en cuando, vuelve a la capital don Cristóbal, otro de los sacerdotes que participa en grupos de acompañamiento. Atiende a LOC por teléfono porque ahora vive en Bolonia. "La castidad es para todos los bautizados, también para los casados, y no es lo mismo que el celibato. Hay una confusión entre el término castidad y celibato. ¿Un ser humano puede vivir negándose a sí mismo? ¿Negándose a abrirse a otro? Entre dos personas del mismo sexo existe la alteridad".
"El Papa Francisco recordaba constantemente que no se pueden dar recetas iguales para todos. Atender personalmente a cada uno nos complica la vida pero hoy por hoy es la única manera", explica. El acompañamiento en Crismhom y la forma de trabajar de este sacerdote coinciden en que ambos se centran en la condición irrepetible de cada ser humano. "No todo el mundo sabe acompañar. Nosotros no somos psicólogos, y lo tenemos claro, pero sí tenemos que conocer dinámicas emocionales. Entender cuáles son sus dificultades como personas LGTBI porque sí han vivido dificultades que no han vivido los heterosexuales, aunque las preguntas al final trascendentales son las mismas, las heridas del corazón son las mismas.

Eucaristía celebrada en el encuentro internacional de la red GNRC, católicos LGTBI, en el verano de 2025 en Madrid.
-¿Qué historias le han marcado más?
-Me vienen sobre todo de sacerdotes. Uno se quitó la vida, tenía 61 años y una no integrada homsexualidad y todo esto le llevó a una depresión. Igual que me marcó la de un amigo gay, también sacerdote, que murió a los 41 años murió por un vih no atendido. Fue hace 4 años. Si no se habla, si no se crean espacios de confianza para que cuenten lo que están viviendo, ¿cómo podemos ayudar?
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