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Invocación de Los Gabrieles
D. S. · 2026-04-16 · via Madrid
Imagen de archivo del restaurante Los Gabrieles.

Imagen de archivo del restaurante Los Gabrieles.

Actualizado

Me acerqué la otra tarde a Los Gabrieles a ver qué recordaba de la última vez. Aquella noche la pasé con la poeta Julieta Valero y con Ignacio Elguero de Olavide. Imagino que saldríamos del Ateneo e hicimos un último cabotaje por allí. Estoy casi seguro de tener entonces 22 o 23 años. Si frecuenté Los Gabrieles es por mi tendencia al Madrid que se disuelve como el azucarillo. Siempre andaba en lugares que no me correspondían y arrastraba a gente que tampoco llegaba a entender del todo qué estábamos haciendo. A mí ese Madrid furtivo, fuera del tiempo, fuera de moda y un poco traspapelado me interesa mucho. Es en el único donde puede sonar la melodía secreta de ciudad que no existe ya en casi ningún lugar.

Celebro que recuperen Los Gabrieles. Y que lo recuperen como lo han hecho. Cuando entras entiendes porqué este espacio tenía que volver a nosotros ahora que el mundo se va por el desagüe. Los Gabrieles concentra una alegría de estar de tarde o estar de noche, o estar de día a cualquier hora en el mejor Madrid, que es aquel donde uno se sienta a disfrutar de no hacer nada exactamente. Este local tuvo en origen un público de visitantes extranjeros y notables. Está no tan lejos del tablao Villa Rosa y en el perímetro de ese poblado zoco madrileño de la Plaza de Santa Ana, donde hay una estatua fatal de Federico García Lorca.

Los Gabrieles, como todo el mundo sabe, aloja una azulejería de primera calidad con estampas singulares y como de un museo talaverano. Los Gabrieles es un reclamo de turistas, pero merece ser algo más. Al menos han sido dos décadas de licencias y trabajo para llegar a este punto en el que no lo deben tocar más. Al entrar se me echó a los brazos la juventud mía, a la que recuerdo tantas veces en aquellos espacios que aún no le correspondían. Lo mejor de ser joven era jugar a los adultos sin darte cuenta de que los trucos quedaban al descubierto. Esta nostalgia de los lugares de Madrid donde uno aprendió a confeccionar su Madrid es la mejor. Nada molesta ahí.

Hay algo ligeramente camp y disimuladamente kitsch en algunos garitos de los que me gustan. Es normal: el tiempo todo lo aligera o lo recrudece. Los Gabrieles son parte de la memoria bien recobrada de la ciudad. Madrid se va quedando sin estos atrios privilegiados por los que alguna vez se distinguió. Hay veces, paseando, que podrías estar en el centro del Berlín, de Londres, de Lisboa, pues todo se parece hasta el aburrimiento. Es por rincones así, Los Gabrieles, por los que aún merece defender el gusto de echar una última antes de marchar.