Quién no renunciaría a su hija de dos años a cambio de convertirse en el flamante candidato a entrar a vivir un cuchitril con una renta de 2.000 euros al mes situado en una avenida ruidosa

Una inmobiliaria en Madrid
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CUALQUIERA habría colgado el teléfono. Yo lo hice. Es que la trabajadora que gestionaba el alquiler de un piso en Avenida de América tenía malas intenciones. Ya sé que tampoco es para tanto, que a veces la gente hace cosas raras o dice cosas raras un poco por la inercia. Nada significa necesariamente todo, pero esta señora es un poco turbia. Al principio me molestó su manera de hablar sobre el asunto que pone en guardia a todos los caseros: tener hijos, o sea, mascotas con complicaciones, por decirlo en el idioma Idealista. «A mis jefes no les gustan los niños, aunque ellos tienen uno», fue lo primero que dijo. Con su llamada la señora contestaba al mensaje que dejé unos días antes en el anuncio. Ahora llaman aplicar a pedir cita, otro mejunje del idioma venido de la incorporación del vocabulario oficinista a la vida normal. Al casting siempre procuro presentarme lo más formal que puedo. En estos casos, cuento con un comodín, o al menos pensaba que tenía un comodín. Poner a los hijos por delante era una señal de contundencia vital. Pensé que la trazabilidad de la seguridad estaba en la descendencia. Al parecer, en el mercado inmobiliario de aquí, funciona al revés: lo mejor es no tener hijos. De hecho, para alquilar lo mejor es ser hijo, tener 20 años, buscar una nueva vida en Europa y manejar el efectivo originado en un narcoestado latinoamericano.
No pensé que la señora propusiera la otra alternativa. «Si os gusta el piso, ya solucionaremos lo de los hijos», dijo. Al principio sonó como la típica chanza entre desconocidos dispuestos a llegar a algún acuerdo. «Hombre, desaparecer no va a desaparecer», continué la broma. Entonces la señora cambió el tono, hubo oscuridad en la línea telefónica, estaba hablando de verdad. La posibilidad estaba encima de la mesa. Parecía dispuesta a activar la maquinaria, solo necesitaba un sí para dar luz verde a una solución final a pequeña escala. Salvar el escollo que hacía imposible el negocio. Quién no renunciaría a su hija de dos años a cambio de convertirse en el flamante candidato a entrar a vivir un cuchitril con una renta de 2.000 euros al mes situado en una avenida ruidosa.
Notó mi sorpresa. «No te preocupes», quiso tranquilizarme. «Yo tengo nietos y me los como con patatas». No sé en que arcón los tendrá guardados.




























