La cosecha se sitúa por debajo de las previsiones tras una campaña marcada por la inestabilidad meteorológica y el impacto de las borrascas

Botellas de aceite de oliva en una estantería de un supermercadoMundo
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La campaña del aceite de oliva, que suele darse por concluida entre finales de febrero y comienzos de marzo, ha quedado marcada por la concatenación de borrascas que han azotado la península ibérica desde el inicio del año. Las intensas lluvias y las fuertes rachas de viento han derribado entre el 35% y el 40% de la aceituna en distintas zonas productoras, de la que solo ha podido recuperarse entre el 65% y el 70%, ya que el fruto, una vez caído al suelo, fue arrastrado por la fuerza del agua o quedó atrapado entre la vegetación, lo que dificultó enormemente su recolección o la hizo directamente imposible en muchas áreas, según estimaciones de las principales asociaciones agrarias.
Este impacto sobre el terreno ya tiene reflejo en las cifras. Aunque todavía queda por contabilizar el cierre del mes de abril, las estimaciones del sector apuntan a una producción final en torno a 1.295.000 toneladas, lo que supone un descenso del 9% respecto a la campaña anterior y cerca de un 6% por debajo de las primeras previsiones avanzadas el pasado mes de octubre por el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, confirmando el deterioro progresivo de las expectativas a medida que avanzaba la recolección.
En términos absolutos, son unas 124.000 toneladas menos que en la campaña anterior, cuando se alcanzaron las 1.419.000 toneladas, la primera en la que el sector logró recuperar niveles de producción tras varios años negativos marcados, precisamente, por el efecto contrario al actual, las intensas sequías de entonces, que llegaron a reducir la cosecha a la mitad. Aquel desplome provocó además fuertes subidas de precios que encarecieron notablemente la cesta de la compra desde 2022 hasta comienzos de 2025, cuando el aceite de oliva llegó a superar los 10 euros por litro.
En este contexto de presión sobre los precios, el sector advierte además de un entorno internacional más inestable, con el cierre del estrecho de Ormuz en un escenario de tensión en Oriente Próximo que ha añadido costes logísticos y volatilidad a los mercados globales. Pese a ello, el sector pide calma y subraya que el escenario actual está lejos de aquella situación extrema, ya que en aquella campaña la producción rondó las 850.000 toneladas, frente a unas previsiones que, incluso en el escenario más pesimista para este año, se sitúan en torno a los 1,2 millones.
Aun así, el equilibrio sigue siendo frágil. De cara al cierre de la campaña, las asociaciones del sector estiman que las existencias finales se situarán en torno a las 200.000 toneladas, un nivel especialmente bajo en comparación con los últimos años, aunque podrían acercarse a las 300.000 si la producción de abril aporta algo más de volumen. "De abril todavía podemos sacar algo", señala el portavoz de Asaja en Jaén, Luis Carlos Valero, que apunta también a la evolución del campo en las próximas semanas, "ver cómo viene la floración del olivo, que empieza ahora y marcará la campaña del año que viene".
Valero, no obstante, lanza un mensaje de tranquilidad y asegura que no faltará aceite para el consumidor, al tiempo que descarta incrementos de precios desproporcionados. "También hay que estar pendiente del consumo de aceite, porque otro factor clave es su evolución. Un escenario de excedente también obligaría a ajustar el mercado, pero es verdad que el último semestre del año es cuando suele repuntar la demanda", apunta.
En este contexto de tensión en los precios, el aceite de oliva se ha convertido además en un producto especialmente sensible dentro de la distribución, hasta el punto de situarse como el artículo más sustraído en los supermercados, según el Barómetro del Hurto de Checkpoint Systems, un fenómeno vinculado a su encarecimiento y a la facilidad de reventa en canales paralelos.
























