Lo normal es extraordinario

El presidente de EEUU Donald Trump, y el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, en la Casa BlancaAP
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Estuve oyendo una radio extranjera por la noche. No sé cuál. Eran demócratas y se metían con Trump. Algunas cosas me llamaron la atención. Una, cuando Nixon aseguraba que la guerra de Vietnam estaba prácticamente ganada.
Otra, al oír a un periodista decir que con la guerra unos cuantos se estaban forrando. Decía la palabra forrando con mucha fuerza en las erres, y así parecía que se forraban más.
Este es un tema del que he hablado muchas veces. Me da un cierto apuro repetirme, pero me parece absolutamente necesario, porque estamos viviendo en una atmósfera de mentira que no se puede admitir. No quiero que Arturo Pérez-Reverte pueda decir de mí lo que ha dicho de un político español: que era tonto y se volvió malo. Yo no quiero ser ni tonto ni malo.
El negocio al que me refiero consiste en romper naciones para reconstruirlas después, prescindiendo de los muertos que se crucen por el camino.
Veo la portada de un semanario: «La belleza nos desarma», y pienso que con comportamientos extraños estamos fabricando fealdad. Fealdad moral, que es peor que la otra.
Necesitamos belleza. No tenemos bastante con maravillas como la Sagrada Familia. Eso es lo fácil. Estoy hablando de la belleza interna, fruto de cientos, de miles de actos pequeños.
Esos son los que constituyen la diferencia entre una vida bella y otra en la que es necesario dar continuamente explicaciones por cosas que suenan mal. Si suenan mal es por algo. Ese algo normalmente es porque esas cosas que suenan mal son feas. Y ya tenemos suficientes cosas feas como para aguantar más.























