El cubil

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Hay una categor�a de hombres que no necesitan alzar la voz para hablar con magisterio. Curro V�zquez es uno de ellos. El pr�ximo lunes, el Senado de Espa�a ver� desfilar por el Sal�n de los Pasos Perdidos su silueta elegante, sus pies peque�os, sus mu�ecas sueltas con sangre de Linares. Es un acto de justicia po�tica unir su resurrecci�n a la del Premio Nacional de Tauromaquia, una reparaci�n moral frente a la ignominia de quienes pretendieron borrar la cultura a golpe de decreto.
El premio vuelve a casa en las manos de Curro. Unas manos que, el pasado 12 de octubre, detuvieron el reloj de Las Ventas para explicarle a los nuevos p�blicos que el toreo no es un ejercicio de gimnasia, sino una exposici�n del alma. Lo de aquel 12 de octubre, en el festival que Morante organiz� con la generosidad de los elegidos, fue un milagro de anacronismo. Curro, con 74 inviernos a la espalda y esa tez rojiza que guarda el secreto de los oto�os madrile�os, explic� en el a�o 26 del siglo XXI d�nde habita el toreo.
En un mundo obsesionado con los preparadores f�sicos y el marketing, Curro recuper� la forma con la memoria de Chenel. Como cuando jugaba al front�n con el maestro: �Con las cartas tambi�n hac�amos mu�eca, no te creas�, confes� en su casa en aquella entrevista previa al ya inolvidable D�a de la Hispanidad de 2025, horas antes de que Morante apagase las luces del toreo por un rato.
Esas mu�ecas, las mismas que en 1989 cuajaron al toro de Victorino y que en 1994 firmaron bajo un diluvio la faena llorosa al toro de Alcurruc�n, son las que recoger�n el lunes el Nacional de Tauromaquia. 30.000 euros dan para unas gambas en El Barril. Es lo de menos. Curro V�zquez ha sido el puente necesario entre dos �pocas, un t�nel del tiempo abierto. Su toreo de plantas asentadas y pecho por delante es el nexo entre la m�stica de los a�os 80 y la sed de pureza de los j�venes que llenan hoy los tendidos. Algo as� escribi� Gonzalo Bienvenida.
Madrid, su plaza —la que le dio las broncas m�s agrias y los oles m�s roncos, la que le parti� el cuerpo con cornadas de espejo y lo sac� a hombros en aquella ma�ana gloriosa junto a C�sar Rinc�n—, le espera ahora, tambi�n, con el azulejo. El 15 de mayo, festividad de San Isidro, la piedra de Las Ventas har� justicia al �torero de Madrid�. Al torero de los oto�os. Al �ltimo rom�ntico que, en un mundo artificial, sigue vistiendo la verdad con la sencillez de toda una vida, la naturalidad del toreo. El lunes, en el Sal�n de los Pasos Perdidos, encontrar�, por fin, su camino.



























