S�ndrome de Estocolmo
A m� hay MAP que me irritan y otras que me enternecen. Ayuso cuenta que si un consejero de la Comunidad la interpela con un "cari�o", por su parte, le "arranca la cabeza".

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel D�az Ayuso, en su �ltimo viaje institucional a Estados Unidos.
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Una MAP (muestra de afecto en p�blico) es un acto violento que a violentar se dedica. Quien est� plantado frente a un par de tortolitos, un besito por aqu� y un dedito enredado en el pelo por all�, lo hace con la cara a medio descomponer, sonrisilla tensa en los labios, pues delante de �l, que no ha empollado oposiciones para la notar�a del amor, se exhibe una intimidad que, sabe, no le corresponde contemplar. Una MAP repentina, lanzada por la lengua de un extra�o, conlleva un secuestro expr�s del alma. Coloca el desconocido un "amor" o "reina" tras la coma vocativa y al afectado le resulta que quien se dirige a �l con tan dilatada simpat�a se ha apropiado de un apego ajeno. Ha usurpado una porci�n de cari�o asignada a padres, t�as, novios y abuelas. Una MAP es a menudo una traici�n.
A m� hay MAP que me irritan y otras que me enternecen. Un "a ti, coraz�n" al comprar el pan hace que quiera fundar una asociaci�n de vecinos descomunal, con su hermandad rociera y su puente de julio compartido, todos a mi piscina y que alguien traiga hielo. Un "miarma" refunfu�ao logra que prepare una tila alpina para que no corra a tatuarme una columna de H�rcules en cada antebrazo. Un "amor" en el �mbito laboral, sin embargo, desactiva en el otro, de manera irreversible, hasta el d�a de su jubilaci�n, cualquier interpretaci�n de profesionalidad. Ayuso cuenta que si un consejero de la Comunidad la interpela con un "cari�o", por su parte, le "arranca la cabeza".
La amenaza, a mi parecer, anda medio coja. Est� desviadilla, malamente enflechada. Si atinara en su criterio para la decapitaci�n figurada, sabr�a que quienquiera que en la CAM merece su intimidaci�n no dispara "cari�os". Permite, eso s�, que las calles juntos a los parques se alfombren cada primavera de una grumos�sima capa verde, excrementos de pajarillo con debilidad gastrointestinal. Deja que los jardines p�blicos se conviertan en campamentos, casi asentamientos, que desbaratan la seguridad de ni�os y adultos. Consiente que en los trenes de cercan�as y en las l�neas de metro deambulen peculiares vendedores de comida ex�tica. Anima a que, mientras ella se distancia de quienes un d�a le dieron la mayor�a absoluta, los forasteros saturen los restaurantes y los trabajadores abarroten las cafeter�as de Mercadona.
En La grazia, la �ltima pel�cula de Sorrentino, el protagonista presenta su dimisi�n. Ocupa la presidencia de Italia desde hace algo menos de una d�cada. Cuando se prepara para volver a casa, rechaza el coche oficial. Pide caminar. Hace siete a�os, aclara, que no se da un paseo por la ciudad. Ayuso, parece, tampoco.

























