La brecha entre el diseño óptico alemán y lo mejor de la escuela china se reduce a pasos agigantados, hasta el punto de que resulta difícil justificar un desembolso tres o cuatro veces superior por un producto que ya no es hegemónico.

Un retrato de una mujer hecho con la cámara 50mm 1.5 z21
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Una profunda crisis sacude los cimientos del viejo manual fotográfico. Los más puristas, los coleccionistas de tesoros, compran las cámaras telemétricas de Leica por su legado, por los artistas que las utilizaron e hicieron historia y porque, no hay que negarlo, en torno al aparato existe un aura de exclusividad y gran diseño europeo. Todavía es relativamente sencillo, en foros especializados como Fred Miranda o Leica Forum, toparse con comentarios del siguiente estilo: "Jamás montaré un objetivo que no fabrique la propia Leica". O "esa basura china no puede competir con un producto fabricado en Alemania". El caso es que estos pensamientos carecen hoy de fundamento.
A Francisco de Quevedo se atribuye aquella frase célebre que predica que sólo un necio confunde valor y precio. Desde Wetzlar, Leica aprieta cada año un poco más al consumidor con subidas que amenazan con escalar hasta tarifas imposibles no ya para un español medio, sino incluso para los más pudientes germanos, franceses o británicos. No es que sus lentes sean malas (no lo son en absoluto), pero la distancia que antiguamente mediaba entre Leica y los demás se ha acortado drásticamente. La primera señal de este cambio la emitió la nipona Cosina, propietaria de la marca Vöigtlander, cuya colección suele rondar los 1.000 euros por unidad. Se trata de buenos objetivos, a veces incluso muy buenos, tal y como demuestran, por ejemplo, el 28 milímetros f1.5 Nokton o el 90 milímetros f2 Apo.
El verdadero seísmo, sin embargo, tiene su epicentro en Shangrao, ubicada en la provincia de Jiangxi, a más de 1.200 kilómetros en línea recta de Pekín. En 2018, Mr. Zhou, un erudito de la ingeniería óptica, funda Light Lens Lab con la idea de rescatar modelos históricos en montura M ya descatalogados y liberados de la protección de las patentes. Muchos de los originales pueden encontrarse en subastas donde se llegan a pagar hasta 30.000 dólares por una pequeña pieza de latón y cristal, así que el equipo del señor Zhou recurre a un verbo de moda (democratizar) para acercar un sucedáneo a quien no puede o quiere pagar las fortunas que cuesta el tesoro primigenio.
Nadie sabe cuánto factura Light Lens Lab ni a cuántas personas emplea. En su portfolio se cuentan hasta 12 lentes, unas agotadas actualmente, otras recién lanzadas. El fundador adelantaba en una entrevista concedida al youtuberBobby Tonelli que la compañía lanzará en los próximos años objetivos "pensados de cero", superando así el enfoque inicial de la réplica. La marca china no es inmune a la crítica. Muchos consideran que este copiar y pegar es la seña de identidad del país asiático, aunque no tienen en cuenta, en el singular episodio de Light Lens Lab, que la marca siempre incluye ciertos retoques destinados a acomodar el rendimiento óptico a los modernos sensores digitales.
Con o sin reproches, lo cierto es que ya quedan pocas dudas sobre la solidez de Light Lens Lab. Incluso analistas fieles a Leica se rinden ante algunos de sus últimos artilugios. El 50mm f1.5 Z21, inspirado en una carísima joya francesa de los años 50 pensada originalmente para el cine y cámaras de 16 y súper 16 milímetros, exhibe, en opinión de quien escribe este artículo, uno de los mejores desenfoques (bokeh) del mercado y pone sobre la mesa un color digno de los largometrajes más épicos. Estrenado meses después, el 35 milímetros f1.4 doble esférico, fabricado esta vez a partir de su primo lejano y vetusto de Leica, ha generado un veredicto unánime en la crítica, que subraya su excelencia y carácter singular.
Hay dos maneras de desgranar el fenómeno de Light Lens Lab. Una, favorable a los intereses de Leica, contempla este desembarco como una manera de atraer a usuarios a un ecosistema difícil de digerir para quienes pretenden comprar una M11 y adquirir en paralelo unSummicron o un Summilux. Semejante gasto puede costarle a la hucha hasta 12.000 ó 13.000 euros, si no más. Los dos modelos de LLL citados en el párrafo anterior pueden obtenerse en España (IVA y aranceles incluidos) por alrededor de 1.300 y 1.600 euros, respectivamente.
Pero cabe otra lectura menos amistosa. Si la firma china mantiene su progresión actual, el nicho de fieles leicanistas será más nicho que nunca aunque siga vendiendo bien en Asia y EEUU, pues muchos de esos compradores no son en realidad grandes fotógrafos ni entendidos en la materia. Quien aprecia la montura M y saber ver en ella el valor diferencial de una imagen menos perfecta y mucho más sugerente que las obtenidas con una cámara moderna de Sony, Canon o Nikon, comprenderá cada vez con mayor claridad que lo que Mr. Zhou pone sobre la mesa es, en términos presupuestarios, un verdadero chollo.

























