Mi casa, abandonada por mis compañeros de piso, necesitaba dos o tres buenos barridos y fregados. No me quedaba ropa limpia, ni mucho menos planchada.Respecto a las sábanas: ¿con qué frecuencia las cambiaba en esa época?

Las Ketchup, en 2003.
Actualizado
Cuando veo ese tipo de anuncios de cervezas barcelonesas que idealizan julios y agostos dorados y celestes, románticos y salitrosos; cuando encuentro ese tipo de espots que terminan con una frase del tipo «el mejor verano de tu vida»; en esos días pienso que sé cuál fue el mejor verano de mi vida, lo sé con certeza, y sé que no se pareció a nada de aquello. El mejor verano de mi vida ocurrió cuando empecé a atrabajar y consistió en un bucle de días de redacción que terminaban de noche y se prolongaban en un bar al que todos llamaban «el irlandés», aunque tenía fotos de Isabel II enmarcadas en el pasillito del baño.
La palabra «prolongaban» es importante. Los bares éran una continuidad del trabajo, igual que el trabajo era una continuidad de la facultad, que, a su vez, fue una prolongación del instituto. Por fin había un sentido en aquel deambular por la vida. Además, tenía ese año algo de dinero, dinero cobrado y no transferido. Qué autoestima cuando recogí una nómina a mi nombre. Mi padre, eterno autónomo, dijo que qué maravilla.
No estaba solo en ese verano: a mi alrededor, un ejército de veinteañeros (becarios, rookies y supuestos niños prodigio) llegaba al país de los adultos. Estábamos encantados de conocernos, y éramos enamoradizos y criticones.Nos moríamos de risa aunque había un subtexto de competitividad entre nosotros. Nuestros seniors, los periodistas a los que admirábamos y aquellos a los que tontamente desdeñábamos, estaban en el mar, así que Madrid quedaba para nosotros. Sentados en sus pupitres, descubríamos las genialidades y las mezquindades de aquellos profesionales, sus rutinas inimaginables para nosotros unos meses antes.Sonaba el teléfono: «Hola, soy Terenci, ¿está Manu?». «Sí, un segundo». Dos días después, Terenci ya hablaba un poco coqueto. Yo se lo contaba a mis compañeros de facultad, estupefacto. Supongo que les resulté presuntuoso.
Ahora que el delito ha prescrito: trabajé 16 días seguidos y habría seguido de mil amores. Sólo el día en el que libré fui consciente del agotamiento. La casa de Guzmán el Bueno en la que vivía, abandonada por mis compañeros de piso, necesitaba dos o tres buenos barridos y fregados. No me quedaba ropa limpia, ni mucho menos planchada.Respecto a las sábanas: ¿con qué frecuencia cambiaba las sábanas? Así que aquel extraño día libre se me fue en las tareas del hogar. Por la tarde vi La edad de la inocencia en VHS con las persianas echadas y por la noche fui a la falsa taberna irlandesa. Era el verano del Aserejé. Una chica explicó el baile y a mí me pareció que aquello (la playa, los bailes, las gambas) ocurría en otro planeta. Obviamente, había una parte de tensión romántica en todo aquello. Como en los anuncios de cerveza.























