Inteligencia Artificial
Es inevitable rasgarse las vestiduras ante el envalentonamiento de los jefes de Palantir, herramienta al servicio del Ej�rcito de Trump y captadora masiva de esos datos que llevan lustros robando firmas como Meta.

Mark Zuckerberg en la Inauguraci�n Presidencial en EEUU en 2025EFE
Fede Dur�n
Actualizado
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El manifiesto de 22 puntos lanzado en X por Alex Karp, CEO de Palantir, revive el espectro de las distop�as tecnol�gicas tan bien plasmadas por Aldous Huxley en Un Mundo Feliz. Palantir, ya se sabe, ejerce de mediador entre la herramienta digital m�s utilizada hoy despu�s del tel�fono m�vil (la IA) y los servicios de defensa e inteligencia de EEUU. Entre sus mayores accionistas destacan Morgan Stanley, BlackRock y Vanguard, pero tambi�n participan en su accionariado diversas entidades financieras espa�olas, desde Banco Santander hasta firmas especializadas en inversiones como Renta 4 y Andbank (originaria de Andorra pero con ficha bancaria espa�ola a trav�s de Andbank Espa�a).
Lo que Karp y Peter Thiel piensan se parece mucho a lo propuesto en el filme No Mires Arriba (Adam McKay, 2021), donde se describe con mordacidad y pasmosa precisi�n la deriva a la que conduce una sociedad entregada a ese extra�o matrimonio que forman los l�deres mesi�nicos de la pol�tica y los no menos iluminados prebostes de la big tech. En su argumentario, Karp destaca un aspecto competitivo: no le cabe la menor duda de que los enemigos de Occidente (d�gase China, Rusia, Corea del Norte y desde luego Ir�n) recurrir�n a la inteligencia artificial para sofisticar sus ej�rcitos y atacar con mayor precisi�n objetivos civiles y militares, que es lo que Palantir contribuye a hacer desde la otra orilla atl�ntica. El problema es que si el elemento que iguala son las malas artes, a EEUU le queda poca moral que exhibir ante el auditorio de las democracias m�s s�lidas, queden las que queden a estas alturas.
Digamos que, en su modus operandi, Palantir replica el mismo principio que Meta: hay que capturar miles de millones de datos vali�ndose de cualquier subterfugio para poder alimentar al Gran Hermano que todo lo ve. De nuevo, la protecci�n de la privacidad queda en entredicho, esta vez parapetada tras la excusa de la guerra santa 2.0, un conflicto donde la condici�n de buenos justifica cualquier acci�n contra los malos tanto dentro como fuera del pa�s. La pol�tica le presta aqu� su narrativa reduccionista a los l�deres m�s truculentos de Silicon Valley: si no est�s conmigo, est�s contra m�.
Karp tambi�n propone una especie de efecto bumer�n. Si el origen de Silicon Valley estuvo en aquella simbiosis que durante la Segunda Guerra Mundial permiti� al Ej�rcito estadounidense especificar sus necesidades para que fuesen la universidad y el sector privado las que las desarrollasen en forma de armas, ahora considera justo que Silicon Valley tienda la mano y sus conocimientos a la m�quina b�lica m�s potente sobre la faz de la Tierra. Ser�a interesante comprobar qu� efecto tendr�a en la adormilada poblaci�n europea el hecho de saber que compa��as como la mentada Meta, Alphabet y OpenAI colaboran directa o indirectamente en campa�as como la de Ir�n. �Dejar�a la gente de utilizar WhatsApp o Instagram? Cuesta creerlo.
Conforme la otrora f�rtil EEUU se anega con personajes tan estrafalarios y amenazantes como su propio presidente, los grandes tiburones tecnol�gicos pierden pie en la piscina occidental. Quiz�s no ante los tontos digitales, pero s� ante la intelectualidad, los escasos defensores europeos del Estado del bienestar y el acervo comunitario y esa peque�a cuota demogr�fica un poco agotada ya de la otra distop�a esculpida durante dos largas d�cadas, la de los likes, los amigos fantasma, la dictadura del algoritmo, la publicidad segmentada y el amplio abanico de problemas mentales derivado de un uso excesivo de las pantallas.
Recordaba en estas mismas p�ginas un emprendedor espa�ol, Fernando Marzal, CEO de K�mpe, que, con la IA, "los trabajos del pasado ser�n los trabajos del futuro". No existe mejor ant�doto contra la voracidad de la big tech que un regreso medido a lo anal�gico, no ya necesariamente como modo de sustento, sino como ret�n. Cuando Karp afirma que "algunas culturas han producido avances vitales mientras otras siguen siendo disfuncionales y regresivas", es inevitable acordarse de Mein Kampf. La mayor revoluci�n hoy consiste en una acci�n tan simple como desconectar la m�quina, aunque sea de vez en cuando.


























