
La escultura que representa el logotipo del euro, frente a la antigua sede del Banco Central Europeo en FráncfortAFP
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Hay decisiones que se toman a plena luz y otras cuya verdadera importancia se mide por lo que arrastran consigo. Ayer, en el Parlamento Europeo, la comisión de Asuntos Económicos dio luz verde a seguir adelante con el paquete de la moneda única. Los focos buscaron el euro digital. Pero la pieza tanto o más decisiva era el reglamento que reconoce a los billetes y monedas como dinero de curso legal con garantías efectivas. Trasciende de los pasillos de Bruselas que blindar el efectivo es condición para que lo demás avance.
Sobre el euro digital cabe el respeto, no el entusiasmo automático. Es un proyecto legítimo, pero se le cuelgan promesas complicadas. Se presenta a veces como respuesta a nuestra dependencia de Visa y Mastercard —seis de cada diez pagos con tarjeta del área euro discurren por raíles ajenos, estadounidenses—, y desplazar a esos gigantes, con sus décadas de red y de costumbre, es hoy muy complicado. Otras veces se lo confunde con un dique frente a las stablecoins, siendo fenómenos de naturaleza muy distinta. El ciudadano, comprensiblemente, no acaba de saber qué problema suyo resuelve. Walter Benjamin temió que la reproducción técnica vaciara de aura a las cosas; el reto europeo es el inverso y más sutil: digitalizar el dinero sin prometer un aura que aún no posee, y sin descuidar la del único que ya la tenía. Ya hay medios digitales tremendamente eficientes.
La UE cuenta con una excelente y necesaria red de pagos electrónicos, con participación importante española, que, además, avanza en interoperabilidad de sistemas. Pero el efectivo no es reliquia que conservemos por sentimentalismo. Es infraestructura crítica, tan seria como la red eléctrica o el agua del grifo, y se comprende mejor cuando el mundo se estremece. Un apagón que silencia los datáfonos, un ciberataque que enmudece los servidores de medio continente, la sombra alargada de una guerra. Cuando cae la red, cuando se agota la batería, cuando la pantalla del comercio queda a oscuras, sobrevive una sola forma de pagar que no debe nada a nadie, la que llevamos encima. El billete es, como el criado fiel de las novelas, el último en abandonar la casa. Y un plan B no se improvisa, se mantiene vivo.
De eso trata el reglamento que afianza el efectivo como dinero de curso legal, y cabe en tres palabras que son su columna vertebral. Acceso: que haya cajeros y oficinas a distancia humana. Aceptación: que ningún comercio dé la espalda al efectivo de quien no tiene otra llave para pagar, porque sin aceptación el billete degenera en papel pintado. Y resiliencia: que el sistema resista la avería, el sabotaje, el desastre. Ese es el contenido real del curso legal, y de nada valdrá si se diluye en el futuro.
Pero sería injusto reivindicar el efectivo solo por las tempestades, pues también sostiene los días sin viento ese caminar que se hace al andar y nadie celebra hasta que falta el camino. Es el dinero de quien no tiene móvil, de quien mira la pantalla con la prudencia y ha visto caer muchas modas, del que vive al céntimo y necesita palpar lo que le resta, del que prefiere que su compra del pan no engrose archivo alguno. Del que gusta de pagar con móvil o con billetes, según le plazca. No cobra comisión, no exige firma, no deja rastro. El dinero digital aporta tremendas virtudes al sistema de pagos, pero el efectivo no las resta.
Late al fondo una distinción sencilla e incómoda. Hay bienes que se confían al mercado y bienes que el Estado garantiza porque sin ellos la convivencia se agrieta. El acceso de cualquiera al dinero de todos, en una forma que ningún despacho pueda apagar, pertenece a la segunda especie. Que en Bruselas se haya puesto como condición, y no como concesión, es la mejor noticia del paquete. Resta lo más arduo, que no se diluya por el camino.
Francisco Rodríguez es Catedrático de la UGR y director del Área Financiera y Digitalización de Funcas




















