


























Hay una secuencia en El verdugo, la pel�cula de Berlanga, que Espa�a no ha terminado nunca de ver. Jos� Luis, empleado de funeraria casado a desgana con la hija del verdugo titular, ha aceptado heredar el oficio porque le prometen un piso de protecci�n oficial. Cuando llega la orden de ejecuci�n en Mallorca, intenta retrasarla haciendo turismo. Visita las Cuevas del Drach con su mujer y, sentado en la tribuna del lago Martel, escucha c�mo los violinistas en barca interpretan la barcarola de Offenbach. Entonces, entre las paredes calc�reas, una segunda barca aparece desde la oscuridad. Dos guardias civiles. Uno levanta el meg�fono: "Se ruega a don Jos� Luis Rodr�guez, si se encuentra entre los presentes, baje al embarcadero". El nombre retumba en la cueva. Su mujer lo mira. Los turistas no se enteran de nada y siguen aplaudiendo la m�sica. Jos� Luis sabe, en ese instante, que la m�sica ha terminado para �l. Despu�s vendr� el patio de la c�rcel. Hay que ejecutar al condenado para conservar el sueldo. El sueldo paga el piso. El piso ya no se puede devolver.
Espa�a, en abril de 1963 y en mayo de 2026, se ata a los compromisos por el procedimiento de mirar hacia otro lado. Llevamos dos a�os escuchando la barcarola del modelo de �xito en una cueva con buena ac�stica, mientras fuera, en el embarcadero, hay un meg�fono esper�ndonos.
Conviene empezar por el dato luminoso. Espa�a crecer� este a�o por encima de la media europea -Funcas y el Banco de Espa�a coinciden en la horquilla del 2,2%-2,3%, frente al 0,9% que el BCE proyecta para la zona euro-. La tasa de paro caer�a al 10%, el d�ficit al 2,1%, los ingresos tributarios crecen al 8,5%. La fotograf�a es buena. El problema es que las fotograf�as mienten en lo que no se ve, en el bulto que asoma fuera del encuadre, en el zapato sucio que asoma.
Lo que no se ve es la deuda. En enero de 2026, las administraciones p�blicas alcanzaron los 1,707 billones de euros, m�ximo hist�rico, equivalente al 100,8% del PIB. Ha aumentado en 549.000 millones desde 2018, el mayor incremento en un solo mandato democr�tico. La Seguridad Social, sost�n que el envejecimiento erosiona como el agua a la roca, ha visto crecer su deuda un 8% en un a�o, pese a recibir del Estado casi 48.000 millones. Espa�a paga hoy unos 110 millones de euros diarios solo en intereses. Cada amanecer, antes de abrir la persiana, el pa�s ya debe lo que cuesta un hospital comarcal. En 2026 esa partida superar� los 39.000 millones: equivalente a toda la recaudaci�n por Sociedades, o a un tercio del gasto en pensiones. Cada d�cima de subida del tipo medio sobre el saldo vivo -hoy en el 2,37%- son 1.700 millones m�s al a�o. Aritm�tica despiadada, indiferente al ciclo pol�tico. No vota.
Ahora, el choque energ�tico derivado de la guerra en el Golfo -ese conflicto que llamamos "geopol�tico" porque "guerra de petr�leo" suena demasiado a 1973, a colas en las gasolineras y a Kissinger volando entre capitales- ya ha obligado a movilizar m�s de 5.000 millones extraordinarios. La AIReF lo dice sin met�foras: las tres grandes presiones estructurales sobre el gasto son hoy el envejecimiento, la defensa y los intereses. A las que se suma, en discreto pie de p�gina, "el impacto del shock energ�tico". Cuatro jinetes reparti�ndose la cabalgata fiscal del pa�s. La inflaci�n se va al 4% si las tensiones en Ormuz persisten, y subir� a�n m�s si se interrumpe el tr�fico mar�timo de forma m�s prolongada. La que ya tenemos -3% en septiembre, subyacente clavada en el 2,5%- es la herencia de un modelo que ha confundido vigor c�clico con solvencia estructural. La que viene puede ser otra cosa, la del pa�s que se asoma al espejo y no se reconoce.
Porque el problema del PIB espa�ol no es lo que crece, sino de qu� est� hecho. La demanda interna (consumo y turismo) aporta m�s de cuatro quintos del crecimiento. La inversi�n en bienes de equipo, ese indicador silencioso que separa a las econom�as que sustituyen capital de las que solo lo consumen, sigue siendo modesta. El consumo de los hogares ha aflojado tres d�cimas en el primer trimestre. Y el turismo, esa industria pesada disfrazada de ligera, depende de dos cosas que un shock energ�tico modifica al instante: el precio de un billete de avi�n y la sensaci�n (medible en reservas canceladas) de que ah� fuera el mundo cruje. Por eso preocupa el optimismo. El colmo es que, en lugar de criticar lo que no va bien (falta de inversi�n, productividad, eficiencia del gasto p�blico) se ponen en el centro temas como la inmigraci�n.
Si la inflaci�n se va al 4%, los m�rgenes se estrechan en tres frentes. Por el fiscal, no hay recorrido y subir m�s impuestos va a ser complicado. Por el del gasto, el compromiso presupuestario no admite m�s improvisaciones. Y por el del endeudamiento, el Tesoro coloca a tipos crecientes -el �ltimo tres a�os se subast� al 2,40%- y necesita financiar 55.000 millones nuevos este ejercicio. La pinza es perfecta y, lo que es peor, conocida: ya en 1981 Sargent y Wallace describieron en Some Unpleasant Monetarist Arithmetic lo que ocurre cuando la pol�tica fiscal domina a la monetaria y los tipos suben mientras la deuda crece. La econom�a es una disciplina humilde que avisa con d�cadas de antelaci�n a un pa�s que solo escucha cuando el meg�fono ya est� sonando.
Lo desolador, lo verdaderamente espa�ol, es que todo esto era previsible. El informe Draghi avis� hace un a�o que Europa se diagnostica con precisi�n y no se toma la medicina; nosotros llevamos tres a�os escribiendo el prospecto de la nuestra, con buena letra y mejor encuadernaci�n, mientras la receta caduca en el caj�n. Como Jos� Luis aquella ma�ana en Mallorca, vestido de ejecutor con el traje prestado, vamos camino de cumplir el oficio porque ya no podemos devolver el piso. Nos sentamos en la tribuna a escuchar la barcarola. Pero las cuevas, cualquiera que haya visto la pel�cula lo sabe, no son refugio, son una geograf�a del aplazamiento.
Quiz� por eso conviene mirar el dato menos celebrado del Banco de Espa�a En particular, la deuda p�blica sobre PIB no bajar� del 60% que exige el Pacto de Estabilidad antes de 2041. Quince a�os de prudencia continua, sin una crisis nueva, sin un error de previsi�n, sin una guerra adicional en una geograf�a relevante para nuestros suministros. Quince a�os, en un siglo que nos ha entregado en cuotas regulares una crisis financiera, una pandemia y dos guerras. Aqu� los n�meros no son aritm�ticos, son una eleg�a. El aviso silencioso de algo que se acaba mientras todav�a aplaudimos el �ltimo comp�s de la orquesta, antes de que el guardia civil entre en la cueva con su barca.
Espa�a ha hecho bien muchas cosas estos a�os. Lo que no ha hecho es prepararse para el d�a en que el viento cambie. La barcarola es una m�sica hermosa pero adormece. Despu�s siempre llega el meg�fono.
*Francisco Rodr�guez es Catedr�tico de Econom�a de la Universidad de Granada y director del �rea Financiera y Digitalizaci�n de Funcas.
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