En resumidas cuentas

Yorgos Papandr�u, ex primer ministro de Grecia, en el parlamento griegoEFE
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Lord Byron muri� en Mesolongi en 1824, devorado por unas fiebres pantanosas, convencido hasta el �ltimo delirio de que Grecia no era un pa�s, sino un principio. 202 a�os despu�s, sus tataranietos espirituales europeos estudian para una plaza fija, renunciando al Egeo a cambio de un destino en provincias.
Se cumplen quince a�os del rescate de Grecia, y conviene decirlo con la solemnidad que merece: no fue el d�a en que Europa dej� de arriesgar, porque hac�a tiempo que arriesgaba poco. Fue el d�a en que dejar de arriesgar se convirti� en una virtud. La diferencia es civilizatoria.
Fue aquella primavera de 2010, con sus hombres de negro entrando en Atenas como funcionarios de un imperio cansado, con sus primas de riesgo subiendo por las pantallas como una marea oscura. Despu�s de Grecia, ser cauto en Europa dej� de ser una elecci�n personal y pas� a ser una obligaci�n moral. Quien arriesgaba era sospechoso. Quien dudaba, responsable. Quien constru�a cortafuegos, h�roe.
Para unos, la austeridad salv� al continente; para otros, lo desfigur�. Grecia perdi� cerca de una cuarta parte de su PIB, expuls� a una generaci�n entera de j�venes cualificados, y hoy ha vuelto a crecer y ha recuperado el grado de inversi�n. Lo importante no se mide en puntos de PIB sino en algo mucho m�s dif�cil de tasar: el car�cter que una sociedad transmite a sus hijos. Y nosotros, durante 15 a�os, hemos transmitido uno solo. No equivocarse. No exponerse.
Venimos a una Europa que produce directivas con la misma fertilidad con que el Renacimiento produc�a c�pulas, y que mira los inventos del mundo con la melancol�a de un viejo coleccionista incapaz ya de fabricar nada. Queremos liderar la inteligencia artificial, la defensa, la energ�a y la biotecnolog�a con la psicolog�a emocional de un superviviente del rescate, y nos sorprende que el siglo se escape hacia otra parte. Hacia un Washington que quema capital de forma casi m�stica. Hacia un Pek�n que toma decisiones industriales de una brutalidad que asusta.
Lo m�s triste no est� en Bruselas, donde al menos hay funcionarios pagados para la melancol�a. Lo m�s triste est� en los hijos. En esa generaci�n brillant�sima, la mejor formada, que ha decidido sin dramatismo y sin ruido que el horizonte deseable es fijo. En Espa�a las cifras de opositores se han disparado, y con ellas un fen�meno cultural mucho m�s profundo: el prestigio renovado de la estabilidad como bien supremo, el regreso silencioso de la idea de que la vida buena es la protegida. Los americanos lo llaman job hugging, abrazarse al puesto como a un madero en alta mar. Nosotros lo llamamos sentido com�n y, a veces, incluso, madurez.
�Hacia d�nde ir, entonces? No hacia ninguna caricatura schumpeteriana, ni hacia el culto silicio del fracaso como sacramento, que son s�lo otra forma de fanatismo. Hacia algo m�s antiguo y nuestro. Hacia una Europa capaz de distinguir, otra vez, entre dos prudencias que no se parecen en nada: la que protege lo construido y la que impide construir. La primera es civilizaci�n. La segunda es taxidermia.
Eso significa cosas concretas. Una uni�n de mercados de capitales que permita financiar empresas europeas con ahorro europeo. Una pol�tica industrial que no consista �nicamente en regular a los dem�s, sino en construir algo propio: campeones energ�ticos, defensivos, tecnol�gicos. Universidades que premien al profesor que monta una empresa tanto como al que publica su decimoquinto paper sobre el mismo tema cada vez m�s estrecho. Contratos p�blicos que se firmen en semanas y no en a�os. Y, sobre todo, hablar con honestidad rom�ntica a nuestros hijos. Que una vida adulta tambi�n puede construirse sobre el ensayo, el error y la reparaci�n. Que arriesgar no es una imprudencia adolescente, sino una de las formas m�s antiguas y dignas de habitar el mundo.
*Francisco Rodr�guez Fern�ndez es Catedr�tico de Econom�a de la Universidad de Granada y director del �rea de Financiaci�n y Digitalizaci�n de Funcas.






















