
Sam Altman, CEO y cofundador de OpenAi, durante una ponencia organizada por SoftBankAFP
Actualizado
Un biólogo evolutivo norteamericano afirmó que afrontamos el siglo XXI con emociones propias de la Edad de Piedra, instituciones medievales y tecnología cuasi divina.
La revolución de la IA es denominada por muchos como tecnología de uso general (GPT, por sus siglas en inglés). Los historiadores de la tecnología definen una GPT como una innovación disruptiva capaz de transformar casi todos los sectores de una economía. Tan solo identifican unas dos docenas, entre ellas, la invención de la agricultura, la rueda, la escritura, el hierro, la navegación transoceánica, la imprenta, la máquina de vapor; la electricidad o Internet. Todo indica que la IA se sumará a esta lista por su transcendencia. Algún tecnólogo incluso afirma que será la tecnología más transformadora desde la revolución neolítica. Sin embargo, quizá la cuestión más importante no sea cuántos empleos destruirá la IA, sino qué efectos tendrá sobre nuestras mentes.
Se discute mucho hoy en día acerca de las profundas implicaciones que la IA tendrá sobre nuestras sociedades. En la parte positiva se destaca su capacidad para generar más productividad, lo que podría redundar en mayores sueldos, jornadas laborales más reducidas e incremento de la recaudación fiscal para afrontar nuestras maltrechas finanzas públicas. También se ha destacado su prometedora capacidad para encontrar remedios médicos a enfermedades hoy no resueltas por los humanos. En la negativa, se incide en la destrucción de empleo, sobre todo entre jóvenes licenciados, y en los muy nocivos efectos que un posible marco laboral oscuro podría dejar sobre toda una generación, algo preocupante ya que experiencias pasadas de mercados de trabajo especialmente adversos muestran que los perjudicados pueden arrastrar cicatrices emocionales a largo plazo.
Hoy sin embargo, me gustaría destacar otra consecuencia que la IA podría estar generando: su capacidad para mermar nuestras habilidades cognitivas. Los psicólogos denominan "efecto Flynn" a la mejora de los coeficientes intelectuales observados en las nuevas generaciones respecto a las antiguas, efecto que podría responder a múltiples factores. Sin embargo, desde hace pocos años, están mencionando el llamado efecto Flynn inverso, según el cual los coeficientes de inteligencia de los jóvenes actualmente serían inferiores a los de sus progenitores. Esta tendencia aparece reflejada también en indicadores educativos, como el menor nivel de calificación obtenido por las nuevas generaciones en las pruebas de acceso a la universidad en EEUU (SAT).
Las evidencias son todavía preliminares, pero empiezan a apuntar en una dirección inquietante. Desde hace tiempo se viene señalando que el exceso de tecnología podía ser un factor detrás de este deterioro cognitivo. Así, varias publicaciones académicas muestran, por ejemplo, que escribir a mano produce mejoras académicas frente a escribir a ordenador. También, que el uso de Internet merma nuestra capacidad para retener información, el denominado efecto Google. Adicionalmente, exponen cómo la cercanía a un teléfono móvil provoca menores resultados cognitivos, e incluso se ha resaltado la incapacidad de jóvenes universitarios en un estudio en EEUU para entender un texto complejo, lo que obviamente también afecta a su capacidad para resolver problemas complejos.
La IA amenaza con acelerar esta tendencia. Recientes publicaciones académicas han señalado que los alumnos ayudados por la IA son capaces de obtener mejores rendimientos académicos que aquellos que no disfrutan de esta ventaja. Sin embargo, al retirárseles la asistencia de la IA, obtienen rendimientos inferiores al grupo que nunca tuvo acceso a la IA, muestra de rendimiento cognitivo. También se ha observado el mismo efecto entre médicos analizando los resultados de colonoscopias, y otra investigación reciente ha mostrado que los alumnos expuestos a una IA que estaba alterada para proporcionar respuestas erróneas fueron incapaces de aplicar su razonamiento crítico para cuestionar dichas respuestas, lo que les llevó a obtener calificaciones muy deficientes. El uso excesivo de la IA parece estar también relacionado con una menor creatividad de pensamiento y de diversidad de publicaciones científicas.
Los defensores de esta nueva tecnología argumentarán que cada revolución tecnológica ha desplazado unas habilidades para potenciar otras. La calculadora redujo el cálculo mental, pero permitió dedicar más tiempo a resolver problemas complejos. Quizá ocurra algo parecido con la IA. Sin embargo, muchas publicaciones académicas sugieren que, empleada de forma abusiva, puede provocar una rendición cognitiva que afecta a nuestra inteligencia. Este hecho podría ser extremadamente peligroso en un contexto en el que una generación de jóvenes se enfrenta a uno de los mercados laborales más sombríos de las últimas décadas.
Por si fuera poco, diversos informes han mostrado la relación existente entre el uso excesivo de tecnología y distintos problemas de salud mental, como el aislamiento social, la depresión o incluso un mayor riesgo de tendencias suicidas, quizás por el paradójico desequilibrio que surge entre nuestras prehistóricas emociones y nuestro actual y solitario proceder.
Hace muchos años en una comida un conocido filósofo me llamó "idiota" porque le dije que no había votado en unas elecciones generales. El término "idiota", me explicó, lo utilizaban los griegos para referirse a personas que ignoraban la "vida pública", entendida como la política. Hace muchos años que he dejado de ser idiota, en el sentido griego de la palabra. Pero ahora afronto el riesgo de idiotizarme, en el sentido tecnológico del término, por el abuso de una tecnología "cuasi divina".
Ignacio de la Torre es Economista Jefe de Arcano Partners




























